Sunday Oliseh destacó por su fuerza arrolladora en las filas de la selección de Nigeria durante los mejores momentos de la historia deportiva del país. Actualmente retirado en Bélgica, el ex mediocampista de contención ha conversado con FIFA.com sobre los altibajos de Estados Unidos 1994 y Francia 1998, y el título olímpico que “nadie nos puede quitar”. En esta conversación también se refirió a la concepción del juego que impera en el fútbol nigeriano, al apoyo que presta el público en esta nación del occidente africano, a sus antiguos clubes, como el Ajax o el Juventus, y, por supuesto, a aquel gol de 1998 contra España que vivirá por siempre en la memoria colectiva.

Para empezar, y para que no se quede en el tintero, háblenos del gol. ¿La gente sigue recordándole aquel cañonazo suyo en la victoria sobre España en la Copa Mundial de 1998?
[Risas] La gente no sólo me pregunta por aquel gol o me recuerda el gol, sino que me lo enseña continuamente. Hace dos días, una persona me paró en Abu Dhabi (Emiratos Árabes Unidos) y me reprodujo el vídeo en Internet. Me preguntó: "¿conoce usted al tipo que marcó este gol?" Me eché a reír.

Para usted, que únicamente marcó cuatro goles con su selección nacional, anotar aquel trallazo en tan magnífico escenario tuvo que ser el mejor momento de su carrera...
Creo que aquélla fue la manera que encontró Dios para conseguir que la gente nunca se olvidara de mí. Cada vez que lo veo, pienso: "madre mía, no sabía que yo fuera tan bueno" [risas].

¿Podría hablarnos del poder que ejerce el fútbol en su Nigeria natal?
Nigeria posee una concepción particular del fútbol. Es una filosofía que no se le puede atribuir a nadie; no procede de un individuo ni de un grupo. Quienquiera que intente atribuírsela, estará mintiendo. Esa filosofía se basa en el fútbol ofensivo. Siempre hemos sido muy buenos al ataque. Siempre hemos jugado así.

Los aficionados nigerianos parecen los más felices del mundo cuando el balón va pasando con velocidad de un jugador a otro al primer toque.
Llega un momento en el que oyes al público gritar ey, ey, ey a cada pase y ooh cuando el equipo pierde el balón. El primer ey se oye cuando empiezan los toques, cuando salimos con el balón jugado. Siempre lo han cantado, desde mucho antes de mi generación y también cuando jugábamos nosotros. Ese ey significa: "así, así, vamos, vamos a seguir jugando". Nosotros pasamos la pelota una y otra vez, y entonces, cuando nos la quitan, el ooh de los aficionados realmente quiere decir: "devuélvanla, devuélvanla, que es nuestra".

Usted que es uno de los mejores jugadores de su país, miembro de la llamada generación de oro, ¿cómo ve el estado actual del fútbol nigeriano?
El momento en el que mi generación se retiró fue como si de repente se apagara la luz y se cerrara la puerta. Nigeria no se había preparado para nuestra marcha. La generación de oro pasó y se acabó todo. Nadie pensó en formar a los jóvenes y ascenderlos a la selección absoluta mientras estábamos en ella, para que pudieran aprender de nosotros. Habrían tenido que sentarse en el banquillo para aprender de mí, de Jay-Jay Okocha y de todos los demás. Habrían podido hacernos preguntas y nosotros les habríamos dado las respuestas. Nada de eso ocurrió, y ahí radica el auténtico problema del fútbol de mi país. Todo se derrumbó cuando nos fuimos. Nigeria emprendió una travesía del desierto, sin ruta ni brújula, que duró varios años.

Pero la selección nigeriana acaba de proclamarse campeona de África por primera vez desde 1994 y se ha clasificado para la Copa Mundial de la FIFA™ que se celebrará el año que viene en Brasil.
El seleccionador actual, Stephen Keshi, mi capitán en el Mundial de 1994, es muy bueno. Ámalo u ódialo, pero ha devuelto al país el título de la Copa Africana de Naciones. La última vez que Nigeria lo consiguió jugábamos nosotros.

Hablando de aquellas grandes Súper Águilas del pasado, ¿puede explicarnos por qué, cuando todo parecía salir a pedir de boca, los equipos de 1994 y 1998 cayeron en la primera ronda eliminatoria?
En las fases de grupos no tuvimos que desplazarnos. Estuvimos siempre en el mismo sitio, de manera que no se produjeron problemas logísticos. Nos dedicamos sólo a jugar. Pero cuando alcanzamos la siguiente ronda, empezamos a viajar, y no teníamos un plan. Nuestros conocimientos sobre los preparativos en aquella época no eran lo suficientemente buenos como para sacarnos adelante. Nos convertimos en campeones de grupo en ambas competiciones, pero con muchos problemas por resolver, que acabaron pasándonos factura.

¿Le ha quedado la sensación de haberse perdido algo grande?
Con la calidad que reuníamos en 1994 y 1998 habríamos podido llegar como mínimo a cuartos o incluso a semifinales. Pero se trata de un proceso de aprendizaje.

La gente habla todavía de aquella selección nigeriana que ganó los Juegos Olímpicos en Atlanta 1996. Usted tenía poco menos de 22 años, pero desempeñó una labor crucial en aquel triunfo, junto con otros compañeros de la talla de Okocha, Emmanuel Amunike o Taribo West. ¿Qué significó aquella medalla de oro?
Es un título mundial y nadie podrá quitárnoslo jamás. Eres campeón olímpico para toda la vida. Se trataba de la primera competición que disputamos en otro continente. Llegamos a América antes que nadie, un mes antes de que empezara el torneo. Nos dejamos la piel. Éramos muy jóvenes y la mayoría de nosotros tenía algo que demostrar. Había mucho talento en el equipo y nos conjuntamos a la perfección. Nos apoyamos los unos a los otros y tuvimos la suerte necesaria para llegar hasta el final.

¿Se encuentra a menudo con sus antiguos compañeros, con gente como Taribo o Nwankwo Kanu?
En las vacaciones, cuando voy a Nigeria, me encuentro con ellos. Cuando nos vemos, dejo todo lo que esté haciendo, cancelo todos los compromisos, y me voy a hablar de los viejos tiempos con Taribo [West] o con quien sea. Paseamos por Lagos y charlamos durante horas. La familia se queja, pero me da igual [risas]. No lo planeamos nunca, surge la ocasión y ya está.

Parece que le une algo especial a sus compañeros de equipo.
Sufrimos mucho y ganamos mucho juntos, eso es lo que nos une. Es un vínculo para toda la vida. Mis padres entienden que desaparezca para acudir a esos encuentros con mis colegas, pero mis hermanos me lo recriminan mucho.

Ha jugado con varios clubes de primerísima fila, como el Ajax, el Juventus y el Borussia Dortmund. ¿Todavía sigue sus pasos?
Pues claro. Vivo y respiro fútbol. Mi mujer siempre dice: "si algún día no tuvieras el fútbol, te pondrías malo". Sigo a todos los equipos en los que he jugado, y con pasión. Cada año espero que al menos uno de ellos gane un campeonato.

¿Qué opina de sus progresos?
En los últimos tres años, el Ajax ha conquistado títulos, de manera que al menos uno de mis antiguos clubes está triunfando. El Juventus es siempre el Juventus, y eso está muy bien. El Dortmund ha regresado a lo más alto en Alemania, y a mí me encanta lo que hace. Los seguiré toda mi vida.

El Dortmund, donde usted jugó cuatro años, parece que está atravesando un momento histórico. ¿Cómo lo ve usted?
Trata de revolucionar el fútbol alemán con su manera de jugar. En los siete años que estuve en el país, y mucho antes, el fútbol de Alemania se basaba en el dominio físico. Me gusta mucho ver el juego actual de este equipo del Dortmund, porque está avanzando por una senda diferente. Pero no me avergüenza decirlo: me encanta cómo trabaja [Pep] Guardiola con el Bayern de Múnich. Es una alegría ver cómo el Bayern cambia para dar un gran salto de calidad. Los alemanes lo llaman Teamgeist, algo así como un espíritu de equipo, y este Bayern tiene mucho de eso. Todos sus integrantes saben qué deben hacer y cuándo tienen que hacerlo.