Debe de parecer irreal que un amigo de la infancia se convierta en una de las personas más insignes de cualquier profesión o actividad, pero muy especialmente en un campo tan omnipresente como el fútbol. Seguramente es comparable a haber conocido de joven a Marlon Brando o John Lennon. No obstante, pese a que José Semedo siempre supo que su compañero de cuarto apuntaba maneras de gran profesional, nunca imaginó que ganaría innumerables premios y que, consecuencia, el mundo entero lo adoraría.

“En el Sporting, todos sabíamos que llegaría a ser futbolista profesional”, asegura Semedo sobre su compañero en la cantera y amigo íntimo, Cristiano Ronaldo. “Posiblemente ninguno de nosotros nos imaginábamos que ganaría tres Balones de Oro, pero futbolista profesional, seguro”. Semedo pone énfasis en estas dos palabras y, con ello, nos transmite la imagen de un muchacho precoz con el mundo a sus pies, de un hombre al que sigue considerando uno de sus amigos más queridos.

Ambos tenían 12 años cuando Cristiano abandonó su Madeira natal para trasladarse a Lisboa, donde ya vivía Semedo, procedente del cercano Setúbal. Eran los únicos dos residentes de la escuela de fútbol con esa edad y, por consiguiente, conectaron de inmediato. El actual mediocampista del Sheffield Wednesday ayudó a aquel muchacho de pueblo, totalmente impresionado por la vida en la capital, a aclimatarse a la gran ciudad.

Ronaldo ya llegó a la academia con un brillante historial, “en todos los torneos en los que había participado desde que tenía diez años se había proclamado mejor jugador”, y solía maravillar a sus compañeros de equipo en los entrenamientos. Sus hábiles toques y aquellos tiros libres que clavaba siempre por la escuadra dejaban con la boca abierta a sus colegas, quienes se apresuraban a tratar de imitarlo. Semedo explica que Cristiano siempre jugaba en equipos de jugadores mayores que él: “Sólo jugaba con nosotros cuando nos enfrentábamos a equipos como el Benfica y el Porto”.

Pese a la sólida amistad que los unía, los jóvenes tenían caracteres muy diferentes. Asistían a una escuela pública de la ciudad, pero sus conceptos de la puntualidad eran cuando menos dispares. Semedo describe la situación habitual. “Cada día, me levantaba a las 6:30 de la mañana y me movía con cuidado y lentitud por el dormitorio. Cada día, él se despertaba y me preguntaba: 'Semy, ¿adónde vas?'”

“Si el entrenador se entera de que no vamos al cole, nos expulsarán”, contestaba Semedo. La respuesta que recibía era invariablemente: "No, quedémonos aquí y sigamos durmiendo. Vamos a ser futbolistas, no necesitamos ir a la escuela". Normalmente eran las 10 de la mañana cuando Ronaldo llegaba a clase.

Una intervención decisiva
Sin embargo, su incipiente amistad estuvo a punto de verse interrumpida en seco. Después de dos años en la academia, la institución decidió cancelar la residencia de Semedo, lo que obligaba al muchacho a recorrer cada día el trayecto de una hora que separaba la casa de su familia y Lisboa. Ronaldo sabía que esto podía significar el final.

Semy, como lo conocen sus amigos, procedía de una zona conflictiva de Setúbal, sumida en la pobreza y en la delincuencia, y de una familia pobre con diez hijos. Tenía muchas posibilidades de acabar como muchos de sus amigos, en la cárcel o cayendo víctima de la violencia. “Era un barrio muy difícil para que unos padres criaran a sus hijos para ser buenas personas", medita. "El fútbol me salvó".

Sin embargo, cuando le dijo a Ronaldo que se marchaba, el futuro astro no lo aceptó. “Me dijo: 'no, si te vas, no volveré a verte. Tu barrio es muy duro y no tienes mucha ayuda. Tendrán que poner otra cama en mi habitación. Tú te quedas aquí y compartiremos el cuarto'”.

Habló con el director, y todo solucionado. ¿Cómo? “'Porque soy el mejor futbolista que tienen'”, Semedo recuerda que dijo Ronaldo. “'Tienen que cuidarme si quieren que al club le siga yendo bien. Eres mi amigo y no quiero que te vayas'”. Después del tiempo transcurrido, Semedo tiene claro lo que la amabilidad de su compañero significó para él: “Me cambió la vida”.

Desde aquel momento, colocaron una cama supletoria en la habitación, y los dos amigos compartieron el armario y el reducido espacio. Se hicieron inseparables, una relación que ayudó enormemente a Ronaldo poco después, cuando la fama empezó a rondar su puerta.

“Las cosas se le complicaron en el colegio con 14 o 15 años. Todos los chavales le tenían envidia. Primero, por su nombre, ¡se llamaba Ronaldo! Segundo, porque casi todos los periódicos lo consideraban el mejor futbolista menor de 15 años de Europa. Estaba siempre en las noticias. Y todas las chicas iban locas por él”.

En consecuencia, se metían a menudo en más de una pelea, pues Semedo ayudaba a su amigo. Después de un cambio de colegio que no funcionó, Ronaldo recibía clases particulares con un tutor. “Tenía que protegerlo”, dice Semedo. “No era culpa suya. Era famoso, era especial”.

Si bien académicamente, las cosas no les iban a pedir de boca, su sed por mejorar sobre el terreno de juego era insaciable. Semedo se ríe con ganas al recordar sus sesiones de entrenamiento a medianoche, para lo que debían entrar a hurtadillas en la pista de balonmano o en el gimnasio y burlar a los guardas de seguridad. Ronaldo solía amarrarse pesas a los pies para enfrentarse al mediocampista de contención. “Abandonábamos la vida normal de cualquier adolescente para trabajar cada día y cada noche, con el objetivo de hacernos más fuertes y mejores”.

Esta actitud los ha llevado a ambos a sobrepasar todas las expectativas. “Lo más bonito que Ronaldo dijo de mí, y que jamás olvidaré, fue: 'Semy, me siento muy orgulloso de ti'. Me reí y le pregunté que por qué. Me respondió: 'Había muchos jugadores [uno 50 o 60 en el Sporting] y, de todos ellos, nosotros dos éramos los que menos talento teníamos. Pero sólo nosotros, de toda aquella generación, hemos triunfado como futbolistas profesionales'”.

Luchando por progresar
Esta anécdota ejemplifica “el espíritu guerrero”, una característica de la que Semedo habla en su libro de reciente publicación Win the Day, que incluye por supuesto un prólogo escrito por Ronaldo en el que analiza cómo la mentalidad positiva puede ayudar en la vida. “Siempre hemos llevado en nuestro interior ese espíritu guerrero”, explica el campeón del Championship inglés. “Cuesta más verlo en mí, por la categoría en la que juego, pero en él se aprecia muy fácilmente: jamás se rinde en nada de lo que hace”.

“Siempre me dice: 'nunca te rindas, ni siquiera con las cosas más difíciles, porque al final las conseguirás'. Crecimos con esta mentalidad”.

El hecho de que la carrera de Ronaldo haya seguido al pie de la letra el plan que el jugador se había fijado demuestra que la positividad raramente le falta. “Ya en aquellos tiempos me explicaba: 'Jugaré en el Manchester United primero, y luego ficharé por el Real Madrid'. Cuando lo pienso ahora, todo lo que me dijo se ha cumplido”.

Semedo ha visto a su amigo crecer y prosperar, pasar de promesa a súper estrella, de niño a padre, y convertirse ante sus ojos en uno de los astros más brillantes del fútbol. Es el primero en insistir que Ronaldo está consiguiendo algo muy especial: “Cristiano está escribiendo una historia inolvidable en el mundo del fútbol”.

“Sin duda alguna, es el mejor deportista del planeta. Cuando juega, el mundo debería pararse a observarlo. Cuando se retire, lloraremos porque nos quedaremos sin un futbolista como él. Demuestra que, en el fútbol, todo es posible. Está a otro nivel”.