La carrera de entrenador de Aimé Jacquet terminó el 12 de julio de 1998, en la tarde de la victoria de Francia en la final de la Copa Mundial de la FIFA™ sobre Brasil. Después de conducir a los Bleus a la consecución del mayor logro de su historia, el técnico se retiró definitivamente, en una efervescencia de euforia y de agotamiento nervioso para él, que construyó ese triunfo sobre las ruinas del desastre de la clasificación para EEUU 1994, y que no se salvó de las críticas. 

Ahora, ya jubilado, contempla con orgullo el éxito de Didier Deschamps, su discípulo y antiguo capitán, que se dispone a medirse con Alemania en semifinales de la UEFA EURO 2016, penúltima etapa del que podría ser un nuevo título ante su público y desquite del encuentro de cuartos de final de Brasil 2014. En una entrevista concedida a FIFA.com, el exseleccionador tricolor habla del actual combinado francés y la dificultad que entraña ser el país anfitrión, además de analizar esta Eurocopa 2016. 

Sr. Jacquet, ¿cuáles son sus impresiones de este torneo hasta el momento? 
Yo también disputé la Eurocopa, la edición de Inglaterra 1996, y creo que es una competición magnífica. Es un lindo momento para compartir, lleno de emociones. Creo que las grandes competiciones internacionales sirven para volver a centrar el fútbol, que a veces está denigrado, por desgracia. Le da una imagen más simpática, más atractiva, con esa incertidumbre del fútbol, que es constante. Vemos que ni siquiera los mejores están a salvo del fracaso, y ese cuestionamiento es algo magnífico, en mi opinión. Y también permite a todas las naciones reencontrarse. Los estadios están llenos, el público está contento, hay cánticos, encuentros... 

Ha habido sorpresas, como Gales, Islandia, la eliminación de Inglaterra...
Yo me alegro mucho de verlo, porque muchas veces se tiende a decir que el fútbol es dinero. Pero aquí no son los clubes, están las selecciones nacionales, y es un rostro totalmente distinto. Vemos el ejemplo de Inglaterra, que ha tenido el resultado que merecía. Los italianos lo vivieron cuando contaban con los mejores internacionales del mundo. Sus jóvenes ya no jugaban. Nosotros tuvimos la oportunidad, en Francia, de tener lo contrario. Las selecciones nacionales tienen actualmente una dimensión más humana. La gente está muy presente apoyando a su selección. Se ve con Irlanda, Gales, Irlanda del Norte, Bélgica, Suiza… Tienen a todo un país detrás, y ahí radica la belleza.

A mí me gusta ver la garra de todos esos equipos pequeños. Cada nación tiene su orgullo, su presencia, y no se deja vencer así como así. El fútbol es un eterno comienzo, no hay que olvidarlo. Lo que me ha gustado mucho también es ver el respeto de los jugadores entre ellos. Y ahí, también, quisiera mencionar a los árbitros, ¡que están siendo excelentes! Siempre hay errores, es la vida, pero han dejado transcurrir el juego y han intervenido cuando era necesario. Yo creo que han sido los iniciadores de la belleza de los partidos. 

Ya conocemos cuáles son las ventajas de jugar en casa, como pudo verse en el caso de Francia, campeona en la Eurocopa 1984 y el Mundial de 1998 ante su público. Pero ¿cuáles son las dificultades?
¡Cuidado, en el fútbol jugar en casa supone una carga enorme! ¡Fijémonos en lo que le ocurrió a Brasil en 2014! ¿Quién habría pensado que sufriría una humillación semejante en su cancha, en su país? Para el organizador representa una carga doble, puesto que está obligado a ser competitivo y a llegar como mínimo a semifinales. El país anfitrión tiene que responder y el público tiene que acompañarlo. Mantener la cohesión es muy duro. ¡Para mí, resultó muy difícil! Hay que evitar la dispersión, están las familias, los amigos... ¡caramba! (risas). Hay que prestar mucha atención. 

A Didier Deschamps no le ha ido nada mal hasta ahora…
Bueno, él ya conoce todo esto. Tiene un pasado de futbolista excepcional, una trayectoria como entrenador de alto nivel, una historia extraordinaria con la selección francesa... Ha conocido estas situaciones como capitán conmigo, y puedo decir que las controla perfectamente desde dentro. Es también ahí donde se tiene suerte de haber contado con estos jugadores, que han recorrido Europa. Didier jugó en Italia, en Inglaterra, en España... ¡y qué fantástico palmarés! 

Él afirma que usted le ha influido mucho en su carrera de entrenador, de seleccionador... ¿Es un orgullo para usted?
Ha tenido grandes entrenadores, como Marcelo Lippi en la Juve, que es alguien extraordinario. Pero sí, es un orgullo. Es un muchacho que ya era entrenador antes de serlo. Yo también hice eso. Cuando empecé, me ocupaba de los cadetes y quería hacerlo todo, entrenar, transmitir cosas... Él es en cierto modo así, aunque con un saber y una experiencia muy superiores, porque yo, por desgracia, no tuve experiencias en el extranjero. Didier lo conoce todo. 

¿Sigue hablando con él?
Sí, de vez en cuando. Pero soy consciente de que tiene muchísima presión encima, y lo dejo tranquilo. Nunca me tomo libertades. Nos conocemos bien. Él tiene su trabajo, está en su burbuja y sabe muy bien que yo también funcionaba así. No quiero ir a molestarle. 

¿Qué jugadores de la selección francesa actual le gustan?
Un equipo es un equilibrio. Se necesita una gran calidad, pero también jugadores experimentados para abordar los grandes partidos en el aspecto psicológico y táctico. En las grandes citas se pone constantemente a prueba la inteligencia de un futbolista. Y, en ese aspecto, los franceses tienen la suerte de jugar en los mejores clubes. Hay dos jugadores que me fascinan, Anthony Martial y Kingsley Coman. Tienen un registro técnico y atlético excepcional. Despliegan una potencia increíble y están dotados de una gran inteligencia táctica. Son el símbolo de esta nueva generación de la que tan orgullosos estamos. Yo fui un eslabón en esta magnífica cantera francesa, que ya estaba ahí antes de mi llegada, y que sigue perpetuándose hoy en día. Esta selección francesa rebosa posibilidades. 

¿Era usted optimista en cuanto a los Bleus antes de que empezase el torneo? 
Los veía en la final contra España, aunque tuve algo de miedo con todas las lesiones que hubo al principio, porque perder en tan poco tiempo a jugadores de la calidad de Raphaël Varane o Mamadou Sakho… ¡ojo! Y además Lassana Diarra, ¿se da usted cuenta? Por fortuna, terminó ahí, porque Didier ya había trabajado mucho con su plantel. La forma en que Francia superó todo eso demuestra la habilidad del seleccionador. 

¿Y cómo ve esta semifinal contra Alemania?
Es nuestro eterno rival. Es un adversario temible, pero no imbatible. Está llegando a su fin una generación, y yo espero que ahí, nosotros, con nuestra nueva generación, la superemos. Va a ser muy complicado. Vi el Alemania-Italia (suspira), un partido táctico, reñido... Ahí es donde se da uno cuenta de que en un partido de alto nivel no se hace cualquier cosa. No hubo mucho espectáculo, pero ¡qué derroche de energía! ¡Cuántos esfuerzos para llegar ante la meta contraria!

Con la preparación atlética de todos estos jugadores en el fútbol actual, no hay muchas situaciones favorables. Y luego, esa tanda de penales... Ahí tampoco representa una gran ventaja ser el país organizador, con ese peso psicológico enorme. Vimos a grandes jugadores fallar su lanzamiento. Fue algo impresionante.