Bobrov y la remontada imposible de la URSS
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Los espectadores que se fijasen en el marcador antes del inicio del partido disputado en el estadio Ratina de Tampere hace exactamente 60 años este viernes verían que formaban parte de un público numeroso, nada menos que de 17.000 personas, congregado para presenciar el choque por un puesto en cuartos de final del Torneo Olímpico de Fútbol Masculino. Y, transcurridos 75 minutos, otra cifra abultada decoraba ese mismo casillero: Yugoslavia 5-1 Unión Soviética.

La selección yugoslava había sido subcampeona de la anterior edición, celebrada cuatro años antes. Ahora, tras ganar 10-1 en su estreno y con una segunda goleada consecutiva en teoría ya encarrilada, su condición de favorita para colgarse el oro era indiscutible. Con todo, nadie habría imaginado el esfuerzo que tuvo que realizar el conjunto balcánico para dar la puntilla a unos soviéticos que parecían sentenciados a falta de un cuarto de hora para el final. Excepto el hombre que vestía la camiseta roja con el dorsal número 9.

Dos años atrás, Vsevolod Bobrov quizás salvó la vida cuando decidió, a última hora, tomar un tren en lugar de volar con el resto de sus compañeros, cuyo avión se estrelló. Había llegado el momento de que fuese él quien evitase a su país una muerte segura en el Torneo Olímpico de Fútbol Masculino.

El delantero del VVS de Moscú, de 29 años, que ya había firmado el primer gol de la Unión Soviética, empezó a obrar el milagro al habilitar a Vassili Trofimov para que este recortase distancias con el 5-2. E inmediatamente después redujo aún más la renta de Yugoslavia, mediante un potente disparo, para luego completar una tripleta en el minuto 87, que situaba a los suyos a un gol del partido de desempate. Y lo lograron instantes más tarde, cuando el centrocampista Aleksandr Petrov igualó in extremis.

La ráfaga inolvidable
La URSS había anotado cuatro tantos en los últimos 14 minutos, sin recibir ninguno, protagonizando así una de las mayores remontadas de la historia del fútbol. Sin embargo, en el encuentro jugado dos días después, y a pesar de que los soviéticos se adelantaron en los primeros compases por mediación del propio Bobrov, Yugoslavia terminó imponiéndose por 3-1, en la última actuación del veterano con el equipo.

Aun así, curiosamente, Bobrov acabaría ganando un oro olímpico: además de ser el mejor futbolista soviético de su generación, también sobresalía en el hockey sobre hielo, y en 1956 fue la estrella de su combinado nacional de esa disciplina que alcanzó la gloria en los Juegos Olímpicos de Invierno.

Una prueba de la grandeza de Bobrov es su tercer puesto en la lista de mejores atletas rusos del siglo XX, detrás del legendario guardameta Lev Yashin y el luchador grecorromano Alexander Karelin, invicto durante 13 años y uno de los deportistas más destacados de todos los tiempos.

No obstante, puede que ninguno de esos otros dos medallistas de oro olímpicos tuviese nunca un desempeño individual más brillante, ni bajo los tres palos ni sobre el tapiz, que el de Bobrov el 20 de julio de 1952. Toda una selección yugoslava y los espectadores finlandeses que abarrotaban las gradas fueron testigos de ello.