Derribar a la selección brasileña comandada por Neymar es posible: ya ha pasado más de una vez. Pero que nadie espere que el número 10 no vaya a levantarse, pelear y remontar. Y menos aún si, por el camino, está el Maracaná.

En 2012, Neymar vivió la frustración de perder la final olímpica frente a México. Al año siguiente brilló en otra final, contra España, en la Copa FIFA Confederaciones. En la Copa Mundial de la FIFA 2014™, el astro brasileño, lesionado, asistió como espectador a la dolorosa derrota ante Alemania de semifinales. Y este sábado, a pesar de las décadas de presión que había concentradas en un Maracaná lleno hasta la bandera, ahí estuvo él, listo para liderar, brillar y ganar.

“Era, sobre todo, un jugador que se sentía feliz por estar aquí, por participar en los Juegos Olímpicos”, cuenta el seleccionador Rogério Micale a FIFA.com tras la victoria en los penales sobre Alemania, que permitió a Brasil conquistar al fin el primer oro olímpico de su historia.

El triunfo no pudo llegar de forma más emblemática para el capitán de los anfitriones: fue él quien marcó el gol de los suyos, de un sensacional disparo, en el empate a 1-1 del tiempo reglamentado, y también quien se digirió con calma hacia el balón para transformar con gran sangre fría el penal que permitió enterrar un infortunio histórico.

“Ya sabíamos que era un futbolista que desequilibra los partidos, como ha hecho hoy”, afirma Micale. “Pero lo más importante es que tenía muchísimas ganas de encontrarse con esta nueva oportunidad, después de quedarse tan cerca del oro en la última edición. Neymar es así: lucha y obtiene la recompensa, como hoy, con el oro y el gran torneo que ha hecho. Se esfuerza por merecer todas las cosas que consigue en la vida”.

Saber sufrir
Durante este mes que culminó con la final olímpica, Neymar tuvo que demostrar toda la resistencia de la que ya había hecho gala a lo largo de los años. Antes del torneo, se propuso poner a prueba su compromiso. Después de los dos primeros partidos, saldados con sendos empates a ceros ante Sudáfrica e Irak, cuestionar a la Seleção, su capacidad y el desempeño de su capitán pareció convertirse en deporte nacional en Brasil. Hasta que, en cuestión de diez días, todo cambió.

Y vimos a Neymar, arrodillado en el césped del Maracaná, llorando copiosamente y esperando a recibir la medalla de oro tras marcar cuatro goles y dar tres asistencias con un equipo campeón y elogiado por desplegar un fútbol competitivo y vistoso a la vez.

“A todo lo que dijeron de nosotros, respondimos con fútbol. Es una de las cosas más felices que me han pasado en la vida”. Eso fue prácticamente lo único que dijo al abandonar el campo, aliviado y desafiante, como si quisiese hacer hincapié en su capacidad de reaccionar ante todo, dentro y fuera de la cancha, dificultades o críticas­.

“Más allá de la calidad que tiene, es un tipo increíble, y todavía más aquí, en la selección, donde los chicos quizás se hayan sorprendido, porque no lo conocían. Él ya estaba en Europa cuando la mayoría dieron el salto al primer equipo”, explica el centrocampista Felipe Anderson, refiriéndose a la importancia de Neymar para el resto del plantel. “Nos ha cuidado. Ayudó en los momentos difíciles e hizo que nos levantásemos. Nos dijo que, si teníamos paciencia para reaccionar, el momento llegaría. Le debemos mucho por este triunfo”.

Al marcar el fantástico gol de falta que abrió el casillero, el dorsal número 10 dio un abrazo a Rogério Micale que daba a entender que era él, Neymar, quien se sentía agradecido. Micale sonríe, satisfecho, y cierra el círculo: “Yo sí que le tengo mucho que agradecer a él. Y hoy creo que todo el mundo estará de acuerdo conmigo: como todo Brasil”.