Podemos observar un partido de fútbol en cualquier campo de Brasil, ya sea en la playa, en la escuela, en la calle o en un estadio. No importan la categoría, la región del país ni la clase social: en ningún encuentro habrá sólo jugadores conocidos únicamente por sus nombres de pila o apellidos. Es inevitable oír cómo se les llama Formiga (“hormiga”), Carioca, Mexerica (“mandarina”)... Como mínimo, se constata que es prácticamente norma nacional añadir el diminutivo en portugués “inho” al nombre de cualquiera que mida menos de 1,75 m de estatura, o el aumentativo “ão” para quien supere el 1,80 m.
 
Tal vez sea la proporción —al fin y al cabo, en Brasil hay más gente jugando a la pelota que nombres disponibles—, o quizás sólo parte de la necesitad que sienten los brasileños de proporcionar al fútbol un ambiente creativo y distendido. Sin embargo, es cierto que en ningún otro sitio del globo los apodos forman parte de la cultura futbolística como en el país que atesora cinco títulos mundiales. Y no se trata de personas conocidas por su nombre y apellidos que simplemente tienen un apodo, como El Kaiser Franz Beckenbauer o El Pibe de Oro Diego Armando Maradona. En Brasil, tanto en los partidillos informales como en la Copa Mundial de la FIFA, lo que no falta es gente conocida simplemente por su sobrenombre, que a veces la mayoría de los aficionados ni siquiera saben cómo se llama.
 
Basta echar un vistazo a la lista de los planteles campeones del mundo con la Seleção para tener una muestra considerable de los diferentes caminos que pueden seguir los apodos. Abundan ejemplos de formas cortas, que normalmente proceden de la repetición de la primera sílaba tónica del nombre del jugador. Son los casos de astros como Didi —así se conocía al centrocampista Valdir Pereira—; Vavá, uno de los goleadores de la Copa Mundial de la FIFA 1958, Edvaldo Izídio Neto; o el Jugador Mundial de la FIFA 2007 Kaká —quien en realidad se convirtió en profesional como Cacá, con “C”—, como le quedó al famosísimo Ricardo Izecson dos Santos Leite.
 
Un apodo que pasa al diccionario
Pero los apodos más interesantes pueden ser aquellos cuya explicación va más allá de la fonética, y dos de los mayores jugadores de la historia del deporte rey tienen historias que contar a ese respecto. Edson Arantes do Nascimento posee hasta tres sobrenombres. De niño, en su familia lo llamaban “Dico”, el diminutivo de Edson. Al llegar al Santos Futebol Clube en 1956, el central Wilson lo bautizó como “Gasolina”. Fue después cuando entró en la historia con el nombre que se convertiría en una de las palabras más conocidas del planeta. El padre de Edson, Dondinho, jugaba en el pequeño equipo del Vasco de São Lourenço. Al muchacho le gustaba acompañar a su progenitor a los entrenamientos, principalmente para observar la elasticidad de un guardameta que era una leyenda en los modestos campos del sur de Minas Gerais, Bilé. De este modo, en los partidillos, cada vez que Edson ocupaba el puesto de arquero —porque, irónicamente, eso era lo que pretendía hacer cuando creciese— y realizaba una parada difícil, siempre gritaba “¡¡Biléé!!”. O al menos era lo que quería decir, porque lo que todo el mundo entendía en aquella voz infantil era algo así como Pelé. ¿Les suena?
 
El apodo de otra estrella también se convertiría en una palabra recurrente mundo adelante, aunque en un principio era tan sólo uno de los nombres populares de un pájaro común en la región serrana de Petrópolis, donde creció Manoel dos Santos. Cuando era niño, al ser delgado y torpe, su hermana le puso el mote de Garrincha. El chico creció, y siguió teniendo en cierto modo esas características, pero su apodo se transformaría en sinónimo del mejor extremo derecho de la historia, y uno de los futbolistas más admirados que haya habido nunca.
 
El mote de Eduardo Gonçalves de Andrade, compañero de Pelé en la triunfal campaña mundialista de 1970, también tiene su origen en su porte físico modesto, sobre todo porque siendo aún niño ya jugaba contra adolescentes en el fútbol base de Minas Gerais. Para él eligieron el nombre de una moneda pequeña y desvalorizada corriente de aquella época: el Tostão. Era una manera simpática de referirse a su escasa estatura, como le sucedió al capitán de la selección brasileña que dio un cuarto trofeo mundial a su país en 1994, Carlos Caetano Bledorn Verri, cuyo tamaño hizo que su tío, a modo de broma, lo llamase como uno de los siete enanitos de Blancanieves, Dunga (“Mudito”). Menos suerte tuvo, sin duda, el volante Marcos André Batista Santos, campeón del mundo con la Seleção en 2002. Como, según sus maliciosos amigos, era además feúcho, lo llamaban “capeta” (“diablo”). Cuando perdió sus dientes de leche frontales, le pusieron “vampiro”. Y de la unión de ambos, surgió para el mundo Vampeta.

Dime de dónde vienes y te diré quién eres

Además de las características físicas, otro aspecto preferido para un buen apodo es la procedencia. Casi cualquier equipo brasileño tiene a alguien oriundo de otro Estado y que pasa a ser Júnior Baiano, Marcelinho Carioca, Pará... Y algunos han alcanzado la fama, como Juninho Pernambucano, Antônio Augusto Ribeiro Reis Júnior, que en el Sport Recife obviamente era uno más entre decenas de futbolistas de Pernambuco. Incluso al fichar por el Vasco da Gama, continuó siendo sencillamente Juninho, hasta mediados de 2000, cuando el club contrató a otro Juninho, Osvaldo Giroldo Júnior, llegado del Middlesbrough inglés. Resultado: uno se convirtió en Juninho Paulista, un apodo que no sobreviviría a aquella etapa, y el otro en Juninho Pernambucano, que permaneció a lo largo de toda su carrera en Francia y, actualmente, en Qatar.
 
Esa fue más o menos la lógica subyacente tras las idas y venidas de los nombres de los dos Ronaldos más famosos del mundo. Ronaldo, el Fenómeno, fue durante mucho tiempo Ronaldinho, en diminutivo. Todavía lo era cuando un muchacho del Grêmio empezó a ser convocado por la selección brasileña, en 1999. Entonces, para diferenciarlos, el más joven se convirtió en Ronaldinho Gaúcho. Con el tiempo, el Fenómeno perdió el diminutivo, y poco a poco Gaúcho se consolidó en el estrellato simplemente como Ronaldinho.
 
Pero cuidado, los apodos brasileños no son siempre fiables en cuanto a la geografía. El volante Mineiro, por ejemplo, integrante de la Seleção que compitió en la Copa Mundial de la FIFA Alemania 2006, no es de Minas Gerais, sino de Porto Alegre, en Rio Grande do Sul. Y peor aún: definitivamente, el centrocampista Ricardo Rogério de Brito, Alemão, titular en los torneos de 1986 y 1990, no es alemán, aunque sí rubio y de piel muy clara, suficiente para que en Brasil cualquiera sea confundido por un germano.
 
Y, a veces, las referencias geográficas pueden quedar ocultas. Es el caso de Alexandre Pato, a quien nunca se comparó con un ánade, al contrario de lo que mucha gente cree: nació en Pato Branco (Paraná). Una situación diferente, por ejemplo, a la de la figura del Santos Paulo Henrique Ganso, que cada vez que aparecía con los desaliñados muchachos del equipo sub-20 del Santos en el centro de entrenamiento oía al utillero del club decir: “Aquí viene la bandada de gansos”. A Paulo Henrique le gustó tanto que adoptó ese animal como apodo. Es lo que hizo también Hulk, el delantero del FC Porto Givanildo Vieira de Souza, cuya musculatura basta para explicar la mención al superhéroe.
 
Porque, de hecho, es tentador tener un sobrenombre tan llamativo, como Grafite (“grafito”): a Edinaldo Batista Libânio, en sus comienzos “Dina”, se lo puso en el Matonense el técnico Estevam Soares, para quien se parecía a un ex pupilo suyo apodado “grafite” por sus piernas, finas como la punta de un lapicero. En los supuestos parecidos con jugadores de otra época también encontramos a uno de los futbolistas más laureados del fútbol mundial. Marcos Evangelista de Moraes, de juvenil, cuando aún era extremo derecho, pasó a ser llamado Cafuringa, ex jugador del Atlético Mineiro que actuaba en la misma posición. Con el tiempo, se convirtió en lateral, y el apodo se acortó en algo aún más característico: Cafu (“cuarto oscuro”).
 
De animales —Pavão (“pavo”), Edson Cegonha (“cigüeña”), Claudio Pitbull, Eduardo Ratinho (“ratoncito”), Aranha (“araña”), Jorge Preá (“cuis”)— hasta comidas —Cocada, Eduardo Arroz, Ademir Sopa, Triguinho (“triguito”)—, pasando por objetos —Viola, Balão (“globo”), Tesourinha (“tijerita”), Alfinete (“alfiler”), Valdir Papel—, en el fútbol brasileño hay de todo. Los casos curiosos son interminables. ¿Recuerdas algún otro apodo interesante de un jugador brasileño? ¡Haz clic en “Añade tu comentario” y cuéntanoslo!