Para hacer un buen equipo, hacen falta buenos jugadores y un buen entrenador. ¡Pero nada te impide reunir esas dos cualidades en la misma persona! FIFA.com se ha fijado hoy en los entrenadores-jugadores, capaces de dirigir a su equipo desde el banquillo o sobre el césped.

Es una especie en vías de extinción o, incluso, ya extinguida en las grandes ligas. Sin embargo, durante todo el siglo XX, numerosos clubes confiaron las llaves del juego –¡y su copia!– a la misma persona. El primero en consagrarse mundialmente fue Adolfo Pedernera. Considerado uno de los mejores jugadores argentinos de todos los tiempos, y motor de la histórica “Máquina de River Plate en la década de 1940, Pedernera descubrió en Colombia que su talento como estratega era tan grande como el que ostentaba con el balón en los pies.

Tras pasar de los Millonarios de Buenos Aires a los de Bogotá en 1949, fue apodado "El maestro" por la prensa colombiana; la misma que, al día siguiente de su primer partido, lo describió así: "Un fenómeno, un artista, un maestro del pase y una demostración de inteligencia. Con él, todo es posible”. Ese “todo” cobró especial significación cuando se convirtió en entrenador-jugador en 1951 y ganó tres títulos de liga consecutivos (1951, 1952 y 1953). Gran jugador y gran entrenador, también era un gran señor. Su táctica era sencilla: ¡tratar de no humillar más al contrario cuando le iban ganando por cinco goles! Y hay que decir que, con un tal Alfredo Di Stéfano en sus filas, los Millonarios se enfrentaron a menudo a ese tipo de situaciones.

Dominar en todos los aspectos es lo que hizo también el Liverpool unos años más tarde al otro lado del Atlántico. El escocés Kenny Dalglish, goleador estelar de un combinado que reinó en Inglaterra y en Europa entre 1978 y 1984 (con 5 ligas nacionales y 3 Copas de Europa), se enfundó en 1985 el traje de entrenador, además del de delantero, para suceder a Joe Fagan. Con King Kenny moviendo los hilos, los Reds se adjudicaron el primer doblete Copa-liga de su historia en 1986 (el propio Dalglish marcó el tanto que valió el título en la última jornada ante el Chelsea: 0-1) y dos nuevos cetros de la Premier League, en 1988 y 1990. Al final de la campaña 1989/90, el escocés llevaba casi dos años sin calzarse las botas de tacos; debido, entre otras cosas, a las llegadas de Peter Beardsley o John Barnes. Sin embargo, se dio el gustazo de entrar en juego en el último partido, recibiendo, además del premio al mejor entrenador del año, la ovación de Anfield.

Otro escocés y también leyenda del Liverpool, Graeme Souness, vivió un momento igual de emocionante en Ibrox, el feudo del Glasgow Rangers, cuando su doble condición de entrenador-jugador desde 1986 le permitió darse entrada al campo en el último encuentro de la temporada 1989/90. En los años precedentes, gracias a su visión del juego sobre el césped y en el banquillo, Souness había permitido a la mitad azul del Old Firm regresar al primer plano del fútbol escocés, entonces dominado por el Celtic y el Aberdeen de un joven entrenador llamado Alex Ferguson.

Tal vez algunos lo ignoren, pero antes de convertirse en el reputado "Sir Alex" y de labrarse un palmarés excepcional en el Manchester United, el escocés debutó en el banquillo como entrenador-jugador del Falkirk. Quizá fuese eso lo que movió a un tal Darren Ferguson, hijo de su padre, a aceptar en 2007 el puesto de entrenador-jugador del Peterborough, en la cuarta división inglesa…

Precisamente, una especie de relación paterno-filial es la que se trabó en el Chelsea entre Ray Wilkins y Dennis Wise. Cuando el primero era entrenador adjunto de los Blues, el segundo era el capitán. De ese modo, cuando Wise fue nombrado entrenador-jugador del Milwall en 2003, se llevó a Wilkins, diez años mayor, como ayudante. “Al principio era sólo para unas semanas, así que acepté, pero solamente si Ray venía a ayudarme”, explicaba Wise tras su nombramiento. “Me siento bien en este puesto y, aunque tengo mis propios planteamientos en el aspecto táctico y en las jugadas a balón parado, Ray me aporta su organización y su ayuda. Por ejemplo, ¡para saber si debo jugar o no!”.

Además de Wilkins, que sabe bien de qué va la cosa por haber ejercido también esa doble función en el Queens Park Rangers, Wise tenía de sobra donde elegir a la hora de encontrar en quién inspirarse. No en vano, el Chelsea se hizo especialista en designar entrenadores-jugadores en la década de los 90. Tras haber hecho méritos en el Swindon Town, Glenn Hoddle fue la cabeza y las piernas de los Blues de 1993 a 1996. Encantado con el resultado, el cuadro londinense perpetuó la experiencia con el holandés Ruud Gullit y su "sexy football", que cedería luego su puesto al delantero italiano Gianluca Vialli. Una tradición, ya decimos…

Y una situación, por otra parte, que ya no podrá darse en la primera división alemana, porque la Bundesliga ya no autoriza esa duplicidad. Sin embargo, son muchos los que antaño se probaron en ese arte. Y en primera fila aparece Helmut Schön, que mezcló las botas de tacos y la pizarra en el Dresde-Friedrichstadt y en el Hertha de Berlín en los años 50, antes de dar a la RFA, esta vez vestido únicamente con traje y corbata, la Copa Mundial de la FIFA 1974. Tal vez los alemanes vean en ese precedente un feliz presagio; y es que Joachim Löw, que dirigirá a la Mannschaft en Sudáfrica este verano, hizo su debut en el banquillo hace unos 15 años como entrenador-jugador del FC Frauenfeld, en la primera división suiza.

Löw no será el único caso en tierras sudafricanas, puesto que el francés Raymond Domenech también hizo la transición entre su carrera de jugador y la de entrenador ejerciendo las dos simultáneamente en el Mulhouse, entre 1984 y 1986. Al igual que en el Chelsea, allí también se optó por la continuidad, ya que Jean-Marc Guillou, antes de partir a formar a la cantera en Costa de Marfil, fue entrenador-jugador del equipo alsaciano. “Las dos funciones no son incompatibles”, explicaba entonces. "El entrenador procura que cada uno pueda expresarse con total libertad y dar lo mejor de sí mismo. El jugador que soy sabe en qué momento estoy física y técnicamente. Si estoy a tono, mantendré la titularidad. Si no lo estoy, quitaré al jugador Guillou como ya he quitado a otros jugadores”.

El brasileño Romario, cuya pasión por el gol le ha impulsado a seguir jugando hasta más allá de los 40 años, ¿habría tenido lo que hay que tener para sacarse del campo? Lo cierto es que su experiencia como entrenador-jugador en el Vasco de Gama, en 2008, apenas duró unas semanas, pues a O Baixinho no le gustó que su Presidente interviniese en la composición del equipo.

Otro hombre con carácter, el francés Eric Cantona, colgó su traje de rey de los terrenos de juego de Inglaterra para ponerse el de amo y señor de la arena en el mundo. Como jugador y entrenador de la selección francesa de fútbol playa, The King Cantona condujo a los Bleus a la victoria en la Copa Mundial de Beach Soccer de la FIFA 2005. Pero el éxito no mermó su lucidez. “Cuando eres entrenador-jugador, es fácil sacarte a la cancha”, reconoció a FIFA.com. "Mientras no sentía que dispusiera de jugadores capaces de aportar más de lo que podía aportar yo, seguía jugando. Pero actualmente considero que están por encima de mí”.

El argentino Mario Kempes, el iraní Ali Daei, el inglés Trevor Francis, el escocés Gordon Strachan o el rumano Dorinel Munteanu son otros tantos ejemplos de grandes jugadores que conjugaron ambas responsabilidades con éxito.

No por nada el amor por el fútbol es un virus contra el que todavía no se ha encontrado vacuna. Una prueba de ello es que, cuando 15 años después le preguntaron al inglés Ray Wilkins si se arrepentía de algo de su experiencia como entrenador-jugador en el Queens Park Rangers, solamente encontró un pero: "No jugué bastante. Debería haber jugado más a menudo. Estaba bastante en forma para hacerlo y debería haberme implicado más todavía”.