Aquel "tipo bajito y gordinflón, con pinta de entrenarse en los restaurantes” parecía físicamente un extraño entre tanto adonis la mañana de 1958 en la que entró arrastrando los pies y sin resuello en el vestuario de su nuevo club. Una ligera sesión de entrenamiento, en la que sólo había participado a medias, había empapado de sudor la camiseta del hombre que respondía perfectamente a la descripción anterior (firmada por el seleccionador de Inglaterra Ron Greenwood). La prenda, totalmente calada y arrugada, se le había pegado sin misericordia a la parte superior del torso. Logró quitársela torpemente, no sin esfuerzo, y se encaminó a las duchas.

Sus compañeros del Real Madrid, un ramillete de los más magníficos exponentes del fútbol del momento, se preguntaron qué narices estarían pensado sus directivos cuando contrataron a Ferenc Puskas. Llevaba más de dos años sin jugar profesionalmente y, a sus 31 años, había alcanzado esa edad en la que, por regla general, los futbolistas han dejado atrás su mejor época. Aquel cuerpo rechoncho, con el que pese a todo había sembrado el terror entre las defensas rivales en la primera mitad de la década, estaba gordo de solemnidad. Además, todos ellos habían oído hablar de su afición a la bebida. ¡Cómo podía un hombre así deslumbrar a nadie con un balón en los pies!

Muy pronto descubrieron que Puskas podía deslumbrar al mundo incluso con un objeto mucho menos consistente. “Le tiré una pastilla de jabón y, sin pensárselo dos veces, la enganchó con la zurda, se la subió a la rodilla, ¡y se puso a hacer malabares con ella!”, recordaba Francisco Gento. “Nos quedamos de piedra. ¡Pero si era una pastilla de jabón!”.

Lógicamente, si Puskas era capaz de que una pastilla de jabón bailara a su excepcional son, podía manejar un balón con la precisión militar propia de su pasado en el ejército. Su arma era una zurda de una potencia y una precisión inexplicables; su objetivo: las redes rivales. En total las perforó 512 veces en 528 partidos con los Merengues, a los que ayudó a ganar, entre otros títulos, tres Copas de Europa y cinco campeonatos nacionales de liga.

Líder de la Hungría de los 'Magiares Mágicos'
La época de Puskas en el Bernabéu no fue más que el epílogo de una asombrosa carrera que empezó en el Kispest en 1943. A lo largo de sus 12 años en ese club (que adoptó el nombre de Honved en 1949), Puskas anotó 357 goles en 354 partidos y cosechó cinco títulos de campeón de la liga húngara.

Mientras esas estadísticas le reportaban fama en su nación, sus exhibiciones con la selección de su país lo hicieron inmortal para el mundo entero. Puskas espoleó a Hungría al oro olímpico en 1952; a una victoria por 3-6 contra Inglaterra en Wembley al año siguiente; a un triunfo por 7-1 contra el mismo rival en Budapest seis meses después; y al título de la Copa Dr. Gerö (también llamada la Copa Internacional Europa Central), que los 'Magiares Mágicos' conquistaron con una victoria por 0-3 sobre Italia en Roma. En aquellos tiempos de gloria, los húngaros registraron además una racha de imbatibilidad de 32 partidos, a la que puso fin su derrota por 3-2 a manos de la República Federal Alemana en la final de la Copa Mundial de la FIFA 1954. Aunque, quién sabe qué hubiera pasado si Puskas no hubiera jugado todo el partido cojeando, por culpa de una lesión sufrida durante la aplastante victoria por 8-3 sobre los alemanes (a la postre, campeones) en la fase de grupos.

En total, Puskas marcó 83 tantos en 84 encuentros internacionales y, sin embargo, la calidad superó con creces esta sorprendente cantidad. “Anotó infinidad de goles después de haber regateado al rival en huecos que no existían”, comentó Nandor Hidegkuti, compañero de tanto tiempo en la selección de Hungría. Una verdad de la que Billy Wright puede dar cumplido testimonio. En la famosa victoria por 3-6 de Wembley, “Cañoncito Pum” echó mano de su ya famosa e impresionante pisada para engañar al legendario central inglés antes de lanzar el balón al fondo de las mallas. "Nueve veces de diez habría robado ese balón. Pero ésa fue la décima, y mi rival era el incomparable Puskas", se lamentó Wright.

Goles espectaculares
Puskas, sin embargo, acertó muchas más dianas a cañonazos, y desde muy lejos. “Puskas le metía el miedo en el cuerpo a los porteros cuando chutaba desde 30 o 35 metros”, explicó en cierta ocasión su antiguo compañero del Madrid Raymond Kopa. “No sólo poseía un disparo potentísimo, también tenía puntería. Incluso desde tan lejos era capaz de poner el balón exactamente donde quería”.

Zoltan Czibor, otro de los integrantes de aquella selección mágica de Hungría, declaró una vez: “Marcaba goles con una regularidad increíble, pero también de una belleza increíble. Es uno de los grandes goleadores de la historia, pero el más excelso de todos a la hora de marcar goles maravillosos”.

Goles maravillosos son los que forman parte del cartel de esta noche en Zúrich, donde Hamit Altintop, Matthew Burrows, Linus Hallenius, Lionel Messi, Samir Nasri, Neymar, Arjen Robben, Siphiwe Tshabalala, Giovanni van Bronckhorst o Kumi Yokoyama se coronará mejor goleador de 2010 y recibirá el prestigioso Premio Puskas de la FIFA, creado para rendir tributo a este gran goleador y a esta gran persona.

“Siempre tiene tiempo para todo el mundo. Esa sonrisa, esa simpatía… Todos quieren a Puskas”, dijo en 1969 el hombre que había sido su entrenador en la selección de Hungría, Gusztav Sebes. Aquel año, más de 80.000 espectadores asistieron al partido de su homenaje contra el Rapid de Viena; dos días después, menos de 32.000 presenciaron la final de la Copa de Europa entre el Ajax y el AC Milan.