Dicen las crónicas de la época que revolucionó el fútbol en las décadas del 30 y el 40. Otros, los que lo vieron en vivo y en directo, afirman que estuvo a la altura de Pelé, Diego Maradona y el mismísimo Alfredo Di Stéfano. Tampoco faltan aquellos que afirman que su estampa de galán, adornada con vistoso bigote y pelo engominado, hacía estragos fuera de los terrenos de juego. Lo cierto es que José Manuel Moreno, de él hablamos, marcó una época dorada en los inicios del fútbol y que, pese a no coronarlo en la Copa Mundial de la FIFA, pasó a la historia como uno de los más grandes que haya pisado un campo de juego jamás.

La crueldad del paso del tiempo privará a las generaciones más jóvenes de disfrutar las genialidades del argentino, que supo pasear su magia por el fútbol grande de Argentina, México, Chile, Uruguay y Colombia. No obstante, aquellos que gustan de buscar archivos visuales en Internet, podrán rememorar algunas breves imágenes del jugador que encabezó a la famosa Máquina de River Plate, una de las delanteras más talentosas y recordadas en la historia del fútbol argentino que resultó, para muchos, la antecesora de la Naranja Mecánica holandesa de los años 70.

En el día que hubiera cumplido 99 años, FIFA.com lo recuerda.

Nacido del rencor
Nacido en 1916, Moreno pateó el balón por primera vez en el barrio de la Boca, cerca de su casa, donde se enamoró rápidamente del club Boca Juniors. Sin embargo, el club Xeneize le cerró las puertas tras una prueba y el Charro, aún pequeño y soñador, se marchó indignado prometiendo revancha. Años más tarde brillaría con la camiseta de River Plate…

Moreno era así: tan luchador… como habilidoso. De hecho, las crónicas que han quedado de su época de futbolista hablan de un jugador con llamativa técnica, capacidad de definición y estupendo cabezazo. Algo fácilmente comprobable al observar los números de su carrera: sólo en River Plate, donde protagonizó dos etapas a lo largo de 12 años, conquistó nada menos que 156 goles.

La entidad Millonaria fue su cuna futbolística, pues allí dio sus primeros pasos en una gira amistosa de 1934 por Brasil. “Tranquilos, muchachos. A estos les hacemos cinco. Miren lo que es el que me tiene que marcar a mí, es muy feo. Lo voy a bailar”, le dijo a sus compañeros en la previa al choque con Vasco da Gama. Tenía apenas 18 años, y cumplió con su palabra: con un gol suyo, River goleó aquel día 5-1. Sin embargo, no se hizo con un lugar en el equipo de primera división sino hasta 1935. Había pasado ya un lustro del subcampeonato de Argentina en la primera edición de la Copa Mundial de la FIFA en Uruguay, y el fútbol ya era un verdadero furor en el Río de La Plata.

Y Moreno, que rápidamente se convirtió en ídolo de la institución Millonaria, se volvió también un referente tanto en el vestuario como en las gradas, donde la afición llenaba los estadios para verle jugar. “Cuando la AFA me eligió como mejor futbolista argentino de todos los tiempos estaba fascinado, pero a la vez me daba vergüenza dejar atrás a nombres como Moreno”, explica Diego Armando Maradona en su biografía “Yo soy el Diego”, en clara referencia a lo que fue el Charro para los amantes del fútbol en Argentina.

Su talento en ambas bandas era innegable, y de a poco fue gestando uno de los grandes equipos de todos los tiempos con el que conquistó los campeonatos nacionales de 1936, 1937, 1941 y 1942. Es cierto que La Máquina estaba integrada por notables futbolistas como Juan Carlos Muñoz, Adolfo Pedernera, Ángel Labruna y Félix Lousteau. Sin embargo, el Poeta de la Zurda era sin dudas el de mayor popularidad, tanto dentro como fuera del campo de juego: era amante de la noche, asiduo concurrente a locales nocturnos y fanático del tango. “Es el mejor entrenamiento”, aseguraba, pues “llevás el ritmo, lo cambiás en un instante, manejás todos los perfiles y hacés trabajo de cintura y de piernas”.

Valentía y selección
Los que se deleitaron con el fútbol del Charro , apodo heredado se su paso por México, aclaran que el ídolo no forjó su imagen a base de talento y nada más. Por el contrario, desparramó carácter en más de un campo de juego y a los puños, como cuando en 1947 se cruzó con los hinchas de Estudiantes de La Plata que ingresaron al campo de juego a discutir con el árbitro. O ese mismo año, cuando luego de recibir un piedrazo desde la tribuna de Tigre, se enojó con los médicos de River, su propio equipo. “¿Para qué me voy a hacer atender antes? ¿Para darles el gusto a ésos y que después anden cantando que se la dieron a Moreno? ¡No viejo! Cuando me atiendan en la cancha es porque me van a sacar en camilla”, les dijo.

Su carácter y talento le abrieron rápidamente las puertas de la selección, en la que permaneció por 14 años. Y aunque el contexto político internacional le haya privado jugar la Copa Mundial de la FIFA, el ámbito sudamericano vio lo mejor de su repertorio. Con la camiseta albiceleste se adjudicó tres torneos sudamericanos, antecesores de la Copa América actual, en 1941, 1945 y 1947. Pero no sólo con títulos inscribió su nombre en la historia del certamen: marcó el gol 500 en 1942 y resultó elegido mejor jugador en 1947.

Antes de colgar las botas en Independiente Medellín de Colombia, se dio el lujo de vestir la camiseta de Boca, mismo club en el que lo habían rechazado en su niñez. Falleció en 1978, dos meses después de que el fútbol argentino se adjudicara su primera estrella mundialista. Una ironía del destino a la que no siquiera él, el mismísimo Charro, pudo gambetear.