En comparación con otras profesiones, los futbolistas gozan de una carrera corta que, en el mejor de los casos, puede llegar a alcanzar los 20 años; aunque casi todos cuelgan las botas mucho antes de lo que les gustaría, al notar que sus cuerpos castigados por el esfuerzo ya no dan más de sí. Sin embargo, en el caso de una desgraciada minoría, la decisión de retirarse se produce de manera más abrupta y prematura, por circunstancias totalmente ajenas a su voluntad.

En cualquier caso, que una carrera se vea acortada por las malditas lesiones no implica necesariamente que sea una carrera frustrada. Un ejemplo perfecto de que algunas estrellas brillan con más fuerza que otras, independientemente de su permanencia en el firmamento, es el mítico artillero Marco van Basten.

Van Basten era un jugador bendecido con la técnica y el toque de balón paradigmáticos de los mejores talentos del fútbol holandés. Esas virtudes, junto con su letal olfato de gol, lo convirtieron en uno de los delanteros más temibles de Europa de finales de la década de 1980 y principios de los 90. El ariete neerlandés era capaz asimismo de soportar la presión hasta el punto de rendir bien hasta en los partidos más importantes; y en la final de la Eurocopa 1988 más que en ningún otro.

Tras haber dado la victoria a Holanda en el minuto 88 de la semifinal contra la República Federal de Alemania, Van Basten apuntilló a la Unión Soviética con el tanto que iba a definir y catapultar toda su carrera: una imparable volea en parábola desde un ángulo imposible, con la que amarró el primer título internacional de la selección Oranje. Además, el ariete milanista se erigió en el máximo goleador y en el mejor jugador del certamen.

El frágil tobillo de Van Basten

A continuación, el ex Jugador Mundial de la FIFA en 1992 y tres veces ganador del Balón de Oro conquistó dos Copas de Europa y tres ligas italianas con el imponente Milan de principios de los 90, antes de que una lesión de tobillo le obligara a retirarse a los 30 años, tras una larga batalla por salir del dique seco. Uno de sus médicos, Rene Martin, lo expresó de esta forma: “Marco siempre jugó al fútbol como una bailarina, pero su tobillo al final no pudo soportar la tensión”.

Aunque Van Basten sea uno de los jugadores más talentosos que han visto acortada su carrera por las lesiones, seguramente no hay ninguno que haya sido tan influyente en un solo club como Uli Hoeness. Tras debutar en el Bayern de Múnich con 18 añitos, el centrocampista ofensivo de Ulm condujo al club bávaro a ganar su tercera Bundesliga cuando apenas llevaba dos campañas en sus filas (en el que sería el primero de tres títulos ligueros consecutivos).

Eso fue solo el principio de la hegemonía del Bayern en el fútbol alemán y, en todo momento, Hoeness ha desempeñado un papel esencial a la hora de consolidar ese dominio, dentro y fuera de la cancha. Su influencia sobre el césped quedó patente inmejorablemente en su primera victoria en la Copa de Europa, al marcar dos tantos en la final de desempate de 1974 contra el Atlético de Madrid (4-0); el segundo tras una cabalgada desde el mediocampo aderezada con varios quiebros preciosos. Luego llegaron otros dos cetros continentales seguidos, antes de que el cuadro muniqués ganase su primera Copa Intercontinental en 1976.

Asimismo, Hoeness fue una pieza clave de los combinados germanos que vencieron en la Eurocopa 1972 y en la Copa Mundial de la FIFA 1974™. Sin embargo, una lesión de rodilla sufrida en la final de la Copa de Europa de 1975 contra el Leeds United lastró su carrera a partir de entonces, obligándole a colgar las botas a los 27 años.

Fontaine y las carencias de la medicina
Inmediatamente, no obstante, Hoeness fue nombrado director general del Bayern de Múnich, un cargo que desempeñó hasta 2009, en que pasó a ser el presidente del club. Durante las tres últimas décadas, el Bayern se ha convertido en un gigante del fútbol europeo, hasta acumular 48 trofeos desde que Uli debutó con el club (antes, solamente sumaba 7). Al reflexionar sobre su cargo de directivo, el mandatario del Bayern afirmó: “Hoy en día, ya nadie podría sobrevivir en esta ocupación durante más de 30 años. Esa época se acabó; yo soy el último de esa especie”.

La gran cita mundialista ha sido testigo de algunos de los mejores momentos de muchos jugadores que acabaron teniendo una carrera efímera. En una sola fase final de la Copa Mundial de la FIFA, un jugador hizo añicos el récord de goles marcados, dejándolo en un tope que todavía sigue vigente. Nos referimos a Just Fontaine.

Fontaine, la gran estrella de Francia en Suecia 1958, conquistó casi él solo la medalla de bronce para los Bleus tras meter 13 goles en seis encuentros (una gesta a la que nadie ha podido acercarse siquiera). Desgraciadamente, sin los avances de la medicina que tenemos hoy, el ariete galo tuvo que retirarse a los 28 años, tras haberse roto una pierna un par de años antes.

Cuatro de sus dianas las marcó en el partido por el tercer puesto contra la República Federal de Alemania, algo imposible de olvidar: “Todavía recibo diez cartas a la semana de aficionados alemanes que me preguntan cómo fue posible. No logran entender que alguien pueda meter cuatro goles a una defensa alemana”, declaró no hace mucho.  

Futbolista reconvertido en médico y comentarista
El legendario brasileño Tostão siempre será recordado por sus épicas actuaciones en la Copa Mundial de la FIFA. Lamentablemente, las secuelas de un desprendimiento de retina le obligaron a retirarse con apenas 26 años en 1973, tras haber estado a punto de quedarse fuera de la bendita Seleção de 1970.

Para muchos, su mejor momento con aquel combinado de extraordinario talento lo protagonizó precisamente en la final de 1970, al robar el esférico y dar el primer pase del mítico golazo de Carlos Alberto, que selló el 4-1 ante Italia. Tras colgar las botas, Tostão utilizó su inteligencia para salir adelante y convertirse en médico, antes de regresar recientemente al mundo del fútbol para colaborar como reputado comentarista.

Cuatro años antes de aquel triunfo de Tostão, otro mítico jugador, el defensa de Inglaterra George Cohen, disfrutaba análogamente del momento cumbre de su abreviada carrera. Tras jugar los seis encuentros que llevaron a los Tres Leones a conquistar la Copa Mundial de la FIFA 1966, como integrante de una zaga que solamente recibió 4 goles en contra, el ágil lateral derecho se erigió en una pieza clave del engranaje montado por Alf Ramsey.

El seleccionador de Inglaterra se deshizo en elogios hacia Cohen, quien desarrolló toda su carrera en el Fulham, donde disputó 459 partidos (una cifra que solamente han superado otros cuatro jugadores). “George tenía todas las cualidades para triunfar como internacional, sobre todo en defensa. Su lesión privó al fútbol de un jugador excepcional cuando todavía estaba en plena forma”, aseveró Ramsey. En el caso de Cohen, fue la rodilla la que lo obligó a dejar este deporte a los 29 años.

Varallo y Ferreyra, destinos paralelos

El dinero tampoco te garantiza necesariamente la longevidad deportiva, libre de lesiones. Dos jugadores que en su tiempo protagonizaron los fichajes más caros del mundo tuvieron que poner fin a sus carreras antes de lo que les habría gustado. El dinámico danés Harald Nielsen, apodado “Gold-Harald”, fue traspasado del Bolonia al Inter de Milán por un montante récord de 300.000 libras, tras haber guiado a la escuadra Rossoblù hacia su scudetto más reciente (en el curso 1963/64) con un promedio cercano a un gol por partido. Sin embargo, una lesión crónica en la espalda lo dejó prematuramente mermado para acabar retirándose a los 29 años, aunque luego pasó a desempeñar un papel esencial en la profesionalización del fútbol danés.

Antes que Nielsen estuvo Bernabé Ferreyra, quien tuvo que colgar los botines a los 30 años tras sufrir un rosario de lesiones. La máquina de hacer goles argentina, conocido como “el mortero de Rufino” por su potentísimo disparo, ya había dejado una huella inolvidable en River Plate cuando se retiró. Ferreyra recaló en el equipo de Buenos Aires en 1932 por 32.000 pesos (23.000 libras), una cifra que se mantuvo 20 años como tope mundial (ningún traspaso récord ha estado tanto tiempo sin ser superado), y que contribuyó al periodo de caros fichajes del que deriva el apodo de River: los Millonarios.

Con su fulgurante capacidad de reacción y su mezcla de velocidad y fuerza, Ferreyra acabó su carrera con un total de 187 tantos en 185 encuentros. Tal era su destreza goleadora que un diario local, Crítica, ofreció un premio para el primer arquero que pudiese parar su racha. Solo dos lo consiguieron.

En esa misma época, el gran rival capitalino, Boca Juniors, también contaba con su propio ariete fabuloso, el cual fue víctima de un triste destino increíblemente similar. Francisco Varallo, casi un año exacto más joven que Ferreyra, se retiró a los 30 años por una lesión de rodilla, no sin antes haber inscrito su nombre en los libros de récords del conjunto xeneize. El Cañoncito acumuló 194 goles con Boca, una cosecha que se mantuvo como récord del club durante 69 años, hasta que en 2009 lo batió el “Loco” Martín Palermo. Y todo eso, después de haber disputado la final de la primera edición de la Copa Mundial de la FIFA, en 1930.