El 8 de julio de 1962, Moacyr Barbosa Nascimento abandonaba la cancha ayudado por el médico del modesto Campo Grande, aquejado de una lesión muscular. Tenía 41 años, y tal vez imaginase que se trataba de su último partido, aunque no podía saberlo con seguridad.

Lo cierto es que, a pesar de las molestias físicas, y aunque se había ido cojeando, hacía mucho tiempo que el guardameta no se sentía tan bien: no dejaba de escuchar aplausos en el Aniceto Moscoso, el estadio del Madureira. No importaba que el público presente fuese de 670 personas. Para este veterano, el inesperado cariño recibido suponía una auténtica satisfacción.

Aunque tuviese un historial repleto de triunfos y fuese un innovador en su demarcación, Barbosa no había conseguido disfrutar de muchos episodios como ese en su larga trayectoria. Al menos, no después de ser uno de los personajes principales del fatídico Maracanazo, cuando participó en uno de los lances más polémicos de la historia del fútbol, una jugada resuelta en cuestión de segundos, y que acabaría marcando su vida. Todo ello se cuenta en el libro Quemando los largueros de 1950: glorias y castigo de Barbosa, el mayor guardameta de la era romántica del fútbol brasileño, recién editado en Brasil, obra del periodista Bruno Freitas.

Una elección
Con el legendario arquero aún vivo, la selección brasileña ganó no solo su primer título mundial, sino también otros tres, y el recuerdo de aquella derrota ante Uruguay se hizo cada vez más distante. De hecho, para las generaciones que vinieron luego, cualquier asociación entre los términos “Brasil” y “fútbol” haría invariablemente referencia a victorias y trofeos.

Todas esas alegrías, sin embargo, fueron insuficientes para que Barbosa dejase atrás los sentimientos negativos causados por el evento vivido 12 años antes de su retirada, en un escenario muy distinto. 200.000 personas quedaron conmocionadas entonces, en el imponente estadio construido para la Copa Mundial de la FIFA Brasil 1950™. “Barbosa llegó a afirmar que los títulos de Brasil, en cierto modo, aliviaban su dolor. Pero los relatos demuestran que el país dejó morir al portero con una deuda pendiente”, escribe el autor.

Es una historia conocida por todos: el Maracaná estaba preparado para celebrar un título histórico, que no debía ser el uruguayo. Friaça abrió el marcador, pero la Celeste remontó. El gol decisivo correspondió a Alcides Ghiggia, quien recibió un balón en la posición de extremo derecho, avanzó y, supuestamente sin ángulo, batió al meta brasileño. “Abrí el espacio con dos o tres pasos. Él chutó por el lugar que yo había dejado libre y ganó la copa. A mí me quedó la desgracia”, contó Barbosa.

En aquella acción, consideró que lo mejor sería anticiparse para interceptar el eventual centro. El tanto del empate se había producido así, y de nuevo había muchos adversarios al acecho en el área. Pero el delantero optó por el remate, y el brasileño no consiguió reaccionar a tiempo. Por uno o dos segundos, o centímetros, la opción de Barbosa, sencilla en principio, se convirtió en un dilema y, de manera instantánea, en un juicio nacional. En el que el jugador fue declarado culpable.

Un pionero 
Pocos saben que, en sus primeras incursiones en los campos, el futbolista oriundo de Campinas (estado de São Paulo) solía figurar en el otro lado, en el papel de Ghiggia, como atacante. Barbosa se desempeñaba como extremo en sus inicios en las categorías inferiores, hasta que, en una emergencia, tuvo que atender la petición de su cuñado, que era el dueño del equipo: ocupar temporalmente la posición de guardameta, aunque fuese una sola vez. ¿Un partido? ¡Serían muchos más! Al final de su carrera, acumuló nada menos que 1.300 encuentros oficiales bajo los tres palos.

Sin ponerse guantes, y sí rodilleras, ya en São Paulo, se estrenó en el Atlético Ypiranga en 1942. Llamó la atención de las grandes formaciones locales, aunque tardaría dos años en marcharse, al Vasco da Gama, de Río de Janeiro, apadrinado por el mítico Domingos da Guia. En el club de São Januário, se convirtió en una parte fundamental del equipo conocido como el “Expreso de la Victoria”, y ganó las ediciones de 1945, 1947, 1948, 1949, 1950 y 1952 del Campeonato Carioca.

Además, el Vasco se proclamó campeón del Sudamericano de clubes de 1948, disputado en Chile, superando a la poderosa Máquina del River Plate, de Pedernera, Labruna y Loustau, y también de un joven llamado Alfredo Di Stéfano. Barbosa levantó una muralla inexpugnable, y los suyos lograron un empate a 0-0 que les daba el título.

No fue el único triunfo internacional del arquero, que un año más tarde conquistaría, gracias a sus atajadas, la Copa América, poniendo fin a una espera de 27 años de Brasil. Vistió los colores de su país en 22 ocasiones, con 16 victorias, dos empates y cuatro derrotas, un porcentaje de triunfos superior al 70%.

Con 1,77 m de estatura, el físico de Barbosa no era especialmente imponente. Pero lo compensaba mediante su inteligencia (sabía posicionarse, y siempre optaba por la parada más práctica), elasticidad (cuando era necesaria, claro) y arrojo (“En total fueron seis fracturas en la mano izquierda y cinco en la derecha, además de roturas de huesos en la pierna, en dos lugares diferentes”, cuenta el libro).

“Él cambió la forma de jugar del arquero brasileño”, dijo Carlos Alberto Cavalheiro, excompañero suyo de posición en el Vasco. “En aquella época los guardametas estaban limitados prácticamente a jugar en el área pequeña. Pero él dominaba el área grande. Salía para despejar con el pie o para parar con la mano, no importaba cómo. Creó escuela”.

En el aspecto técnico, su habilidad en los balones aéreos con una sola mano y la capacidad de enviar la pelota lejos, evitando los rechaces, también llamaban la atención. Sin contar con sus saques de puerta, con lanzamientos potentes que cambiaban el panorama de los partidos, para alegría de los hinchas.

La pena máxima
No obstante, nada de eso importó en el imaginario popular tras el duelo ante Uruguay. Incluso en aquel partido, durante un primer tiempo flojo de la Seleção, tuvo que intervenir en varias ocasiones para conservar el empate, que hubiera bastado para dar el título a los locales.

Los aficionados, frustrados, borraron de su memoria los grandes logros de aquella generación. Y el portero, en concreto, no tuvo la oportunidad de redimirse. Por si la competencia de Gylmar dos Santos Neves y Castilho no fuese dura, en nada ayudó la fractura que sufrió en una pierna con el Vasco en 1953, que lo privó de la posibilidad de jugar un segundo Mundial. Al final, únicamente actuaría una vez más con el combinado nacional después de 1950.

El Vasco da Gama, que componía la base de la selección, pasó de equipo admirado a perseguido, en su totalidad. Pero en el caso de Barbosa las cosas fueron un poco más allá todavía: no podía ir de compras ni salir al cine sin terminar discutiendo con alguien. Esa situación no terminaría hasta que se vio relegado al ostracismo, trabajando como empleado público, precisamente, en el complejo deportivo en el que se encuentra el Maracaná, aunque en la zona de piscinas.

En los peores momentos, el meta y sus compañeros solamente consiguieron un poco de paz en 1951, cuando pudieron volver a cruzarse dentro del campo con seis de los campeones del mundo de la Celeste, en un par de amistosos contra Peñarol. Barbosa brilló entonces en Montevideo, y al volver a su país los titulares de la prensa tenían un tono de desquite.

Curiosamente, no fue el único reencuentro entre aquellos rivales, ni mucho menos. Como si la magnitud de lo sucedido en el Maracanazo los hubiese unido para siempre, un grupo de brasileños y uruguayos estuvieron en contacto constante durante los años siguientes. Participaban juntos en partidos benéficos, o amistosos, en los dos países. En Uruguay, el capitán Obdulio Varela se esforzaba para que los antiguos oponentes fuesen recibidos con el mayor respeto. Casi nunca se tocaban las heridas abiertas.

“Nos hicimos amigos. A veces ellos venían a Montevideo, y quedábamos con ellos. A veces nosotros íbamos a Río, y estábamos allí juntos. Es algo insólito por momentos, ¿no? Se lo cuento a la gente, y no me creen”, afirmó Ghiggia.

Al menos Barbosa encontró cierto consuelo en el hombro de sus enemigos, porque en Brasil nunca llegó, o al menos él no lo percibió. En una entrevista concedida a TV Cultura en 1993, declaró: “La condena más larga en Brasil son 30 años. Creo que ya he cumplido 13 de más”. Y aún cumpliría otros siete, hasta su fallecimiento, en 2000, a los 79 años, sin que jamás cicatrizase la herida sufrida medio siglo antes.