“Creo que me han preparado algo. Me lo ha dicho un pajarito”, responde entre risas Enzo Scifo cuando FIFA.com le pregunta qué ha planeado para celebrar sus 50 años, este viernes 19 de febrero. Con motivo de un aniversario tan especial, el legendario mediapunta de la selección belga, participante en cuatro Copas Mundiales de la FIFA™, nos ha concedido una entrevista exclusiva en la que hace balance de sus cinco decenios.

Desde que era un niño poseído por una pasión irrefrenable por el fútbol surgida en el asfalto de La Louvière hasta su reconversión en entrenador, este hijo de inmigrantes italianos cuenta las grandes etapas que forjaron al hombre que es hoy en día. Se siente plenamente realizado y está orgulloso de preparar el futuro del fútbol belga, cuya selección sub-21 dirige desde el verano de 2015. 

Enzo, ¿qué tal lleva los cumpleaños? 
Sinceramente, no me suponen ningún problema. Sentía un poco de aprehensión por los 40, porque siempre se conoce a gente que los ha cumplido y que no los lleva bien, pero lo cierto es que yo los pasé sin ninguna dificultad. No sé a qué se debe, ¡pero para mí los 50 son lo mismo! No tengo la sensación de que vaya a cambiar mucho, no siendo algunas arrugas más (risas). No tengo ningún problema, en ese aspecto quizás me parezca algo a mi padre. 

El pasado 16 de enero sufrió la dolorosa pérdida de su padre, Agostino. ¿Cómo afronta llegar a los 50 después de vivir algo así?
No dejo de pensar en él. Durante un mes prácticamente me encerré, casi no salí. En cierto modo necesitaba estar a solas con él. Uno nunca se prepara para eso, pero cuando pasa cada persona lo lleva de forma distinta. Sigue estando conmigo, en algún lugar, e intentaré representarlo, lo mejor que pueda, el resto de mis días. Mi padre siempre me aportó valentía, audacia. Me inculcó coraje para hacer frente a las dificultades, y en mi carrera me encontré con varias. Tuve muchos buenos momentos, pero cuando atravesé periodos difíciles él siempre me fue de gran ayuda.

Era una persona que no tenía miedo de nada ni de nadie, mientras que mi hermano, mi hermana y yo mismo optábamos más bien por la discreción… De vez en cuando, él intervenía diciendo: “Hay que lanzarse, hay que conseguirlo”. Aprendí mucho en ese aspecto viviendo a su lado. Y lo necesitaba. 

Volviendo la vista atrás, ¿de qué está más orgulloso a día de hoy?
Sin querer parecer pretencioso, creo que he alcanzado una edad en la que las cosas se miran con una gran perspectiva y se tiene la madurez suficiente para ser objetivo. Estoy especialmente orgulloso del éxito que he tenido, no sólo futbolístico, sino también familiar, porque tengo una gran familia. El principal punto negativo es haber perdido a mi hermano tan pronto. Era mi otra mitad. Nos compenetrábamos muy bien. Murió con sólo 42 años por un accidente laboral. Ése fue el punto negro de mi vida, porque no me parece lógico perder a un hermano tan pronto, en circunstancias así. Aparte de eso, hice lo que quería hacer y estoy rodeado de gente magnífica. Ahí radica mi éxito: en haber logrado todo lo que esperaba cuando tenía 13 o 14 años, es decir, triunfar profesionalmente y tener hijos que me aportan alegría de vivir todos los días. 

¿Puede contarnos cómo era el pequeño Enzo a los 10 años?
Era un niño muy bueno, que no tenía más que una idea en la cabeza: el fútbol. Jugaba todo el tiempo por las calles de mi ciudad. No era un mal alumno, pero, por culpa del fútbol, nunca sacaba las notas necesarias para aprobar fácilmente, aunque al final lo conseguía estudiando los tres últimos meses antes de los exámenes. Entre los 7 y los 12 años no tengo otro recuerdo que el fútbol. Después de la escuela, pasaba todo el tiempo jugando con los amigos. Mi formación fue la calle. Eso marcó mi estilo. No dejo de explicar a los jóvenes de hoy en día que era nuestra vida entera, y que eso fue lo que nos permitió triunfar en este deporte. Teníamos la pasión, no pensábamos en otra cosa que no fuese el fútbol. No había PlayStation, ¡sólo teníamos eso! Es la mejor escuela posible. Dar balonazos contra una pared para mejorar continuamente los gestos, jugar entre los coches, aprender a controlar en el momento adecuado... ¡Y jugar durante horas y horas! Es eso, no hay otro secreto. 

¡Entonces debió sentirse realizado a los 20 años! Llevaba tres siendo profesional, fue elegido mejor jugador joven del Mundial de 1986…
Me sentía feliz, sí, pero al mismo tiempo no tanto, porque vi cómo llegaba muy pronto. Ya tenía varios años de primera división a cuestas, me había distinguido, y es posible que ya no me esforzase igual por mejorar. Los 20 años fueron el periodo más difícil de mi vida. Duró hasta los 22, y empecé a recuperarme a los 23. Tuve la suerte de encontrar a las personas adecuadas, que me convencieron de que no iba bien. Cuando lo entendí, me cuestioné lo que hacía y volví a esforzarme como un loco. Todo eso hizo que me reencontrase. Ahora, cuando veo a un muchacho que atraviesa problemas, en lugar de echarle la culpa intento entender si sigue estando motivado. Si lo está, trato de ayudarle y de explicarle lo que yo viví.

Fue Arsène Wenger quien me dijo un día que todos los futbolistas jóvenes pasan este tipo de dificultades, y es cierto. Eso quiere decir que los entrenadores tienen un papel muy importante en esos momentos, para ayudarles a superar esa etapa.

A los 30 años, estaba usted triunfando en el AS Mónaco con jugadores como Fabien Barthez, Thierry Henry, Emmanuel Petit… ¿Cómo se sentía en aquella época?
Es una edad en la que uno ya se encuentra más bien al final de su carrera, pero tengo un buen recuerdo de mis 30 años, cuando era más maduro. En cualquier caso, empecé a vivir de verdad a los 30. A esa edad ya se tienen argumentos suficientes para imponerse. Hay una experiencia, varios años de paternidad, una salud financiera que permite sentirse cómodo... Me gustaron mucho mis 30 años. 

Y a los 40, ya llevaba cinco de entrenador…
Esa edad también me gustó mucho. Mi carrera de futbolista había terminado, pero empezaba otra vida, que supe abordar con una gran determinación y experiencia. Llevo muy bien la presión que conlleva el oficio de entrenador. El estrés nunca me ha desestabilizado, todo lo contrario. Soy una persona muy tranquila, así que cuando siento algo de estrés eso me dispara. 

Y ahora, ¿cómo se siente? ¿Supone un orgullo especial forjar a las futuras estrellas del fútbol belga?
Me siento bien. Lo disfruto, porque tengo la suerte de estar bien psicológicamente y físicamente a punto. Hago lo que me gusta, así que todo marcha bien. Para mí es un auténtico orgullo estar al frente de la selección sub-21, con el objetivo de conducir a los jugadores a la selección absoluta. Sabemos que nuestra selección nacional es un ejemplo, así que supone una gran motivación y un gran honor haberme incorporado a la asociación y formar parte de un proyecto como éste. Actualmente tenemos la suerte de contar con generaciones de calidad, debemos preservarlo lo mejor posible y hacer que dure el máximo tiempo posible. Y, para eso, somos varias personas. Estamos Marc Wilmots, yo y, detrás, muchos otros que hacen este trabajo. Si lo hacemos bien, el fútbol belga puede seguir así durante los próximos diez o quince años. 

Y para terminar, ¿dónde se ve a los 60?
Nunca me imagino en el futuro, no lo hacía ni cuando era jugador. Soy una persona prosaica, ahora estoy en el fútbol, mañana no lo sé. Todo dependerá de las oportunidades, pero a día de hoy no me veo ni como seleccionador ni como entrenador en otro sitio. Yo acepto lo que venga, y pienso simplemente que si hago un buen trabajo las cosas irán bien. En cualquier caso, firmaría mañana mismo continuar en un proyecto como éste dentro de diez años. Porque, para mí, no es sólo ser seleccionador sub-21, sino también trabajar con Marc Wilmots, y por el éxito de Bélgica. Tenemos la suerte de contar con una buena generación, pero también hay que saber administrarla. Nadie más que Wilmots podría conseguir una trayectoria tan buena, estoy seguro. Es un ejemplo a seguir, y estoy en condiciones ideales para progresar en lo que quiero hacer.