Lágrimas fatales
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Sean de tristeza o de alegría, de dolor o de esperanza, en el fútbol se vierten casi tantas lágrimas como tinta. El deporte rey ha visto llorar tanto a Romário, para suplicar a Luiz Felipe Scolari que lo incluyese en su lista de Corea/Japón 2002, como a Josep Guardiola al celebrar sus seis títulos con el Barcelona en 2009, al término de la Copa Mundial de Clubes de la FIFA EAU 2009, o a Roberto Baggio cuando falló un penal decisivo en la final de Estados Unidos 1994…

“De niño, soñaba con disputar algún día el Mundial. Ese sueño se hizo realidad en Italia, pero cuando recibí la tarjeta amarilla, supe que había terminado. Esa noche no pude evitar llorar”. Como le ocurrió a Paul Gascoigne con motivo de la semifinal de la Copa Mundial de la FIFA Italia 1990 contra Alemania, son muchos quienes han bajado los brazos dejándose llevar por el llanto. En noches de derrotas o también al ganar. FIFA.com repasa las penas más célebres de la historia del fútbol.

Duros de corazón tierno
Y Gazza no fue el único que lloriqueó aquel día. Unos minutos más tarde, su compañero Stuart Pearce, apodado “Psycho” por la rudeza de su juego, se mostró inconsolable después de errar el tiro que situaba a Alemania en la final de la gran cita. En su último partido como futbolista, no menos conmovedor, el lateral inglés falló otra pena máxima, que hubiera sido la número cien de su carrera, cuando el guardameta Dave Beasant había prometido no intentar detenerla. Para echarse a llorar…

En cambio, Andreas Brehme no perdonaría desde los once metros contra Argentina (1-0), propiciando que la Mannschaft se adjudicase el prestigioso trofeo en ese mismo torneo. Pero después de la sangre fría, llegaron los sollozos. Seis años más tarde, una semana antes de que el club de su corazón, el Kaiserslautern, ganase la Copa de Alemania, los Diablos Rojos descendieron a la segunda división, y eso fue demasiado para Brehme. Se desplomó en los brazos de su amigo Rüdi Völler y emocionó a todo el país.

Otro alemán, otros Red Devils, otro tipo duro y otra desazón: la imagen del gigantón bávaro Carsten Jancker al concluir la rocambolesca final de la Liga de Campeones de la UEFA 1999, en la que el Bayern de Múnich perdió 2-1 frente al Manchester United, dio la vuelta al mundo. Nadie hubiera pensado que este corpulento muchacho de 1,93 m de estatura podría llorar como un niño tumbado sobre el césped.

También resulta difícil imaginar al impresionante defensa inglés del Stoke City Ryan Shawcross con los ojos llenos de lágrimas tras excederse en su entrada sobre el desdichado Gunner Aaron Ramsey, que sufrió una doble fractura de tibia y peroné, el 27 de febrero de 2010. Por ironías del destino, ese mismo día sería convocado por Fabio Capello para jugar con la selección inglesa.

Llorosos múltiples
De lesiones, convocatorias y llantos, David Beckham sabe bastante. Esa desafortunada combinación pudo con él el pasado mes de febrero. Tras romperse el talón de Aquiles, no podrá defender los colores de su país en Sudáfrica. El lateral del AC Milan Ignazio Abate confesó: “Estaba llorando en el vestuario, no habló mucho. Eso nos afectó bastante”. Ya había enjugado algunas lágrimas ante el Portugal de Cristiano Ronaldo, en Alemania 2006, y entonces pensó —un mal augurio— que esa sería quizás su última Copa Mundial de la FIFA…

Y Cristiano Ronaldo, sucesor del británico en el Manchester United, no es precisamente de los que se contienen a la hora de afligirse. Pudimos ver las lágrimas del portugués en la final de la Eurocopa 2004, que su país perdió ante Grecia, tras la derrota del Manchester contra el Arsenal en la final de la Copa de la FA, o en la sufrida a manos de Francia en semifinales de Alemania 2006, y también lloró de alegría para celebrar la victoria de su equipo en la final de la Liga de Campeones 2008. Él mismo lo explica: “No fue fácil marcharme a Lisboa con sólo 11 años. Lloraba todos los días, pero la experiencia me gustó. Aprendí mucho, sobre todo a convivir con la presión. Todavía sigo llorando de vez en cuando. A veces de alegría, o de tristeza cuando perdemos…”.

Lo mismo le ocurre a John Terry. El zaguero inglés se vino abajo a raíz de la eliminación de Inglaterra de la Eurocopa 2004, tras la derrota en semifinales de la Liga de Campeones de la UEFA contra el Liverpool en 2005 o en la final del gran torneo europeo en 2008, ante el Manchester United, después de fallar su lanzamiento desde el punto fatídico. “No me da vergüenza llorar. Es un trofeo al que aspiro desde hace años, y no pude controlar mi reacción. Soy una persona muy sensible, y todo el mundo lo sabe”, afirmó posteriormente.

Otro que lloró cuando el Chelsea cayó en esa semifinal contra el Liverpool fue William Gallas. Pero lo más extraño es que volvió a gimotear y enfurruñarse con la camiseta del Arsenal en febrero de 2008, tras un penal cometido por su compañero Gaël Clichy que permitió al Birmingham empatar al final de un simple encuentro de liga. Unos meses más tarde, ¡los corredores de apuestas ingleses ofrecieron incluso la opción de pronosticar si Gallas lloraría o no durante un partido!

Diego Armando Maradona, por su parte, tal vez lanzase tantas lágrimas cuando Argentina perdió la final de la Copa Mundial de la FIFA 1990 contra Alemania como cuatro años antes, ante ese mismo rival, en su apogeo como futbolista. “Lloré. Ya había llorado mucho en mi carrera, pero esas lágrimas son las mejores, son sublimes”, declara Maradona al rememorar aquel 29 de junio de 1986.

Les pudo la emoción
“Esta vez no voy a llorar. ¡Se acabaron las lágrimas! ¡Se acabaron!”. Dos años después de la amarga derrota sufrida frente al Estrella Roja de Belgrado en la final de la Liga de Campeones 1991, Basile Boli secó los lagrimones que conmovieron a los seguidores del Olympique de Marsella desquitándose con el equipo provenzal. Al firmar el solitario gol de la victoria sobre el AC Milan, se convirtió en el héroe de la final de 1993.

Por lo demás, un antiguo proverbio chino afirma que “los héroes no lloran”. Podría aplicarse perfectamente a Fan Zhiyi, quien fuera capitán de la selección de la República Popular China… hasta el 7 de octubre de 2001. Cuando China selló por primera vez en su historia el pasaporte para la Copa Mundial de la FIFA, en la edición de 2002, al superar por 1-0 a Omán, el ex defensa del Crystal Palace se envolvió en la bandera nacional y se fue a llorar a los vestuarios, embargado por la intensidad de lo que sentía.

A los 17 años, llorando de emoción tras su victoria en la Copa Mundial de la FIFA Suecia 1958, Pelé, apoyado por Didi, Gilmar y Orlando, sin duda pensó en ese preciso instante en su padre. Un progenitor que no supo contener sus lágrimas cuando Brasil perdió ocho años antes, como todo el país, en el Maracanazo uruguayo de la final mundialista de 1950, y a quien el pequeño Pelé dejó entrever la esperanza de ganarla algún día. Porque, en última instancia, “en todas las lágrimas se cobija una esperanza”, como plasmó la escritora y filósofa francesa Simone de Beauvoir.