Pequeños grandes porteros
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Cuando se trata de un portero, muchos creen que el tamaño sí importa, y no resulta extraño que una joven promesa se vea ignorada como resultado de su escasa estatura. Sin embargo, la historia nos dice que la altura no lo es todo, como han demostrado los diferentes porteros bajitos que han conquistado la Copa Mundial de la FIFA. FIFA.com hace un repaso de algunos grandes guardametas que no superaban los 1,80 metros.

Uno de ellos es Jorge Campos, el cuarto futbolista que más veces ha defendido la elástica de la selección mexicana, con 130 partidos como internacional. Campos ganó dos Copas Oro de la CONCACAF consecutivas, en 1993 y 1996, recibiendo solo dos goles en la primera y ninguno en la última, y conquistó además la Copa FIFA Confederaciones en 1999.

Recordado especialmente por las llamativas camisetas que exhibió en Estados Unidos 1994 y en Francia 1998, este guardameta de 1,73 metros de estatura empezó como delantero, anotando 14 goles en la primera temporada que disputó completa, antes de pasar a ocupar la posición de portero y contribuir a que los Pumas de la UNAM conquistasen la liga mexicana en la temporada 1990/91. En cualquier caso, el cambio de puesto no acabó con la vocación ofensiva de Campos, que a partir de entonces siguió actuando como jugador de campo ocasional y aventurándose en ataque a pesar de su función de guardameta, haciendo estragos en las defensas rivales y en la propia.

Normalmente, los porteros son especialmente recordados por sus paradas más memorables, pero este no es el caso de Ladislao Mazurkiewicz, que desempeñó un papel principal en el que habría sido uno de los tantos más bellos de la historia del fútbol... si hubiera entrado. Uruguayo de origen polaco, este cancerbero de 1,77 metros de estatura participó en una de las jugadas más famosas de Pelé durante las semifinales de México 1970. En las postrimerías del duelo que enfrentó a Uruguay y Brasil en Ciudad de México, Tostão envió un pase en profundidad a O Rei, quien, ante la salida de Mazurkiewicz, dejó pasar el balón entre ambos, rodeó al desorientado meta uruguayo y, escorado en el interior del área, remató fuera por poco.

De manera injusta, aquel momento aislado eclipsó la fantástica trayectoria del charrúa, un arquero extraordinariamente atlético con imanes en las manos que hizo historia en el Peñarol, cosechando durante sus dos etapas en el club montevideano cinco títulos de liga, algunos de ellos de forma consecutiva. El hecho de que Mazurkiewicz ocupe el 12º puesto de la lista de mejores porteros del siglo según la Federación Internacional de Historia y Estadística del Fútbol (IFFHS) habla por sí mismo.

Fútbol en blanco y negro
Ser considerado el tercer mejor meta italiano de todos los tiempos, por detrás de Dino Zoff y Walter Zenga, sería un gran orgullo para cualquiera, más aún si, como Giampiero Combi, solo se mide 1,72 metros. Combi fue el portero que condujo brillantemente a Italia a su primer título mundialista en 1934.

Haciendo gala de un excelente estado de forma durante el certamen, Combi capitaneó a su equipo hasta la gloria y se colgó además la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de 1928, si bien sus registros en el fútbol de clubes resultan igualmente admirables. El ex internacional italiano no solo ostenta el récord de la mayor racha de imbatibilidad de la Serie A, establecido en 934 minutos, sino que además levantó cinco Scudetti con el Juventus, su único club, cuatro de ellos de forma consecutiva entre 1930 y 1934.

El integrante de menor estatura de esta lista es posiblemente también el mejor. Frantisek Planicka alcanzó su punto álgido con su brillante actuación en la Copa Mundial de la FIFA 1934, donde el internacional checoslovaco se enfrentó a Combi. Ocupar el noveno puesto en la clasificación de mejores porteros del siglo según la IFFHS constituye sin duda un gran logro para un guardameta de solo 1,70 metros de estatura.

En la que era solo la segunda edición de la Copa Mundial de la FIFA, Planicka mostró un estado de forma sensacional a lo largo del certamen, pero no pudo evitar la derrota de Checoslovaquia por 2-1 a manos de Italia en la final. “A pesar de haber perdido, volvimos a casa como héroes. Hicimos el viaje de vuelta en tren y miles de aficionados nos recibieron con aplausos en todas las estaciones”, declaró el guardameta en referencia a aquella derrota.

Planicka demostró su compromiso con su selección cuatro años más tarde, cuando, durante uno de sus 76 partidos como internacional, en los cuartos de final de una cita mundialista y contra Brasil, el por entonces capitán del combinado checoslovaco defendió el marco de su equipo durante un duelo que se saldó con empate a 1-1 tras la prórroga –y que pasó a conocerse como la Batalla de Burdeos– a pesar de jugar gran parte del encuentro con un brazo roto. El guardameta internacional ya tenía reputación de jugador todoterreno después de disputar una semifinal de la Copa Mitropa de Europa Central en 1932 con el Slavia de Praga a pesar de recibir una pedrada en la cabeza lanzada por un espectador desaprensivo.

Gyula Grosics,
miembro de los inolvidables Magiares Mágicos de los cincuenta, podría haber pasado a la historia del fútbol húngaro por haber compartido vestuario con jugadores de la categoría de Ferenc Puskas, Sandor Kocsis o Jozsef Bozsik. Sin embargo, este portero de 1,77 metros de estatura, apodado la Pantera Negra, era una estrella por sí mismo. Grosics no solo contribuyó a que el combinado húngaro se pasase cuatro años y 33 partidos sin conocer la derrota, sino que además sabía jugar con los pies. No en vano, se le considera uno de los creadores de la función de portero-líbero, que ayuda a sacar el balón jugado desde atrás.

En cualquier caso, Grosics siempre formará parte de la historia del fútbol gracias a su brillante desempeño en las grandes proezas de aquel equipo que primero desafió el statu quo al derrotar a Inglaterra por 6-3 en Wembley y después contribuyó a llevar al Equipo de Oro a la final de la Copa Mundial de la FIFA 1954, en la que, contra todo pronóstico, cayó por 3-2 frente a Alemania Occidental.

Talento sudamericano
Posiblemente el mejor arquero argentino de la historia, Ubaldo Fillol jugó durante más de dos décadas en diferentes clubes y durante más de 10 años con su selección. Con 1,80 metros, Fillol era el más alto de aquel combinado argentino, lo cual no evitaba que muchos de los rivales le superasen en estatura. El guardameta argentino disputó tres Copas Mundiales de la FIFA, se coronó campeón del mundo en 1978, y se proclamó mejor portero de aquel certamen, tras mantener su puerta a cero en los tres partidos de su equipo en la segunda fase de grupos y pararle un penal a Polonia con una brillante intervención.

Fillol se inició a los 19 años en el Quilmes, pero empezó a destacar durante una primera etapa de dos años en el Racing de Avellaneda, donde, con 21 años, paró seis penales en una sola temporada (un registro aún no superado en la liga argentina). Así atrajo la atención de River Plate, que lo fichó en 1973. Fillol defendió la camiseta de los Millonarios durante un total de 350 partidos a lo largo de 11 años, en los que se ganó el corazón de los aficionados del estadio Monumental. El portero se apuntó con River siete títulos, incluyendo tres ligas, y contribuyó así a poner fin a una sequía de grandes triunfos que ya duraba 18 años en el club de la banda roja.

Jugador excéntrico en el sentido más amplio de la palabra, René Higuita se las arreglaba para imponer su ley en el área a pesar de sus 1,75 metros de estatura. Conocido como El Loco, su momento más memorable será siempre la parada de escorpión que protagonizó en un partido frente a Inglaterra, cuando despejó la pelota sobre la línea de gol saltando y golpeándola con los talones. Fue en la selección colombiana donde consiguió sus mayores logros, con un total de 68 partidos como internacional y ocho goles, anotados en su mayoría en lanzamientos de falta. Higuita formó parte del combinado cafetero que alcanzó los octavos de final de Italia 1990, pero tuvo la desgracia de ser protagonista principal en la derrota de su selección, al perder la pelota cerca del mediocampo ante un Roger Milla que aprovechó el regalo para marcar el tanto que acabaría dando la victoria a Camerún.

En el fútbol de clubes, Higuita logró su mayor triunfo con el Atlético Nacional de Medellín, con el que alzó la Copa Libertadores en 1989 tras derrotar al Olimpia de Paraguay en la tanda de penales.