Sangre, sudor y aplausos
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“Les dije en el vestuario que, sencillamente, no podíamos permitirnos perder ese partido, y que tenían que sudar a chorros por la causa”, afirmó Bobby Robson sobre el partido de clasificación para la Copa Mundial de la FIFA Italia 1990 que jugó un año antes su equipo, Inglaterra, en Suecia.

Un hombre en el que Robson sabía que podía confiar plenamente era Terry Butcher, valiente defensa central al que venía entrenando durante los últimos 13 años, ya fuese en el Ipswich Town o con la selección inglesa. Butcher era un jugador que estaba preparado no sólo para sudar a chorros por defender la camiseta, sino también para sangrar a chorros (como iba a demostrar de la forma más contundente).

Inglaterra, que únicamente aventajaba a su rival por la diferencia de goles al frente del Grupo 2 (en el que sólo el primer clasificado tenía asegurado el billete a Italia 1990), sabía que afrontaba un arduo reto en su penúltimo compromiso clasificatorio. Tres años antes, la única visita previa de los Tres Leones al estadio Rasunda se había saldado con derrota (1-0), y esta vez acudían a Solna sin su carismático capitán Bryan Robson. Es más, los suecos estaban crecidos por el 0-0 arrancado en Wembley al principio de la competición preliminar.

La ardua misión se puso un poco más cuesta arriba cuando, en los primeros compases del encuentro, Roger Ljung colgó el balón arriba hacia Johnny Ekstrom. El delantero del Cannes dio un gran salto para cabecear el esférico, pero su cabeza chocó con la de Butcher, de forma fortuita pero brutal.

La sangre brotó profusamente de una brecha abierta en la frente del jugador del Glasgow Rangers, pero éste se negó a arrojar la toalla. En vez de eso, hizo que le aplicasen siete puntos de sutura y un vendaje en la herida, antes de regresar al campo de batalla. “Tendrían que haberme matado para sacarme de allí”, declaró Butcher tras el partido.

Por desgracia para el capitán suplente de Inglaterra, Suecia, con dos hombres altos en punta como Ekstrom y Mats Magnusson, no dejó de colgar balones largos en ataque durante todo el segundo periodo, obligando a Butcher a realizar un despeje de cabeza tras otro… salvo en una ocasión, en la que sacó el balón descaradamente con el puño (“Decidí darle a la herida un pequeño respiro”, bromeó más tarde). Y en cada uno de esos despejes, la sangre se filtraba desde su frente hasta su camiseta.

Cuando sonó el pitido final para decretar el 0-0, el guardameta Peter Shilton y los nueve jugadores de campo vestidos de blanco festejaron la consecución de un valioso punto. El décimo, Butcher, también lo celebró, pero en ese momento su camiseta estaba teñida de un rojo sangriento.

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