Hombres de palabra: Neném Prancha

Antônio Ferreira Franco de Oliveira, Neném Prancha, no consiguió hacer carrera como futbolista en Río de Janeiro en los años 1920, y tuvo que limitarse a actuar con el Carioca, un club poco conocido. Sin embargo, dedicó su vida al deporte, su pasión. Fue utilero, ojeador, entrenador de la cantera: una especie de factótum del Botafogo. Cuando no estaba en el club, siempre podía encontrársele en la playa, orientando a equipos de muchachos en las reñidísimas ligas amateurs de los arenales de Copacabana.

Calzando su chinela número 44 —de ahí su apodo, “plancha”— y con su inconfundible boina, descubrió a astros como el legendario Heleno de Freitas y el lateral izquierdo y futuro centrocampista Júnior, una de las figuras de la selección brasileña de 1982.

Tenía un olfato especial para detectar el talento en general, y el del fútbol en particular. Siempre afirmaba que sus pupilos debían saber “leer el juego” y cumplir sus tareas de un modo simple, de la misma forma que él traducía sus conceptos del fútbol en frases que se hicieron célebres, y que le valieron ser llamado “el filósofo del balón”, nada menos que en el país del deporte rey.

Habrá quien diga que muchas de las citas atribuidas al técnico son invenciones de periodistas que lo veneraban y siempre encontraban una manera de homenajearlo, como fue el caso de João Saldanha, también del Botafogo, que llegaría a dirigir a la selección brasileña a finales del decenio de 1960, con lo que ayudó a formar la base del equipo campeón de la Copa Mundial de la FIFA México 1970™.

Pero eso apenas importa. Si alguien atribuyó algo a Neném Prancha, es porque había razones de sobra para ello. El hecho es que este hombre un tanto misterioso y carismático, que murió en 1976, a los 69 años, por un infarto, tiene un lugar reservado en el folclore y la sabiduría popular de Brasil. FIFA.com recuerda ahora algunas de sus máximas:

“Los penales son algo tan importante que debía lanzarlos el presidente del club”.
Sobre el momento más delicado y tenso de un partido de fútbol, en su opinión.

 “El balón tiene que ir raso, porque el cuero viene de la vaca y a la vaca le gusta el césped”.
Recomendaba siempre a sus jugadores valorar el toque de balón.

 “El central no tiene que regatear en el área. Se trata de dar patadones hacia arriba. Mientras la pelota esté en el aire, no hay peligro de gol”.
Es decir: deben valorar tener el balón en el suelo siempre que no sean centrales. Para el entrenador, los defensores debían tratar el juego de forma todavía más simple. Por eso, no escatimaba críticas incluso hacia uno de los mejores futbolistas brasileños, Domingos da Guia, que no solo arrebataba el esférico a los atacantes, sino que también los regateaba.

“El arquero siempre debe estar con la pelota, hasta para ir a dormir. Si tiene esposa, duerme abrazado con las dos”.
Sobre los únicos que saltan al campo con un uniforme diferente.

“La posición de guardameta es tan maldita que por donde pisa no nace la hierba”.
¡Por eso debían estar siempre con la pelota!

“Si los estudios obstaculizan el fútbol, abandone los estudios”.
Fue lo que dijo al central del Botafogo Ronald Alzurguir, que había faltado a un entrenamiento por un examen en el colegio.

“El futbolista tiene que ir hacia el balón con la misma disposición con que va hacia un plato de comida. Con hambre, para zampárselo”. 
Simplicidad —y determinación— era lo que pedía a los jugadores. Se oponía a los que llamaba “indisplicentes”, uniendo los términos “indisciplina” y “displicencia”.

 “Si la concentración ganase partidos, el equipo del presidio sería campeón invicto”.
El fútbol es serio, aunque tampoco tiene por qué serlo tanto.

“Si la santería ganase partidos, el campeonato de Bahía terminaría siempre empatado”.
Escéptico ante la influencia de las divinidades en el resultado de un partido.

“Un jugador bueno es como una heladería: tiene varias cualidades”.
En una ciudad cálida como Río de Janeiro, las heladerías siempre son bienvenidas.

Didi toca el balón como quien chupa una naranja, con mucho cariño”.
Sobre el histórico centrocampista brasileño, dos veces campeón de la Copa Mundial de la FIFA, en 1958 y 1962, conocido por su elegancia con el balón en los pies.

“Quien pide, tiene preferencia. Quien se desplaza, recibe”.
Lo fundamental es no quedarse parado dentro de la cancha.

“El fútbol moderno es como las pachangas: todo el mundo corre y nadie sabe hacia dónde”.
Pero también hay que saber hacia dónde desplazarse.

“El fútbol es muy simple: quien tiene el balón, ataca; quien no lo tiene, defiende”.
Y punto final.