El sentido del humor, ante todo
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En un partido de fútbol se generan infinidad de situaciones que, puestas en contexto, bien pueden generar una humorada. Casi siempre, los principales protagonistas son los jugadores, quienes muchas veces logran transformar situaciones extrañas y hasta conflictivas en ocasiones propicias para una buena risotada.

En esta oportunidad, FIFA.com repasa algunas de esas oportunidades en las que el buen humor y la personalidad de los protagonistas colaboraron para transformar momentos inusuales o hechos criticables en recuerdos divertidos. 

El puesto de los locos
Existe una creencia aceptaba de que para situarse debajo de los tres palos hay que tener una dosis de locura. Algo de eso hubo en el caso del mexicano Jaime Tubo Gómez, uno de los máximos ídolos de las Chivas de Guadalajara. Durante un Clásico Tapatío contra el Atlas en abril de 1955, su Rebaño Sagrado ganaba tan cómodamente que la afición de los Zorros, ubicada detrás del arquero, solo atinaba a insultarlo. Como le llegaban tan poco, Gómez no tuvo mejor idea que pedir prestada una revista a uno de los hinchas y sentarse contra el poste a “leerla”. Todo duró unos 10 segundos, tiempo suficiente para que un fotógrafo capturara el momento. Al regresar del entretiempo, el árbitro prometió expulsarlo si repetía el hecho. “No volverá a pasar”, prometió el Tubo, quien falleció en 2004 pero quedó inmortalizado en esa fotografía.

La imagen de Gómez no causó tanta repercusión mediática como la que, en octubre de 1992, generó el portero argentino Ángel David Comizzo. Al promediar un Superclásico ante Boca Juniors en la mítica Bombonera, el entonces arquero de River Plate vio caer cerca suyo una pequeña radio desde la tribuna local, luego de que el juez pitara un penal a favor de la visita, que a esa altura perdía 1-0. Comizzo se puso los auriculares y, de cara a la afición Xeneize, esperó la concreción de gol. Sin embargo, su colega Fernando Navarro Montoya le desvío el remate a Hernán Díaz y el Flaco debió tolerar en primer plano las cargadas boquenses. “Si hoy veo una radio en el piso no la toco ni borracho”, diría a la revista El Gráfico 10 años después, todavía en actividad. 

Vicios en hora de trabajo…
Pero hubo otros jugadores que, incluso en el fútbol argentino, fueron mucho más allá que Comizzo. El paraguayo Gabriel González resultó un talentoso enganche que, además de destacarse en su país de nacimiento con Olimpia, también militó en España, Perú y hasta visitó la camiseta de su selección. Apodado el Loco por sus excentricidades, fue durante su paso por Estudiantes de La Plata que, al momento de ejecutar un tiro de esquina en un derbi ante Gimnasia y Esgrima en 1994, se tomó unos segundos para… ¡fumar un cigarrillo que le habían lanzado desde la parcialidad visitante! “Me pegó algo en el hombro y, cuando vi lo que era, sin pensarlo lo levanté, le di un par de pitadas y volví a tirarlo. Después, pateé el córner como si nada. ¡Me querían matar, pero yo me divertí!”, afirmó al periódico local El Día tras el partido.

Mucho más acá en el tiempo, en 2009 para ser precisos, el atacante internacional escocés Steven Thompson no resistió la tentación de tomar algo en horas de trabajo. Mientras disputaba un amistoso de pretemporada con el Burnley de Inglaterra ante el Portland Timbers en Estados Unidos, Thompson se salió del campo durante una jugada, con tanta mala suerte que fue a parar a puesto que promovía una marca de cerveza. “De golpe me encontré en la mesa de una persona donde había una pinta llena e, instintivamente, tomé un trago. No sé porqué lo hice, pero supo bien”, confesó el protagonista. El hecho provocó la sonrisa de los testigos, pero no de los directivos del club, que lo multaron con una semana de paga por “conducta poco profesional”.  

Hasta fama y échate a dormir
Distinto fue el final de la historia para Michael Quinn, un ex centro delantero inglés dueño de un apetito tan voraz por convertir goles como para deglutir tortas. Micky, quien brilló entre los ’80 y 90’ en Portsmouth, Newcastle United y Coventry City entre otros clubes, recibía numerosas cargadas por su peso, hasta que un día se dio el gran gusto. “Fue en campo del West Ham. Mientras esperaba un tiro de esquina, un aficionado que me cantaba ‘¿Quién se comió toda la torta?’ me arrojó un pedazo, y como yo pude agarrar una parte en el aire, me la comí justo enfrente suyo. Sus amigos se hicieron un festín con él”, recodaría risueñamente.

Su afamado compatriota Paul Gascoigne, semifinalista con Inglaterra de la Copa Mundial de la FIFA Italia 1990, también probó bocado dentro del campo de juego, aunque guardó un poco para después… Jugando para el Rangers de Escocia, a Gazza le tiraron un chocolate, dulce por el cual tenía una reconocida debilidad. Tras darle un par de mordiscones allí mismo, ¡el jugador tuvo la precaución de reservar el resto en su pantalón para terminarlo más tarde! Una locura propia de un personaje que, en otro partido de la liga escocesa ante el Hibernian, supo mostrarle a un árbitro la tarjeta amarilla que él mismo había dejado caer. Al colegiado no le gustó la broma y terminó amonestando al jugador, sanción criticada hasta por los hinchas del Celtic, su clásico rival.

Pero el sentido del humor, visto está, es algo muy particular de cada persona. De hecho, en aquella semifinal mundialista de 1990 Gascoigne enfrentó a la Alemania de Juergen Klinsmann, que luego ganaría el título. Cuatro años más tarde, Klinsmann fue transferido del Mónaco al Tottenham Hotspur, a donde llegó con fama de “clavadista”, según la prensa inglesa, por su supuesta capacidad de dejarse caer e inventar faltas. Al atacante no le gustaba el apodo por considerarlo injusto, pero el día de su debut anotó un gol y lo festejó… ¡con un clavado digno de un olimpista!

El sumun, quizás, sea el caso del ex árbitro argentino Ángel Sánchez, quien dirigió dos partidos en la Copa Mundial de la FIFA Corea/Japón 2002. Por iniciativa de su mujer, Sánchez montó un museo con más de 600 ítems que cosechó a lo largo del referato, entre los que sobresalen un encendedor, un teléfono móvil y una radio que le arrojaron mientras dirigía. Contrariamente a lo que cualquiera podría pensar, él prefirió conservarlos como recuerdos: “Todos los objetos que guardo tienen un valor importante para mí, no podría elegir uno. Debo agradecerle a la vida porque tuve mucha suerte en mi carrera, y eso se lo debo al fútbol”.