Héroes inmortalizados
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Su familia estaba a su lado, el primer equipo del Manchester United había acudido al completo, y astros de todo el mundo —entre ellos Cantona, Van Nistelrooy y Yorke— habían llegado volando sólo para la ocasión. Dada la pompa y la ceremonia en torno al evento y la constelación de estrellas en la lista de invitados, cualquiera habría pensado que se trataba de la fiesta de jubilación de Sir Alex Ferguson.

Pero no, no era eso. Ferguson estaba más bien recibiendo un homenaje que, pese a los incontables honores que le han dispensado a lo largo de su carrera, evidentemente era uno de los mayores. "Es fantástico; es un momento de inmenso orgullo", manifestó ante la multitud reunida después de ver cómo su mujer, Cathy, develaba una estatua de su figura en Old Trafford. "Normalmente la gente se muere antes de que le hagan una estatua, ¡así que estoy venciendo a la muerte!".

Leyendas vivas
El comentario de Ferguson provocó algunas risas cómplices, pero aunque la construcción de un tributo póstumo sigue siendo la norma, el deporte rey cuenta con abundantes excepciones a esa regla. De hecho, hace sólo cuatro años, el Manchester United ya honró a Denis Law y Bobby Charlton, ambos aún en plena forma, con una estatua en la que aparecían en vena celebratoria con el tercer miembro de la Sagrada Trinidad de los Diablos Rojos, George Best. "Ésta es una de las cosas más grandes que me han pasado", afirmó Charlton a la sazón.

Uno de sus adversarios más respetados de aquella época, Eusebio, ha sido distinguido de manera similar en el Estadio de la Luz del Benfica, y al igual que sus rivales del United en la final de la Copa de Europa de 1968, ha visto como su efigie se ha ido convirtiendo en una especie de atracción turística. Análogamente, un viaje al coliseo del Dinamo de Moscú no quedaría completo sin sacarse una foto junto a la escultura de bronce del gran Lev Yashin, en la que el legendario guardameta soviético ha quedado inmortalizado en plena zambullida. Una majestuosa representación de Bobby Moore se yergue imponente en el paseo del nuevo Wembley, mientras que el icono del Feyenoord Coen Moulijn, a quien Robin van Persie ha llamado "el Lionel Messi de sus tiempos", es una presencia insoslayable en los alrededores del estadio De Kuip de Rotterdam.

Alfredo Di Stefano es un ídolo reverenciado en el Real Madrid, por supuesto, aunque su estatua, una representación de la Saeta Rubia celebrando un soberbio golpe franco en la semifinal de la Copa de Europa de 1958, no está en el Bernabéu, sino en el centro de entrenamiento del club, como fuente de inspiración para los incipientes fenómenos merengues.

No todos los clubes inmortalizan a sus héroes a la manera tradicional, sin embargo. El tributo del Hamburgo a Uwe Seeler, por ejemplo, no es un retrato de él en acción ni de su imperioso porte sino una talla de bronce de 5,30 metros de alto de su pie derecho, con cicatrices y todo.

En 2004, Azerbaiyán instauró otra tendencia al homenajear no a un futbolista, sino a un juez de línea. Tofik Bakhramov se hizo famoso en todo el mundo —e infame en Alemania— al dictaminar que el controvertidísimo remate de Geoff Hurst en la final de la Copa Mundial de la FIFA 1966 había traspasado la línea de meta, lo que allanó el camino de Inglaterra hacia la gloria. Aunque a menudo se le denomina erróneamente "el linier ruso", las autoridades azeríes consideraron que Bakhramov contribuyó a realzar significativamente el perfil global de la nación y le dedicaron una escultura de tamaño natural en la capital, Bakú.

Los colosos de las casetas
Pero quienes son eternizados con más frecuencia en piedra o bronce son los entrenadores y seleccionadores. Sir Bobby Robson, de hecho, tiene dos estatuas: una en el estadio de Portman Road del Ipswich Town, y otra en el estadio St. James's Park del Newcastle United. Brian Clough, tal y como a él le habría gustado, sospechamos, tiene hasta tres: en el estadio Pride Park del Derby County, en el centro de la ciudad de Nottingham, y en su localidad natal, Middlesbrough. Es lógico, por otra parte, que el recinto de Anfield esté guardado por Bill Shankly. Su gran amigo Jock Stein, con la Copa de Europa en la mano, vigila impertérrito los aledaños de Celtic Park, flanqueado por las figuras del fundador de los Bhoys, el Hermano Walfrid, y de su jugador más querido, Jimmy Johnstone.

"Me llevo una alegría cada vez que voy a Celtic Park y lo veo", comenta Sean Fallon, asistente de Stein, colaborador cercano de Johnstone, y oriundo del mismo condado irlandés que Walfrid. "No podrían haber elegido mejores hombres para personificar la grandeza de este club, dentro y fuera del campo".

Racing Club, el equipo argentino que un día disputó un famoso duelo en el Campeonato Mundial de Clubes contra el Celtic de Stein, ha enaltecido a uno de sus entrenadores más emblemáticos, Reinaldo Merlo, que condujo al club hasta su primer título en 35 años, con una escultura del artista plástico Daniel Zimmermann.

China, entretanto, ha construido un monumento a uno de sus ciudadanos, el celebérrimo excapitán y seleccionador Lee Wai Tong; pero recientemente también ha inaugurado un conspicuo tributo en forma de V al extranjero Bora Milutinovic en Shenyang, en el décimo aniversario de la participación de su selección en la Copa Mundial de la FIFA 2002 a las órdenes del estratega serbio.

Cabellos y cabezazos
Aunque tales imágenes a menudo se asocian con los dominios de lo antiguo y, como Ferguson sugiere, de lo muerto, ha habido muchos futbolistas esculpidos incluso antes de colgar las botas. Boca Juniors, sin ir más lejos, erigió estatuas a Martín Palermo y a Juan Riquelme junto a la del sin par Diego Maradona en el museo del club, mientras que el Arsenal londinense ensalzó a Thierry Henry y a Tony Adams en el exterior del estadio Emirates. El artista colombiano Amílkar Ariza, por su parte, talló una representación de siete metros de alto de Carlos Valderrama, e incluso le pintó su inconfundible melena en el pueblo natal del Pibe, Santa Marta, en 2006.

Por desgracia, con independencia de la grandeza y el carisma del sujeto en cuestión, no todas las estatuas son tratadas con adoración sin límites. La policía de Veracruz, México, se quedó perpleja el pasado octubre al ver cómo la reproducción de Hugo Sánchez en una de sus características chilenas había quedado dando una patada al aire después de que le robaran el balón, que estaba soldado a su pie izquierdo.

Una estatua del gran Pelé sufrió un destino aún peor en Salvador de Bahía: en 2007 le serraron los dos brazos para llevarse una réplica de la Copa Mundial de la FIFA. Y si bien Zinedine Zidane en un primer momento habrá recibido con agrado la noticia de que se le estaba levantando una escultura en París, puede que no le haya gustado tanto enterarse de que era una escenificación de uno de los momentos más recordados de su carrera: su cabezazo en el pecho a Marco Materazzi.

La estatua de Zizou y de su antagonista italiano sin duda fue concebida con la intención de arrancar sonrisas entre los espectadores; otras lo son con el afán de conmover. El Glasgow Rangers, por ejemplo, conmemoró el desastre de 1971 en Ibrox, en el que perdieron la vida 66 personas, con una estatua de John Greig, el capitán del equipo en aquel trágico día. Otro ejemplo particularmente conmovedor se encuentra en las instalaciones de entrenamiento del Sevilla, donde el futbolista Antonio Puerta, que murió hace cinco años a la edad de 22, está retratado en bronce.

Los hombres que hemos enumerado son muy distintos, igual que los monumentos correspondientes. Pero ya se trate de Ferguson o de Puerta, el motivo de la creación de estas estatuas es siempre el mismo: honrarlos y recordarlos.