Amor, gloria y trofeos
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Fueron felices, y comieron perdices.... Es la frase que podría servir de epílogo a las historias de amor entre los clubes y sus entrenadores si el día a día del fútbol se pareciese a un cuento de hadas. Sin embargo, y en estos tiempos más que nunca, cuando los resultados no responden a las expectativas de la entidad y de sus seguidores la primera persona sobre quien recaen las culpas es el técnico, que muchas veces acaba por hacer las maletas. 

Aun así, incluso en el fútbol moderno siguen existiendo hermosas historias de amor. Acompaña a FIFA.com en un repaso a varios de sus capítulos, que demuestran que algunas uniones perduran en el tiempo, se rompen y vuelven a crearse, para lo bueno y para lo malo.

El amor eterno
El campeón indiscutible en el apartado de amor duradero ha sido sin duda el francés Guy Roux, que dirigió al AJ Auxerre entre 1961 y 2005, es decir, durante 44 años. Todo empezó cuando Roux, siendo todavía un muchacho de 23 años apasionado y resuelto, logró convencer al presidente para que lo contratase como entrenador-jugador, tras escribirle una larga carta en la que exponía su proyecto para el club, que entonces competía en las divisiones regionales. La historia no dice si esa petición de matrimonio anunciaba ya que, a sus órdenes, el AJA alcanzaría la primera división menos de veinte años más tarde, para convertirse en una institución de la élite francesa (en la Ligue 2 desde esta temporada), con un título de campeón de liga (1996) y cuatro Copas de Francia (1994, 1996, 2003 y 2005).

Al retirarse con ese último triunfo, Roux era consciente de que acababa de batir en un año el récord de Willie Maley, el mítico entrenador del Celtic de Glasgow. Maley fue uno de los primeros jugadores de la historia del club, y en 1897 dio el salto al banquillo, que no abandonaría hasta 1940. En 43 años, talló la identidad del Celtic escribiendo las primeras páginas de su gloriosa historia y cosechando de paso 16 ligas y 14 Copas de Escocia. Una prueba de que a veces el amor es eterno es que, 73 años después de su marcha, el Celtic Park sigue entonando cánticos en su honor.

En Brasil, también se canta aún el recuerdo del inolvidable Telê Santana, prácticamente inventor del jogo bonito con la Seleção en 1982 y 1986 y que puso fin a su carrera a lo grande en el São Paulo, al que convirtió en una potencia mundial entre 1990 y 1996, con la generación de Raí, Cafu, Müller y Zetti. Mestre (“maestro”) Telê estaba tan vinculado al club que durante un tiempo vivió en su centro de formación, y años después de su muerte los aficionados continúan gritando “Olé, Olé, Olé, Telê, Telê” para motivar a los jugadores dentro de la cancha.

Caminos de ida y vuelta
A veces, esas serenatas que resuenan en las gradas son escuchadas, y provocan el regreso del ser amado. Es lo que se produjo casi simultáneamente en Argentina a finales de 2012, en River Plate y Boca Juniors. El primero volvió a llamar a Ramón Díaz, el entrenador más laureado de los Millonarios, para una tercera etapa. Bien es cierto que el antiguo artillero del club llevaba diez años repitiendo constantemente: “Tengo que volver, es mi casa”. Sus rivales de Buenos Aires también firmaron un tercer idilio con el técnico más prolífico de su historia: Carlos Bianchi. En sus dos etapas anteriores, el ex artillero del París Saint-Germain había dado nueve títulos a Boca Juniors, cinco de ellos internacionales.

Díaz y Bianchi, no obstante, tendrían que regresar de nuevo a sus equipos para igualar el registro de su compatriota Carlos Bilardo, quien entrenó a Estudiantes de La Plata en cuatro ocasiones. Centrocampista durante su época de jugador, colgó las botas en el club tras forjarse una reputación legendaria, al participar en el aluvión de títulos conquistados entre 1967 y 1970, entre los que figuraba la Copa Intercontinental conseguida frente al Manchester United en 1968. Y se quedaría en él, como ayudante de Osvaldo Zubeldía, que en 1971 e pasó el testigo. A Bilardo, muy vinculado a este concepto de relevos, le gustaba comparar el club de su corazón con una familia, en la que los jugadores son como hijos susceptibles de hacerse cargo algún día de la empresa familiar. Ese fue el caso, notablemente, de Alejandro Sabella, otro ídolo de los hinchas, que dirigió al equipo durante dos años, antes de convertirse en seleccionador de Argentina en 2011.

En España, el romance de Luis Aragonés con el Atlético de Madrid también se compone de cuatro capítulos. El ex seleccionador español jugó en el equipo durante los diez últimos años (1964-1974) de su carrera de delantero, en los que conquistó tres ligas y disputó la única final de la Liga de Campeones de la UEFA de la historia de los Colchoneros. En cuanto dejó los terrenos de juego, fue su entrenador durante seis campañas, y se estrenó ganando la Copa Intercontinental. Aragonés obtuvo al menos un título en cada una de sus etapas en el Atlético, lo que hizo de él un héroe para los seguidores y los propietarios del club. Estos incluso llegaron a pedirle ayuda en 2001 para volver a la élite. Aragonés cumpliría, en su último ciclo en Madrid.

Simplemente juntos
Y hay parejas que permanecen unidas pase lo que pase, y cuya historia no ha dejado de conjugarse en presente. “Nunca habría imaginado que fuese a quedarme tanto tiempo, sobre todo en el fútbol moderno”, se asombraba Alex Ferguson en 2010, cuando acababa de superar a su compatriota escocés sir Matt Busby como técnico más longevo del Manchester United. Al pronunciar esas palabras, sir Alex se acordó sin duda de sus comienzos difíciles, allá por 1986, y del trabajo y la paciencia que requirió reconstruir un club hambriento de títulos desde hacía dos decenios, y que no volvería a ceñirse los laureles en Inglaterra hasta 1993. Casi 40 trofeos más tarde, el idilio sigue deparando días felices, y el técnico tiene ahora una estatua en las proximidades de Old Trafford.

Su rival londinense Arsène Wenger ha protagonizado una trayectoria inversa en el Arsenal. El francés logró un doblete de liga y copa en 1998, dos años después de situarse al frente de los Gunners. Otro doblete, en 2002, y luego una liga en 2004, tras una temporada sin conocer la derrota, parecen ser los principales motivos que han instalado al alsaciano en el corazón del club, ya que la pareja resiste a pesar de más de siete años sin grandes títulos. 

En Alemania, la fidelidad también es un arte de vivir, como demuestra la presencia de Thomas Schaaf en el banco del Werder Bremen desde 1999. Schaaf no ha dejado el club desde su llegada en 1972, cuando se incorporó a la cantera, a la edad de 11 años, antes de dar el salto al cuadro profesional en 1978 y pasar en él toda su carrera de defensor. Empezó a entrenar a las categorías inferiores estando aún en activo. En su primer año al frente del primer equipo ganó la Copa de Alemania, y luego dio a su afición un doblete de liga y copa en 2004, y una nueva copa nacional en 2009. Schaaf es fiel al Werder, y éste a él, una característica de la que ya había hecho gala el club al mantener su confianza en el mítico Otto Rehhagel desde 1981 hasta 1995, correspondida igualmente con títulos. 

Es la prueba de que hacen falta dos para construir una bella historia de amor.