Pasión e intriga en Riad
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¿Cuáles son los ingredientes para un partido electrizante? Aunque cada cual tiene sus propias ideas sobre la receta perfecta, todo el mundo coincidirá en que el último encuentro de una fase de grupos de una competición, en el que uno de los contendientes ya se ha adjudicado el primer puesto y el otro está virtualmente eliminado, no reúne las condiciones para ser considerado como tal.

Precisamente ésas eran las premisas que se daban tal día como hoy hace 15 años en la Copa FIFA Confederaciones Arabia Saudí 1997. De camino al último partido del Grupo B, Uruguay ya tenía garantizado el primer puesto de la tabla y, por lo tanto, el pase a la semifinal donde esperaba Australia. El rival de aquella noche, Sudáfrica, debía imponerse al combinado bicampeón del mundo con un margen de seis goles si quería figurar, como él, entre los cuatro últimos. En otras palabras, siendo realistas, los sudafricanos se hallaban completamente descolgados de la competición.

La idea de que, en la mente de los uruguayos, tan abultada victoria estaba totalmente lejos del alcance del contrario, la subraya el hecho de que Víctor Púa cambiara su once inicial de forma tan radical que únicamente el defensa Diego López conservó su puesto en la alineación, y sólo porque, en aquella época, las selecciones se componían de 20 hombres. Sin embargo, mientras Nicolás Olivera y Marcelo Zalayeta, quienes habían causado estragos entre las defensas rivales aquel mismo año en la Copa Mundial Sub-20 de la FIFA, se convertían en meros espectadores, los suplentes que los remplazaron demostraron su valía desde el saque inicial. Álvaro Recoba empezó ejecutando un caño sublime para descerrajar un cañonazo que salió desviado, y Darío Silva ofreció una lección de maestría para poner a prueba los reflejos de Brian Baloyi.

El cerrojo no tardó en ceder, pero, para sorpresa de todos, lo abrió Sudáfrica. Helman Mkhalele botó un saque de esquina y, de un cabezazo desde los once metros, el capitán Lucas Radebe perforó la escuadra por un hueco aparentemente inexistente.

Uruguay reaccionó al instante. El equipo se abrió paso hasta el último tercio del campo mediante una jugada hilvanada, rematada con un centro para Silva desde la banda izquierda. El delantero del Cagliari, de 25 años, hizo un amago de volea, pero bajó el balón al suelo e igualó el marcador con un trallazo contra el que nada pudo hacer Baloyi.

El partido siguió oscilando de un extremo a otro del campo durante toda la primera parte. La contienda tenía visos de llegar al descanso totalmente igualada, hasta que el marcador volvió a iluminarse en el minuto 42. Fabián Coelho, tras una serie de regates magistrales, cedió un pase medido a Recoba, quien lo remató a puerta, pero Baloyi repelió el balón. No obstante, el atacante del Inter de Milán, de 21 años, recuperó el rebote y lo envió de nuevo entre los palos, donde se hallaba Radebe presto para enganchar la pelota y sacarla del marco, aunque para entonces el esférico ya había cruzado la línea de gol.

A pesar de que los Bafana Bafana dominaron el juego en los primeros compases de la segunda parte, la Celeste anotó el cuarto gol del partido por mediación de Silva, quien recuperó un lanzamiento desviado de Recoba para subir el 3-1 en el minuto 66.

En lugar de arrugarse, Sudáfrica sacó pecho. Tras un astuto movimiento, John Moshoeu encontró a Mkhalele, quien, desde el interior del área, recortó distancias de una impresionante volea ejecutada con el exterior del pie.

Como una exhalación, los hombres de Clive Barker igualaron el marcador en el minuto 77. Phil Masinga superó a su marca, giró sobre sí mismo y lanzó un soberbio pase al hueco para Pollen Ndlanya, cuyo hipnótico juego de cintura dejó sentado al número 1 de Uruguay, Carlos Nicola, y permitió al suplente sudafricano rodear al ya superado arquero y acompañar el balón al interior de la meta vacía.

El emocionante guión del partido tenía todavía preparada una última y sensacional sorpresa: un desenlace apasionante que, pese a todo, no sentenciaría el triunfo a los heroicos campeones de África. En el tiempo añadido, la pelota llegó hasta Christian Callejas, situado como interior izquierdo a unos 25 metros de la portería. Sin dudarlo, el mediocampista del Danubio lanzó una rosca magistral que se coló por la escuadra y adjudicó a Uruguay la victoria por 4-3. Aquel gol soberbio acababa de definir un partido realmente electrizante.

En ocasiones, ese plato que parece poco apetecible escrito en el menú resulta una auténtica exquisitez incluso para los paladares más exigentes.