Esta noche, algunos de los clubes más pequeños y menos famosos de Europa comienzan su aventura en la Liga de Campeones de la UEFA con escasas posibilidades de supervivencia a largo plazo. Cuando estos equipos humildes se sientan intimidados ante la idea de adentrarse en la competición de futbol más rentable y disputada, sólo tienen que recordar la leyenda de aquellos once héroes escoceses que alcanzaron la gloria hace ahora 40 años.
Efectivamente, en aquel Celtic que puso fin a los diez años de reinado de los clubes latinos en la competición europea se identifican claramente los rasgos inconfundibles que caracterizan las grandes epopeyas heroicas. En primer lugar, aquel puñado de héroes, los "Leones de Lisboa" de John "Jock" Stein, habían nacido todos en un radio de 35 kilómetros de Celtic Park y todos menos uno vivían en una franja de 15 kilómetros alrededor del estadio. Un famoso periodista deportivo escocés, en su panegírico a la gesta de Stein, destacó: "Señálenme a un entrenador que haya conseguido tamaña hazaña: ganar la Copa de Europa con once hombres de un barrio de Glasgow".
En segundo lugar, antes de 1967, sólo cuatro clubes, el Real
Madrid, el Benfica y los dos grandes de la ciudad de Milán, habían
alzado el trofeo de clubes más codiciado del fútbol europeo.
Ninguno de ellos había conseguido la hazaña de ganar el campeonato
de liga y la copa nacional el mismo año. El Celtic de Stein lo
logró. Su inolvidable victoria por 2-1 ante el Inter de Milán en
Lisboa constituyó de hecho la culminación de una temporada en la
que había participado en cinco competiciones y se había proclamado
campeón de todas.
La victoria fue, por encima de todo, un triunfo por el que
nadie habría apostado un céntimo, especialmente si se tiene en
cuenta que todos los pronósticos para el partido apuntaban a que el
Inter (campeón en 1964 y 1965) completaría una histórica tripleta
de victorias en la Copa de Europa. Bajo la batuta del legendario
Helenio Herrera, los
Nerazzurri habían conquistado tres títulos de la
Serie A entre 1962 y 1966, aunque habían perdido el cuarto
en la repesca con el Bolonia, y habían probado además las mieles de
la gloria en la Copa Intercontinental.
Lo que vieron los jugadores del Celtic en el túnel los dejó helados. "Y allí estaban ellos", recordaba Jimmy "Jinky" Johnstone, la joya de la corona de Stein. "Con su metro ochenta de estatura, sus bronceados Ambre Solaire, sus sonrisas Colgate y sus brillantes cabellos. ¡Incluso olían a perfume! Y allí estábamos nosotros. Enanos. Yo, sin dientes; Bobby Lennox más de lo mismo; al menos, al viejo Ronnie Simpson le quedaba uno, arriba o abajo, no sé. Los italianos se nos quedaron mirando, y nosotros, para no ser menos, vamos y les sonreímos con la mejor de nuestras sonrisas, enseñando bien las encías. ¡Seguro que estaban preguntándose de qué circo nos habíamos escapado!".
Fue en aquel momento cuando Bertie Auld, el creador de juego del equipo, decidió a bote pronto deleitar los oídos de los hombres del Inter con una sentida interpretación del himno del Celtic. "Yo creo que, en ese momento, los italianos se convencieron definitivamente de que iban a enfrentarse a un atajo de compadres de juergas y bares", recuerda entre risas el capitán Billy McNeill el desconcierto del conjunto rival.
"Un fútbol puro, bonito, imaginativo"
En los primeros compases del encuentro, los jugadores de
Herrera respiraron tranquilos, con la certeza de que todo iba
saliendo como habían previsto, cuando consiguieron y transformaron
un penal polémico. Sin embargo, Stein había prometido antes del
partido que iba a ganar con ese tipo de fútbol "que hace que
los espectadores neutrales se alegren de que la victoria haya sido
nuestra". Su equipo le ayudó a cumplir la promesa. El Celtic
se lanzó al asedio del área italiana y, aunque el conjunto de
Herrera echó mano instantáneamente de su infausto
Catenaccio, tan sólo el recital entre los palos del
estupendo Giuliano Sarti evitó el asalto definitivo a la meta.
El gol del empate del Celtic se produjo por fin cuando habían
transcurrido 19 minutos de la segunda parte. La jugada de aquel
tanto puso de manifiesto las ganas, el coraje y el instinto
atacante del equipo de Stein, pues nació de las botas del lateral
derecho Jim Craig, que pasó el balón para su compañero en la
retaguardia Tommy Gemmell, el hombre que firmó con la zurda aquel
impresionante trallazo. "Recuerdo que estaba en una posición
ideal y lo vi todo", rememora McNeill. "Me encontraba en
la línea de medio campo y vi cómo Tommy se preparaba para golpear
el balón. Supe al instante que íbamos a alzar la Copa de
Europa".
Los italianos, como era de suponer, fueron incapaces de
liberarse de los cerrojos defensivos que los atenazaban. A falta de
siete minutos para el final del encuentro, pese a las exhibiciones
que Sarti siguió ofreciendo, Stevie Chalmers asestó a quemarropa el
golpe definitivo.
Se calcula que 7,000 hinchas del Celtic (una cifra astronómica para la época) se dieron cita en Lisboa para asistir al partido. Veinte minutos después del pitido final, los 7,000 hinchas seguían sobre el césped bailando y besando el, para entonces, consagrado y sacrosanto terreno de juego. Herrera, por su parte, aceptó con gentileza y elegancia la derrota. "Me saco el sombrero ante el Celtic. Ha merecido la victoria", admitió. "Ha peleado con agallas, con valentía. La Copa de Europa está en buenas manos".
Precisamente fue el reconocimiento al estilo con el que se había conseguido el premio lo que más satisfizo a Stein. "En estos momentos no hay ningún hombre sobre la faz de la Tierra más henchido de orgullo que yo", declaró el antiguo minero tras la victoria. "Ganar era lo importante, sí, pero la forma en que lo hemos conseguido es lo que me llena de satisfacción. Lo hemos conseguido jugando al fútbol. Un fútbol puro, bonito, imaginativo".
El legado de los
Leones
Stein demostró que era un genial estratega y gran director de
hombres, pero apuntó además maneras de profeta cuando añadió:
"Ahora que hemos roto la hegemonía de los latinos, vendrán más
éxitos para los equipos británicos, posiblemente para el Manchester
United". Para el Manchester United de Matt Busby, por
supuesto, que conquistó el trofeo la temporada siguiente.
No obstante, allanar el camino para los clubes que no
pertenecían al sur de Europa no fue el único legado imperecedero
que dejó el equipo de Stein. El más evidente se puede admirar en
Celtic Park, donde destacan las sólidas tribunas que llevan el
nombre del entrenador más ilustre del club y de sus
Leones, eterno homenaje a un equipo tan amado y
reverenciado que incluso hinchas lo suficientemente jóvenes como
para no haber visto nunca en persona a ninguno de sus integrantes
siguen adorando.
El pasado mes de noviembre, cuando el Celtic se enfrentó al
Benfica en la Liga de Campeones, el club se llevó consigo a los
miembros supervivientes del equipo de Stein para que volvieran a
pisar el escenario de su mayor triunfo, el Estadio Nacional, donde
recibieron el saludo y el reconocimiento de 5,000 paisanos de
Glasgow. Lamentablemente, en el emotivo regreso faltaban Stein,
Johnstone, el mediocampista Bobby Murdoch y el guardameta Ronnie
Simpson, todos ellos ya fallecidos.
En sus entierros se produjeron escenas prácticamente nunca
vistas en Escocia. Más de 20,000 personas se alinearon a lo largo
de las calles por las que pasó el cortejo fúnebre de Johnstone para
aplaudir y cantar en honor al héroe a modo de increíble despedida.
El pícaro extremo había sido el preferido de la afición, que lo
había elegido mejor jugador de la historia del club, con muchos más
votos que a Henrik Larsson y Kenny Dalglish. A su muerte, el disco
a beneficio de los pacientes de enfermedades de las neuronas
motoras, la afección que se lo había llevado, fue número uno de
ventas en Escocia.
Un ejemplo más del poder unificador que tiene el fútbol es el hecho de que una ciudad tan dividida como Glasgow se aunara para ofrecer sus respetos al talento de un jugador como Johnstone. De hecho, muchas bufandas del Rangers formaron parte de la montaña de objetos verdiblancos que se depositaron como tributo al héroe a la entrada de Celtic Park.
Barry Ferguson, capitán del club de Ibrox, donó para la investigación de las enfermedades neurológicas una parte importante del dinero que recaudó su autobiografía. "Yo no había nacido cuando Jinky estaba en la cumbre de su carrera, pero mi padre, un hincha acérrimo del Rangers, cuenta maravillas sobre él", reveló el mediocampista escocés. "Vi su entierro por la tele y me quedé estupefacto por las proporciones que adquirió. Las calles estaban abarrotadas de gente, en algunas había hasta diez hileras de personas a cada lado. Parecía el entierro de un primer ministro".
En momentos como ésos viene a la memoria la anécdota del escocés Bill Shankly, gran amigo de Stein y el primero que le dio la enhorabuena después de la victoria de Lisboa. El entonces entrenador del Liverpool felicitó a su amigo con un: "John, eres inmortal". La historia ha demostrado que Shankly tenía razón. Todos y cada uno de los héroes de Stein han alcanzado la inmortalidad, y no sólo en los corazones de los seguidores del Celtic.
