Un nuevo capítulo de las invasiones corintianas
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En la víspera, la carretera interestatal se encontraba congestionada, de modo inesperado. No era un periodo feriado, ni nada por el estilo. Se trataba de un fin de semana más, pero en Río de Janeiro todo el mundo vestía de blanco y negro, los colores del Corinthians. El 5 de diciembre de 1976, quedó claro lo que estaba sucediendo: unos 70.000 seguidores del equipo de São Paulo habían acudido al Maracaná para compartir las gradas con los del Fluminense, tras desplazarse durante más de 400 km. Ni siquiera la política de racionamiento del combustible entonces en vigor y la promesa de transmisión del partido en directo desanimaron a quienes viajaron con su equipo. Fue la llamada “Invasión Corintiana”, uno de los episodios más destacados de la historia del fútbol brasileño.

Este miércoles, 36 años y seis días después, las restricciones eran más duras, empezando por la distancia a recorrer, mucho mayor. Eso no impidió que miles de hinchas tomasen el Estadio Toyota para animar al Corinthians en su victoria sobre el Al Ahly, en semifinales de la Copa Mundial de Clubes de la FIFA Japón 2012. 

“Es la mayor hinchada del mundo, no hay nada igual. Yo lo defino así: todos los equipos tienen una afición, nuestra afición es un equipo”, explica a FIFA.com Alex de Andrade, seguidor del Corinthians de 33 años, que ya había reservado con sus amigos vacaciones para julio de este año y preparado un viaje a Cancún y Canadá. Sin embargo, lo anularon la noche en que el equipo se proclamó campeón de la Copa Libertadores. “Cancelé todo. Prefiero al Corinthians”.

Y, por supuesto, esa entrega es algo que los futbolistas no pasan por alto. “Es maravilloso. Ya lo imaginábamos, pero sentir esto y verlo con los propios ojos no tiene precio. Es increíble lo que estos locos hacen por el equipo. Estoy convencido de que estará más lleno en la final”, afirma el central Paulo André.

Puente aéreo
El número de seguidores del Corinthians y su fiesta en Toyota fue impresionante, aunque no llega a sorprender, como explica el defensor. Ya había indicios que apuntaban a ello, como la euforia que rodeó la salida del vuelo del equipo y la multitud de aficionados que han asistido a los entrenamientos en Japón. Además, es algo que ya había ocurrido. 

Cuando las masas albinegras tomaron el Maracaná en 1976, también era un partido de semifinales, ante el Flu, correspondiente al Campeonato Brasileiro. Los dos equipos empataron a 1-1, bajo un temporal. En los penales se impuso el conjunto de São Paulo, que se mediría luego con el Internacional en la final, si bien no consiguió terminar con una sequía de títulos que ya duraba 22 años. La espera concluiría la temporada siguiente, con la conquista del Paulistão

El legendario cronista Nelson Rodrigues resumió en las páginas del periódico O Globo lo que había presenciado en Río de Janeiro: “El partido comenzó en la víspera, cuando ‘la Fiel’ irrumpió en la ciudad. Durante toda la madrugada, los hinchas del Timão celebraron una fiesta en Leme, Copacabana, Leblon, Ipanema. Había seguidores del Corinthians a borbotones. Un turista anotaría en su cuaderno: ‘Río es una ciudad ocupada”. 

Si cambiamos los nombres de los lugares turísticos y de la ciudad, lo que se ha visto en los últimos días en Japón es muy similar. “Hay más gente de la que yo pensaba que habría. Mucha más. Hay aficionados del Corinthians por todas partes”, explica Alex.

Noventa minutos es poco
Algunos de ellos ya estaban en el país incluso antes de la llegada del equipo. En la urbanización de Homi Danchi, a unos quince minutos del Estadio Toyota, hay una gran colonia brasileña, y sus hinchas de allí llevaban meses preparándose para recibir a sus compatriotas, ansiosos por que llegasen. 

Pero buena parte de ellos han venido desde muy lejos. Es el caso de los hermanos Mateus y Murilo Fernandes, de 21 y 19 años. Son de São Paulo, aunque estudian en Santa Catarina. Y han acabado viajando precisamente en el periodo más importante del año lectivo. “Estamos en la semana de exámenes en la universidad. Estamos faltando, y vamos a tener que examinarnos de todo en la segunda convocatoria, en febrero”, dice Mateus. Pero una cosa es segura: no van a recibir ninguna reprimenda, ya que su padre, Francisco, decidió de la noche a la mañana ir con ellos. 

“Vamos a ser campeones. Lo decidimos hace dos o tres semanas. Desde la final de la Libertadores, pensaba en venir. Aun así, tuve dudas. El precio asusta. Pero una mañana, de repente, lo dije: ‘¿Saben una cosa? Vamos a ir’ (risas). Teníamos planeado ir a Las Vegas, pero hemos decidido venir aquí”, cuenta.

Ahora le tocará a Yokohama abrir sus puertas para que esta “banda de locos”, como se definen, asista a la final de la Copa Mundial de Clubes de la FIFA el domingo. Al igual que sucedió en la final de la primera edición del torneo, en 2000, contra el Vasco da Gama, cuando la afición se reencontró con Río de Janeiro. En menor número, cierto, pero aun así se trataba de un contingente significativo: 30.000 hinchas, de un público total de 73.000 espectadores. En aquel encuentro, los visitantes tuvieron que esperar de nuevo al desenlace de los penales para alzar el título. 

Este domingo, si consiguen la victoria en 90 minutos, tanto mejor. Pero si hay que esperar un poco más, después de haber viajado tanto, ¿qué importa? La peregrinación del Corinthians no tiene fin.