Primero sucumbieron contra Argentina. Luego, contra la suerte, después de acabar en igualdad perfecta con Costa Rica tras los tres partidos de la liguilla de grupos. Desde el estadio de Turku, el entrenador Augustine Eguavoen llamó al equipo al hotel donde se alojaba para anunciar la noticia. Un gran momento de tristeza se cernió entonces sobre los Aguiluchos.
Es medianoche en el Hotel Marina Palace de Turku. Augustine Eguavoen se pasea de arriba a abajo en el vestíbulo. El entrenador de Nigeria vacila entre ir a hablar con sus jugadores o esperar al día siguiente. En su pensamiento, rumia la acumulación de pequeños errores en los partidos precedentes que han conducido a esta coyuntura. “Mis jugadores son muy jóvenes. Han tomado demasiadas cosas a la ligera, riéndose, y ahora van a poder meditar al respecto”. Al final, decide dejar pasar la noche.
En la habitación de uno de los miembros de la delegación, es la hora de hacer las maletas. El hombre mete pares de zapatos y material diverso en cajas de cartón. Un amigo nigeriano ha pasado dejando un trozo de Bea, una especialidad del país. Los colegas se sirven porciones en envases de plástico mientras repasan la jornada.
"Estoy haciendo las maletas", dice. "Ahora hace falta volver a casa. Esta mañana, al levantarme, me imaginaba ganando y quedándonos aquí, porque se está bien. ¡Pero mira! En el fútbol, el balón rueda en la dirección que le da la gana. Son cosas que pasan. Lo más duro es haber perdido a suertes, como cuando se tira una moneda al aire. Hubiera preferido perder sobre el terreno, tras un combate honesto".
Nkem Ovunwo entra en la habitación, pisadas de plomo y cara de cera. "Muchos acusan el golpe. Están impactados", admite el capitán de los Aguiluchos. "En el fondo, yo pensaba que nos íbamos a clasificar, y que por lo menos íbamos a llegar hasta semifinales, o a la final. Ahora hace falta aceptarlo. En la vida, las cosas van y vienen. No es el fin del mundo. Vamos a volver y la vida va a seguir su curso".
En el pasillo, los jugadores australianos acaban de intercambiar sus camisetas y algunas palabras de consuelo. Algunos nigerianos tienen la mirada fija de los zombis. Ovunwo, por ejemplo, creía fervientemente en la victoria: "Nunca pensamos que íbamos a perder contra Argentina, pero no logramos marcar ni un solo gol. Después regresamos al hotel. El entrenador nos comunicó por teléfono el resultado de Costa Rica. Y luego, el del sorteo".
El jefe de la delegación, Enebi Achor, revive una pesadilla. "No es la primera vez que veo derramar tanta pena por el fútbol. Yo estuve con el equipo sub-20 en Marruecos el año pasado, en el partido de clasificación para Emiratos Árabes Unidos. Teníamos que ganar a Marruecos, y perdimos. Aquella noche fue terrible. Los jugadores ni siquiera lloraban".
"Yo les repito que no es el fin del mundo, pero no estoy seguro de que entiendan lo que quiero decir", añade Achor. "Ahora tenemos que volver lo antes posible y devolver estos muchachos a sus familias. Es lo que más necesitan en estos momentos". La última noche de los nigerianos en Turku será sin duda la más larga.