"He encontrado un lugar provechoso y conveniente para fundar una ciudad", dijo Diego de Almagro en 1534, cuando fundó la ciudad de Trujillo y la bautizó con el nombre del lugar de nacimiento de su camarada, el conquistador español Francisco Pizarro. ¿Y tenía razón? FIFA.com se puso en marcha para conocer de primera mano qué ofrecen la tercera mayor ciudad de Perú, con sus 900,000 habitantes, y sus alrededores.
Se dice que en Trujillo siempre es primavera. Pero esta tarde nos recibe un viento fresco y penetrante del Pacífico en este balneario y paraíso de surfistas llamado Huanchaco, a quince minutos en coche de las puertas de la ciudad. Caminamos sin mucha estabilidad por las tablas irregularmente dispuestas del muelle, que se adentra unos cien metros en el mar y desde allí dejamos vagar la mirada por la playa.
Nuestra atención se dirige hacia un pescador que lucha con las olas en su ligerísimo caballito de totora (una especie de junco). Alineadas como soldaditos de plomo esperan su turno en la arena innumerables embarcaciones de ese extraño tipo. Aparte del pescador, no se divisa a nadie más en el mar; en la playa, dos surfistas parecen algo indecisos, dudando entre tirarse o no a las olas. Un puñado de turistas pasean entre las numerosas tiendas de recuerdos que bordean el paseo marítimo. Objetos de todo tipo (caballitos de totora en miniatura, conchas, flautas, cajitas decoradas, cadenas, anillos) aguardan a sus nuevos propietarios. De vuelta en tierra firme, torcemos por una calle lateral y observamos a un perro.
La criatura parece, de alguna manera, distinta a los perros que conocemos. Se trata de un "perro calato", una raza peruana sin pelo. Unos minutos después volvemos despacio hacia el coche y, a la salida del lugar, encontramos un cartel que hace publicidad de las maravillosas puestas de sol de Huanchaco. Decidimos entonces que volveremos unos días más tarde.
En el camino de vuelta, nos sumergimos poco a poco de nuevo en la bulliciosa atmósfera de la ciudad. Un sinnúmero de taxis amarillos nos pasan rozando como abejorros: los trujillanos maniobran sus vehículos con precisión milimétrica por las calles de la ciudad. Quedamos atónitos al ver la aparente facilidad y limpieza con que lo consiguen. En el semáforo coincidimos con un oxidado coche lleno hasta el techo de cestas de fruta. Nos preguntamos si el conductor Pedro Noriega podrá ver algo por el retrovisor.
Pasamos junto al espléndidamente ornamentado Monasterio de Santa Clara y cerca de un magnífico y luminoso edificio azul con pequeños balcones decorados en madera oscura: el Museo del Juguete. Las numerosas casas palaciegas de la ciudad, con sus suntuosos patios interiores, sus coquetos balcones y las labradas rejas de las ventanas son una reliquia del siglo XVI, época en que se asentaron en Trujillo muchos nobles españoles. La ciudad universitaria conserva el estilo colonial hasta en los lugares más recónditos. La preciosa catedral, construida entre 1647 y 1666 y de estilo barroco y rococó, vigila la gran Plaza de Armas y, enfrente, nuestra mirada se encuentra con el impresionante monumento a "La libertad", recuerdo de que aquí se proclamó por primera vez en 1820 la independencia de Perú.
Para cualquiera que pase por Trujillo son visita obligada las antiguas y bellas iglesias del Carmen, de San Francisco, de San Agustín y de la Merced. Por supuesto, también lo son la Casa de la Emancipación y la Casa Ganoza, que desempeñan un papel muy significativo en la historia de la ciudad. Trujillo es un importante centro comercial y cultural del país. Es famoso por el baile nacional, la Marinera, y por la cría de los caballos típicos peruanos. Antiguamente era la reserva de maíz y cereal de la región costera del norte.
Fortalecidos por un "triple de pollo" (un bocadillo de pollo, huevo y queso), nos ponemos en camino hacia nuestra próxima estación: las Huacas del Sol y de la Luna. Estos dos yacimientos arqueológicos al sudeste de Trujillo son un lugar estupendo para una excursión. Desde la carretera principal nos desviamos hacia un escabroso camino, cada vez más estrecho, por el que nos acompañan, en algunos tramos, los restos del antiguo sistema de suministro de agua. Tras algunos minutos, llegamos al destino.
Una nube de mosquitos nos saluda en la breve subida hacia la Huaca de la Luna y continuamos el camino por un terreno polvoriento y de fina arena antes de poner el pie en los primeros restos del yacimiento. Descubrimos que el techo de la plataforma principal se dividía en cuatro cuadrantes y que cada uno de esos espacios cumplía una función diferente: por ejemplo, el patio servía para celebrar todo tipo de ceremonias. Se conservan pocos restos, pero suficientes para que un experto equipo de arqueólogos, biólogos, arquitectos, ingenieros, etcétera, en un arduo y minucioso trabajo, haya sido capaz de reconstruir los antiguos relieves. De nuevo al aire libre, dirigimos la vista hacia la lejanía, donde, a un kilómetro de distancia, se encuentra la Huaca del Sol.
Poco después nos encontramos en el lugar exacto en que el mundialmente conocido escritor peruano Mario Vargas Llosa presentó al público en 2004, en la oscuridad del crepúsculo y a la luz de reflectores, su libro El paraíso en la otra esquina, según explica Rocío Santander, del Comité Organizador Local. A continuación, nuestros ojos se quedan clavados en un muro que contiene extrañas figuras humanas. En uno de los paneles informativos leemos que se trata de bailarines y dignatarios. Por la elegante vestimenta y los ornamentos se puede concluir que pertenecían a la nobleza moche.
Al acabar nuestro impresionante recorrido, volvemos por la misma accidentada carretera y vamos pensando ya en una nueva visita en los próximos días a otro importante centro arqueológico: Chan Chan, en el valle del Moche. En el camino a casa, vamos recordando las muchas y muy variadas imágenes de la jornada, a la vez que vamos pensando ya en la cena. Hoy queremos probar por fin en alguno de los numerosos buenos restaurantes de la ciudad la especialidad local: el ceviche, un pescado crudo que se sirve de formas muy diversas; por ejemplo, al limón.
Es contagiosa la invariable amabilidad y afectuosidad de los orgullosos trujillanos, que reciben a todos los visitantes con una sonrisa y se muestran siempre serviciales. Después de este día ya no nos queda ninguna duda de que Diego de Almagro, casi medio milenio más tarde, sigue teniendo razón: el valle del Moche era un lugar provechoso y conveniente para fundar una ciudad. Trujillo.
Trujillo, perla del norte
(FIFA.com) Martes 27 de septiembre de 2005