Corren 30 minutos del primer tiempo entre Argentina y Panamá. Los jugadores de camiseta azul entretienen el balón, lo tocan para un lado, lo pasan para el otro... El público enloquece y acompaña cada movimiento con un grito de "¡ Olé!". Los sudamericanos exhiben su clase y se florean en el campo. Sin embargo, hay uno de ellos que observa con tranquilidad. Uno que, apenas minutos antes, tuvo que revolcarse en varias oportunidades para salvar su valla. Es Sergio Romero, el gigante encargado de cuidar la retaguardia Albiceleste.

"A veces da gusto ver jugar a los chicos de arriba, hasta dan ganas de aplaudir. Es bueno que rindan así, porque nos da confianza a los que estamos en el fondo y viceversa", explica el arquero a FIFA.com respecto al 6-0 inflingido a Panamá. "Pensé que hoy iba a tener un día tranquilo con la prensa", agrega entre risas.

Sin embargo, pese al chiste, sabe que su actuación no pasó tan desapercibida en aquel encuentro: "En el inicio nos llegaron bastante, aunque después metimos cuatro goles consecutivos en un lapso muy corto de tiempo y eso facilitó las cosas. Fue un buen triunfo que sirve para seguir uniendo al grupo y darle confianza", completa desde su imponente altura de 1,91 metros.

Y si de confianza se trata, sólo basta con escuchar a Hugo Tocalli, ex arquero justamente, acerca de su portero titular: "Romero es un arquero muy sobrio, en el que tengo muchas expectativas de cara al futuro. Si consigue continuidad en su club, va a tener futuro de selección mayor".

Familia de gigantes
Romero nació en Misiones, una provincia donde el básquet es más popular que el fútbol. Y al parecer, la tierra tuvo su influencia: tanto él como sus tres hermanos mayores poseen una estatura llamativa. "Soy el más chico en todo sentido. Mis otros hermanos miden 2,08 mts., 1,93 mts. y 1,95 mts.", cuenta con naturalidad. Y completa entre risas: "Mis papás tienen altura normal, pero es bueno que hayamos salido todos altos. ¡Quiere decir que no estuvo nadie más metido en el medio¡".

Como era de esperarse, Romero tuvo un ofrecimiento para dedicarse al básquet, deporte al que juega en cada reunión familiar. "Me tentaron de Gimnasia de Comodoro Rivadavia, donde viví mucho tiempo. Pero tenía 15 años y ya me tiraba más el fútbol, así que elegí irme a jugar a Racing Club", cuenta quien, desde el mayor evento futbolístico juvenil, asume haber tomado la decisión acertada. "Si hubiese elegido el básquet, hoy posiblemente le estaría pidiendo a mi hermano que me lleve a jugar con él a Estados Unidos. Él estuvo ahí cinco años jugando para Florida State".

Una vida en el arco
Las referencias a su hermano, cinco años mayor, no terminan allí. "Yo hacía todo lo que él hacía. Si jugaba al básquet, lo imitaba. Si practicaba fútbol, yo hacía lo mismo. Así fue que descubrí el puesto de arquero, cuando tenía 10 años. Él me pateaba en la puerta de mi casa, me llenaba a goles. Hasta que bueno, fui mejorando y llegué hasta acá", reflexiona este admirador de Iker Casillas, Santiago Cañizares y Oliver Kahn. "Lo bueno del puesto de arquero es que nunca se puede decir que uno sabe todo. Siempre se puede sacar cositas de otros para ir mejorando", reconoce.

Y hablando de mejoras, Romero reconoce que ha tenido cambios desde que atajara en el torneo sudamericano en enero pasado: "Antes me costaba descolgar los centros, pero ya he atrapado unos cuantos aquí. Lo mismo con los remates al primer palo: me hicieron dos goles así en Paraguay, pero ante Panamá tapé uno parecido".

Antes de despedirse, Romero no puede evitar referirse a Brasil, posible rival en una hipotética clasificación a octavos de final. "¿Si los he visto? Sí, claro. Es un clásico, y ya nos enfrentamos en el sudamericano. Tienen un gran equipo, pero no hablamos de eso todavía. Queremos primero enfrentar a Corea del Norte que es un equipo duro, y luego recién pensaremos en quién cruzamos. Ahora hay que cerrar bien la primera fase". Primera fase que espera terminar con la valla invicta. Y aplaudiendo a sus compañeros, como hasta ahora.