Sentados ante unas cervezas en un desvencijado bar, James Sunday Mathew nos contó su asombrosa vida. Nació en Akina Ibom, pero se crió en Lagos. El fútbol fue siempre su pasión, lo único que tenía sentido en medio de la pobreza absoluta y de las penurias que acompañaron su infancia. Llegó a ser muy bueno con el balón, pero ningún club se arriesgó a contratar al pobre James, o "Jammy", como muchos lo conocen.

"Mis creaciones nacen de la frustración", revela James, mientras rechaza la cerveza y pide un refresco de frutas, como buen aspirante a futbolista que es. "Ningún club ha querido contratarme. Soy bueno como futbolista, creo, pero supongo que no lo suficiente".

James convirtió esa frustración en un modo de expresión. La técnica y la magia de este intrépido malabarista del balón rozan lo increíble. Su equilibrio, la delicadeza de su toque y su magistral dominio del balón han hecho de él todo un héroe entre sus paisanos en su Nigeria natal. "Me considero un artista. Lo que yo hago es una forma de expresión, un don del cielo que he perfeccionado con mucho trabajo y dedicación", manifiesta el hombre que ha maravillado al público con sus asombrosas actuaciones durante los descansos de los partidos disputados en el estadio U.J. Esuene de Calabar.

En su espectáculo, James se desviste, se bebe una Coca-Cola y se contornea en posturas inconcebibles, y todo ello sin dejar que el balón caiga al suelo. "Eso no es nada", comenta mientras balancea un pie sobre la pelota que siempre lleva consigo. "Puedo ponerme el balón en la nuca e ir en moto por la carretera", asegura con el orgullo reflejado en la mirada.

Un apasionado del fútbol
Su segunda actuación acabó en proeza. La tormenta se abatió con furia sobre el partido del Grupo C entre Colombia e Irán, y los espectadores salieron corriendo para ponerse a cubierto. Pero no James. El artista debía cumplir con su trabajo y, sin pensárselo dos veces, apareció bajo el torrencial aguacero, ataviado con el equipo de la selección nacional de Nigeria, para poner su arte al servicio de los aficionados. El público, al que poco antes el chaparrón había puesto de mal humor, jaleó al artista y aplaudió a rabiar cada uno de sus movimientos.

"Vivo de ese reconocimiento", asegura James, quien suele actuar en los partidos de las Súper Águilas, la selección absoluta de Nigeria, e incluso asistió en una ocasión a la ceremonia de los premios al Jugador Africano del Año. "Me alivia y hace que me sienta orgulloso. La lluvia no me importó en absoluto. Tenía un trabajo que hacer y lo hice", añade mientras enseña unas fotos en las que se le ve actuando para leyendas del fútbol nigeriano, como JJ Okocha o Sunday Oliseh.

James, a sus 25 años, sin ningún otro oficio ni empleo, pasa apuros económicos. Si bien está orgulloso de su talento y de sus actuaciones públicas, le entristece lo que esto implica. "Trabajo en los intermedios de los partidos de fútbol", comenta nervioso, mientras repiquetea los dedos en la botella de refresco que está bebiendo. "En realidad, soy futbolista. Preferiría estar en el vestuario, ser parte del equipo, a tener que actuar para el público en los descansos".

Al final de su actuación, llega el momento de la apoteosis triunfal: una volea desde 50 metros que se cuela hasta el fondo de una de las porterías. En aquella ocasión, totalmente empapado por la lluvia, el balón salió desviado junto al poste, acompañado por la divertida exclamación de los espectadores. "Fallé el tiro por culpa de la lluvia", afirma medio en broma, con los ojos clavados en el suelo y una sonrisa de medio lado pintada en el rostro.