Asistimos a un momento conmovedor tras la final de la Copa Mundial Sub-17 de la FIFA, cuando el capitán de la selección campeona, Kelechi Nwakali, abandonaba la cancha. Los gritos de un hincha desde las gradas llamaron la atención del capitán nigeriano. El número 10, flamante ganador del Balón de Oro al jugador más destacado de Chile 2015 y que acababa también de alzar el trofeo, miró al chico y le hizo un gesto.

Era evidente lo que quería ese niño chileno. Sin dudarlo, Nwakali se quitó el brazalete y se lo lanzó. Fue atrapado por otro aficionado, quien se lo daría. El grito de alegría del joven provocó la sonrisa de quienes presenciaron ese acto de bondad.

Apenas fue una anécdota en una noche vertiginosa para el humilde capitán, y sirvió para revelar el lado más tierno de la personalidad del centrocampista del ASJ Academy, que se había mostrado implacable durante todo el torneo, impulsando los ataques de su equipo. Rayó a tal altura, con un balance de tres goles y otras tantas asistencias, que su desempeño le valió el premio al mejor futbolista del certamen.

“Doy las gracias a Dios por la oportunidad de ganar este premio”, declaró Nwakali en exclusiva a FIFA.com tras la final. “Significa mucho”. El centrocampista enseguida situó en un primer plano los esfuerzos de sus compañeros, alabando su empuje y su diligencia a lo largo de toda su estancia en Chile.

“Ya desde el partido de Estados Unidos, cuando llegamos a Chile, nuestro objetivo era revalidar el título”, explicó Nwakali. “Estábamos convencidos de que la única manera de hacerlo era empleándonos a fondo. Abordamos todos los partidos con trabajo duro y seriedad. Todas las selecciones presentes en Chile se lo habían ganado”.

El enfoque apropiado
Y ese enfoque permitió a Nigeria abrirse paso hasta la final, adjudicándose su liguilla e imponiéndose cómodamente a Australia y a Brasil en octavos y cuartos de final, respectivamente, antes de protagonizar un titánico duelo ante México. “Es un equipo potente”. Así analizó Nwakali al Tri. “Ya sabíamos que en la categoría sub-17 lo había demostrado, lo había conseguido. Aunque empezamos perdiendo, éramos conscientes de que teníamos que esforzarnos, esa es nuestra filosofía”.

Nwakali eligió cuidadosamente esas continuas referencias a la entrega y la laboriosidad, sabedor de que debía dar ejemplo, como portavoz del equipo. Y vaya si lo hizo dentro de la cancha en ese encuentro, que supuso una reedición del choque por el título del Mundial Sub-17 de 2013: anotó un sensacional gol en un lanzamiento de falta, contribuyendo así a que su equipo alcanzase una final que, por segunda vez en la historia, fue 100% africana. No dejó de hacer honor a la capitanía mientras dirigía a los suyos en Viña del Mar.

“Jugar la final es el sueño de cualquier futbolista joven”, confesó radiante el número 10. “Disputar la final de un Mundial y ganar el trofeo es algo asombroso. Y defender el título, más todavía”.

No cabe duda de que todos los jugadores jóvenes sueñan con alcanzar una final mundialista y alzar el trofeo como capitanes. En algún lugar de Viña del Mar, probablemente un niño tenga aún bien agarrado ese pedazo de tela sagrado que le lanzó el capitán de una selección campeona del mundo y sueñe con emular algún día a Nwakali.