Los jóvenes yugoslavos se divierten
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Retrotraigámonos a octubre de 1987. Zico acababa de augurarle a Bebeto, su compañero de equipo en el Flamengo, que se convertiría en “uno de los mejores jugadores en la historia del fútbol brasileño”; Enzo Francescoli venía de liderar a Uruguay hacia la conquista de su segunda Copa América seguida; el incomparable Diego Armando Maradona había contribuido al primer Scudetto en la historia del Nápoles; y Marco van Basten empezaba a trasladar sus impresionantes golazos con el Ajax a la causa de un AC Milan que iba a suceder al Nápoles en la incipiente campaña del calcio.

Solamente eran cuatro ejemplos de que los deslumbrantes diamantes en bruto descubiertos en el Campeonato Mundial Juvenil de la FIFA podían pulirse hasta llegar a figurar entre los mejores jugadores del planeta fútbol. Por consiguiente, cuando la sexta edición de esa competición se dirigía hacia Chile aquel mes de octubre, también lo hacía la atención de los aficionados de todo el mundo, deseosos de contemplar los primeros destellos de algunas superestrellas del futuro. Mucho bombo mediático se había dado a las sobresalientes aptitudes de Bismarck, Matthias Sammer y Andreas Möller, los respectivos números 10 de Brasil, la República Democrática de Alemania y la República Federal de Alemania; mientras que el búlgaro Emil Kostadinov ya se había lucido en la anterior edición de un certamen que, en el futuro, pasaría a denominarse Copa Mundial Sub-20 de la FIFA.

Y aunque nadie incluía a ningún yugoslavo en el mismo saco que a los mencionados aspirantes, muy pronto iban a empezar a hacerlo. En efecto, ya en el partido inaugural del campeonato, Yugoslavia entusiasmó infligiendo un 4-2 al país anfitrión. A continuación, los chicos de la camiseta azul arrollaron a Australia y a Togo por 4-0 y 4-1, respectivamente. Al término de la fase de grupos, Davor Suker había metido 5 goles, y Predrag Mijatovic y Zvonimir Boban 2 cada uno; mientras que Robert Prosinecki había cautivado a los espectadores con sus imprevisibles ruletas y caños, su visión de juego extrasensorial y su impecable ejecución de los pases.

En cuartos de final, después de empezar perdiendo ante una selección de Brasil que perseguía su tercer título consecutivo, un soberbio lanzamiento de falta de Prosinecki en los últimos instantes (que más tarde fue elegido como mejor gol del torneo) dio a Yugoslavia una victoria tan imprevista como merecida. En semifinales, el elegante defensa Igor Stimac adelantó a los jóvenes Plavi contra la RDA y, después de que Sammer igualara, Suker rubricó un nuevo triunfo por 2-1. Sin embargo, hubo que pagar un precio muy alto por él: Prosinecki y Mijatovic vieron respectivamente una amarilla y una roja que les hicieron perderse el choque decisivo.

Penales, festejos y un periodista afortunado
Al igual que en la final de la Copa Mundial de la FIFA 1962™, el Estadio Nacional de Santiago albergaba un duelo entre una superpotencia mundial y un auténtico tapado. Esta vez, no obstante, en un partido del que este jueves se cumplen 25 años, David no se dejó aplastar por Goliat, como le había acabado ocurriendo a Checoslovaquia contra Brasil.

Esta vez, ante 65.000 espectadores, Yugoslavia arrebató la batuta del juego a su ilustre rival: la RFA. Sin embargo, pese a su presión constante, hubo que esperar al minuto 85 para que Boban rompiese el 0-0. Muchos otros equipos habrían arrojado la toalla. Pero no los alemanes occidentales, que, inspirados por muchas de las improbables remontadas protagonizadas por sus predecesores, provocaron enseguida una pena máxima que Marcel Witeczek convirtió para llevar el encuentro a la prórroga. La media hora de alargue no deparó ningún gol, de modo que, por primera vez en la historia, un trofeo de la FIFA iba a decidirse en la tanda de penales.

Witeczek tomó carrerilla con confianza para lanzar su segundo penal de la noche. En esta ocasión, empero, lo tiró fuera. Y aunque los teutones no fallaron más lanzamientos en la tanda, Dubravko Pavlicic, Branko Brnovic, Suker, Ranko Zirojevic y Boban materializaron los cinco de Yugoslavia para sellar una conquista sumamente inesperada.

Tan inesperada, de hecho, que sólo un periodista yugoslavo estaba presente para cubrir el acontecimiento, ¡y gracias únicamente a una decisión de última hora de sus superiores, debido a que había una gran cantidad de yugoslavos que vivían en Santiago!

Ese hombre, Toma Mihajlovic, lo explicó así de gráficamente: “Todo el mundo había dado por hecho que serían tres partidos y a casa, así que solamente me enviaron para hacer reportajes no futbolísticos, sobre la comunidad yugoslava en Chile. Pero de entrada vencimos a Chile, la selección anfitriona, y luego seguimos ganando partidos en los que nadie nos concedía ninguna posibilidad; y todo el rato jugando ese fútbol tan bonito. Había contado con hacer un poco de turismo, ¡pero acabé trabajando a todas horas! ¡Fue una locura!”.

No sería la última vez que oiríamos hablar de Robert Jarni, Boban, Suker y, sobre todo, Prosinecki. Todos ellos formaban parte de la selección de Croacia que sorprendió a Alemania por 3-0 en los cuartos de final de Francia 1998, antes de quedar tercera tras imponerse a Holanda.