Nadia Nadim es imparable. Tienes que sacarla a rastras del campo de entrenamiento del Portland Thorns, donde practica lanzamientos a puerta durante horas y horas. También destaca en la universidad, donde estudia Medicina en sus ratos libres. Cuando hablas con ella por teléfono, puedes oír su sonrisa a través de la línea. Su voz tiene un timbre de cantarina impaciencia. Nadim ha luchado mucho para llegar hasta donde está ahora. 

Cuando era pequeña, su padre llegó un día a casa con un balón de fútbol. “Una pelota antigua, como de los años 70, de aquellas con los parches negros”, rememora para FIFA.com. “Mi hermana y yo, que no sabíamos mucho de fútbol, nos pusimos a jugar al voleibol con ella y a pasárnosla. De todas formas, nos divertíamos”. 

Aquello era Afganistán bajo el régimen de los talibanes. “Mi padre era un fanático del fútbol. Estaba loco por el fútbol, y trató de contagiarnos ese amor a sus cinco hijas”. Su voz se entristece cuando habla del hombre que la inició en este deporte. Un padre que desapareció en el 2000, cuando Nadim tenía apenas 12 años. “Se lo llevaron los talibanes”, dice atropelladamente. "Desapareció sin más. Sabíamos que no volvería jamás. Sabíamos que lo habían asesinado".

La madre de Nadia, Hamida, temió por sus hijas. Mujer de fuerte carácter y gran valor, ideó entonces un plan para escapar. “Éramos seis mujeres solas”, puntualiza Nadim. “No teníamos ningún futuro. No podíamos ir a la escuela ni trabajar; ni siquiera podíamos andar por la calle sin un hombre al lado. La vida se nos había acabado”.

Un largo camino
La familia estaba decidida a escapar pese a las dificultades del camino. “Mi madre quería que tuviéramos un futuro, que fuéramos personas independientes”. Por eso una noche despertó a sus hijas y emprendieron la huída. Salieron a escondidas en la oscuridad, llevando consigo solamente unos hatillos con ropa. Aquellas seis mujeres, una madre y sus hijas, huyeron a la desesperada. Recorrieron Afganistán y Pakistán en una furgoneta. Con pasaportes falsos y la intención de llegar a Inglaterra, entraron primero en Italia y terminaron estableciéndose en Dinamarca.

No encontraron exactamente la libertad que buscaban, pero al menos podían empezar de nuevo. El campo de refugiados era mejor que vivir sin esperanza ni futuro. “Fui feliz en aquella época”, afirma Nadim. “Añoraba a mi padre, pero tenía conmigo al resto de la familia”. 

Desde las nueve de la mañana hasta la una de la tarde, Nadim y sus hermanas asistían a la escuela. Después, estaban libres. Y con la libertad, llegó el fútbol. “Empezamos a jugar continuamente”, recuerda Nadim, riendo, el caos de aquellos días. “Ni siquiera sabíamos de qué iba esto del fútbol; sólo que teníamos que patear el balón, echar a correr y tratar de marcar goles”.

El fútbol en libertad
Nadim explica que hizo de recogepelotas tras la portería de un club local a cambio de valiosos minutos sobre el terreno de juego. Y, por primera vez, veía maravillada en la tele a las grandes estrellas. “¡El brasileño Ronaldo, y Figo y Zidane!”, comenta pronunciando los nombres con reverencia. Se entusiasma al recordarlo. “En aquellos anuncios en los que salía Beckham disparando sus típicos balones de rosca, no podíamos creer lo que veían nuestros ojos”. 

En una ocasión, inspirada por las gestas de Oliver Kahn, Nadim pidió a su hermana menor que se lanzara al suelo como habían visto hacer en la tele al legendario coloso alemán. “No fue una buena idea”, admite Nadim entre risas. “El suelo era de cemento, y mi hermana acabó llena de moratones y rasguños”.

Nadim llamó la atención de los entrenadores de su ciudad, pese a que no le resultó fácil desprenderse de la cultura represiva de su país natal. “A pesar de estar en Dinamarca, donde las mujeres hacen lo mismo que los hombres, sentía como si estuviera haciendo algo malo cuando jugaba al fútbol”, confiesa. “Como si estuviera infringiendo alguna ley”.

Con el apoyo incondicional de su madre, a la que además ablandó con la promesa de sacar buenas notas en los estudios, Nadim jugó por primera vez en la Liga de Campeones Femenina de la UEFA en 2012, tres años después de debutar con la selección de Dinamarca. “Me enojo mucho sobre el terreno de juego cuando pierdo, y se me nota”, asegura. “Odio perder más que nada en el mundo. Pero cuando marco goles, me pongo eufórica, me invade una alegría indescriptible y también tengo que expresarla”.

Ahora, Nadim se prepara para participar este verano en la EURO Femenina de la UEFA 2017 y sueña con jugar algún día en un Mundial femenino. Sin embargo, nunca olvidará el día en el que su padre puso un balón en su vida. “Empezó como un juego, para divertirnos, para evadirnos”, concluye Nadim. “Yo todavía lo vivo así. Sigue siendo un juego. No puede ser de otro modo”.