Más de dos decenios después de la Copa Mundial de la FIFA 1998™, Francia vuelve a recibir a la élite del fútbol planetario, pero esta vez en su versión femenina. Para quien decida acudir en persona a la Copa Mundial Femenina de la FIFA 2019, he aquí cinco maravillas francesas que no hay que perderse.

  • París

De la “Ciudad de la Luz” a la “Ciudad del Amor”, pasando por la “Capital de la Moda” o la “Capital de la Gastronomía”, París podría describirse solamente a través de sus apelativos y, principalmente, por el que los agrupa a todos: “la ciudad más bella del mundo”. Resulta difícil comprobar esa afirmación; pero ya sea por sus monumentos, sus restaurantes, sus museos, sus barrios o su vida cultural, la capital francesa, desde hace siglos, siempre ha fascinado a quienes viven en ella o la visitan. 

  • Costa Azul

El escritor Stéphen Liégeard, que acuñó el término de Costa Azul en 1881, la hizo extenderse desde Marsella hasta Génova, en Italia. A lo largo de algunos centenares de kilómetros se encadenan playas de ensueño, localidades turísticas costeras, islas paradisiacas y puertos pintorescos (entre ellos, el mundialmente célebre de Saint-Tropez); todo ello con las cumbres de los Alpes del Sur de fondo. La “Riviera Francesa” atrae a miles de turistas cada año, pero siempre encontrará allí algún remanso de calma a la sombra de los pinos para relajarse y admirar las vistas, tanto si mira hacia el mar como hacia tierra adentro.

  • Monte Saint-Michel

Este islote rocoso de 960 metros de perímetro, está situado en la desembocadura del río Couesnon, en el Canal de La Mancha, y constituye uno de los mayores tesoros de Francia. Alcanza una altitud máxima de 150 metros –contando la abadía construida en la cima de la loma y la estatua de San Miguel erigida en su pináculo– en el centro de una gran llanura arenosa. Está declarado monumento histórico, e incluido en la lista del patrimonio de la humanidad de la UNESCO. El monte Saint-Michel es una visita ineludible por su abadía, sus restaurantes y, sobre todo, sus vistas de la bahía. Los días con mareas muy altas, el Monte Saint-Michel vuelve a convertirse en una isla; y el mar se retira y vuelve a gran velocidad a lo largo de una decena de kilómetros (“a la velocidad de un caballo al galope”, como les gusta describirlo a los lugareños).

  • Versalles

A pocos kilómetros al oeste de París, lo que no debía ser más que un modesto pabellón de caza de Luis XIII cuando se empezó a construir a principios del siglo XVII, pasó a ser una de las edificaciones más hermosas del mundo. En efecto, Luis XIV decidió convertirlo en la residencia oficial de los Reyes de Francia en lugar del Louvre, y no escatimó recursos para transformarlo en un grandioso palacio. Por el castillo principal en sí mismo ya merecería sobradamente la pena que reservase un día de su estancia en Francia para visitarlo; pero los jardines “a la francesa”, realizados por André Le Nôtre, la Orangerie (con casi un millar de naranjos), el estanque de los Suizos, la fuente de Neptuno, la granja de María Antonieta, el Gran Trianón y el Pequeño Trianón realzan aún más el esplendor de Versalles.

  • Gastronomía

“El arte de la buena mesa” es al menos tan importante en Francia como todas las demás formas de arte. A los franceses les gusta comer bien y, desde hace siglos, la cocina desempeña un papel importante en la sociedad y en la imagen de Francia en el extranjero. A los grandes chefs se les considera más como artistas que como simples cocineros. El patrimonio culinario francés es tan amplio que sería demasiado largo (y casi imposible) recogerlo en una lista exhaustiva. Con todo, podemos citar entre las opciones imprescindibles de la cocina francesa al foie gras, la trufa o los productos del mar (cada región costera desarrolla su propia forma de preparar los pescados y los mariscos). Y evidentemente, ¿cómo no mencionar los innumerables quesos que podrá degustar durante toda su estancia, así como los panes y pasteles? Y sea cual sea el manjar que tenga en su plato, siempre encontrará un buen vino para acompañarlo.