La legión "extranjera" del fútbol francés
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El 12 de julio de 1998, Francia se lleva la Copa Mundial tras doblegar a Brasil por 3 a 0. La emoción embarga a todo el país. Centenares de miles de personas inundan los Campos Elíseos para celebrar la consagración de su equipo mestizo, considerado como la representación de un auténtico modelo de integración.

Doce años después, con motivo de la Copa Mundial de la FIFA, que se celebraba por primera vez en la historia en África, el Centro Nacional de la Historia de la Inmigración decidió dedicar una exposición a la relación entre el fútbol y la inmigración a través de una retrospectiva que analizara el fenómeno universal que es el fútbol.

La exposición “Allez la France! Football et immigration” (“¡Vamos, Francia! Fútbol e inmigración”) estaba compuesta de cuatro partes: los orígenes ingleses del fútbol y su difusión en Francia, la contribución de los jugadores extranjeros al campeonato francés desde su creación en 1932, las diferentes generaciones de futbolistas de la selección gala surgidos de las olas migratorias de 1938 a 1998 y el “Café des sports”, un lugar de debate.

La exposición, inaugurada el 26 de mayo de 2010 y cuya fecha de clausura estaba prevista para octubre de 2010, gozó de tal éxito que sus organizadores decidieron mantenerla abierta al público hasta el 2 de enero. “Nuestro museo quería abordar de forma temática la historia de la inmigración y el fútbol nos resultaba interesante porque se avecinaba la Copa Mundial de 2010”, explica Fabrice Grognet, comisario de la exposición, a FIFA World.

“’Allez la France! Football et immigration’ ha despertado un gran interés por parte de los medios de comunicación pero también por parte de los grupos de estudiantes. Por este motivo decidimos alargar la exposición”, añade.

"Made in England"
Nada más entrar a la sala, recubierta de césped artificial, al visitante lo invadía el ambiente real de un estadio de fútbol, con cánticos incluidos, emitidos por unos altavoces. La primera parte de la exposición se centraba en el nacimiento del fútbol, gestado en Inglaterra a mediados del siglo XIX. En las vitrinas, una retahíla de reliquias prestadas por la FIFA, la Asociación de Fútbol de Francia, el National Football Museum de Preston, del Reino Unido, y el Musée National du Sport francés.

Entre los objetos que ilustraban la retrospectiva encontramos los primeros uniformes de los futbolistas, que llevaban las gorras de terciopelo típicas de los colegios ingleses, pantalones bastante anchos, los ancestros de los pantalones cortos, así como zapatos y balones de cuero que nos recuerdan cuánto ha evolucionado el fútbol. La inmigración surgía como tema por primera vez al abordar la difusión del fútbol en el país.

En Francia, el fútbol tenía en origen cierto carácter elitista y se practicaba en el ejército o en las grandes escuelas. Las fotos de finales del siglo XIX, que inmortalizaron un entrenamiento de la escuela alsaciana del Bosque de Boulogne, un barrio periférico de París, así lo demuestran. En el país galo, el balompié se hizo verdaderamente popular gracias a la Primera Guerra Mundial. “Durante la guerra de trincheras, hubo bastante tiempo en el cual no hubo ningún combate y, a partir de entonces, aquellos reclutas que se entretuvieron jugando al fútbol difundieron su práctica cuando volvieron a casa”, aclara Fabrice Grognet. Más tarde, durante los años veinte, aumentó la tendencia a fichar jugadores extranjeros.

El FC Sochaux y su fundador, Jean-Pierre Peugeot, magnate automovilístico, así como el estadio Rennais de Isidore Odorico son dos de los precursores de la profesionalización del fútbol en Francia. “Peugeot creó este club para dar una imagen a su marca y para federar a sus obreros en torno al nombre de la marca. Intentó crear un equipo de ensueño reclutando uruguayos, suizos e ingleses”, relata el comisario de la exposición. Por aquel entonces el fútbol sigue siendo amateur y ello supone un problema. El club se ve expulsado del campeonato francés y Jean-Pierre Peugeot crea en 1930 su propia copa, que lleva su nombre y podía admirarse en la vitrina dedicada a los inicios del balompié profesional francés.

En seguida nos adentramos en la segunda parte de la exposición, que presentaba la liga nacional, fiel reflejo de la sociedad. Once tótems que representaban jugadores extranjeros que brillaron en el campeonato se alzaban en el centro de la sala. Encontramos, entre otros, a Rudolph Hiden, portero de origen austriaco, y a Pedro Duhart, uruguayo, ambos nacionalizados franceses en los años treinta. También estaban allí el portugués Pedro Miguel Pauleta, el argentino Osvaldo Piazza y el malí Salif Keita, por citar algunos.

Además, se exponían los retratos, perfiles y equipamientos de quienes podríamos llamar los “reservas” del once inicial ideal. Los argelinos Nourredine Kourich y Moustapha Dahleb y los benineses Jean-Marc Adjovi- Boco formaban parte de este grupo.

A partir de 1960, los clubes franceses empiezan a buscar refuerzos en sus antiguas colonias, especialmente en África. El camerunés Eugène N’jo Lea y el malí Salif Keita allanan el camino al liberiano George Weah, al ghanés Abedi Pelé y al marfi leño Didier Drogba. Un vídeo mostraba un reportaje sobre la historia y recogía las impresiones de Salif Keita, ex delantero del AS Saint-Étienne y actualmente presidente de la Asociación de Fútbol de Mali. En otra pantalla se podía escuchar el punto de vista de Joseph Antoine Bell, figura emblemática de la lucha contra el racismo en el fútbol francés de los años ochenta. El antiguo guardameta del Olympique de Marsella y del Girondins de Burdeos evocaba las dificultades de integración con que se toparon los jugadores africanos en esta época.

Generaciones
La tercera parte de la exposición se centraba en cuatro generaciones de la selección gala entre 1938 y 1998. En las vitrinas se veían objetos cedidos por la FIFA de la primera Copa Mundial, celebrada en Uruguay en 1930. Muy cerca, una pequeña pantalla casi a ras de suelo proyectaba imágenes de la competición.

De las paredes colgaban fotografías de cuatro generaciones de la selección: en la de 1938 distinguimos a Raoul Diagne, de origen senegalés y primer jugador negro que vistió los colores de Francia en 1931. Otros jugadores como Roger Courtois, suizo, y Auguste Jordan, austriaco, forman parte del grupo de jugadores surgidos de la inmigración que militaron en la selección francesa en el Mundial de la FIFA organizado en el país galo en 1938.

En aquella época, algunos periódicos de extrema derecha se indignaron al ver que estos jugadores participarían en el torneo y criticaron la nacionalización precoz de dichos futbolistas bajo el pretexto de que tenían talento. “A partir de los años cincuenta, se instaló una especie de meritocracia en el deporte. En 1958, con motivo del Mundial de Suecia, tenemos a Raymond Kopa (Kopascewski era su verdadero apellido) y a Maryan Wisnieski, de origen polaco. Así surge la generación de hijos de obreros para quienes el ascenso social se logra mediante el fútbol”, explica Fabrice Grognet. La generación de 1986, con Michel Platini, Luis Fernandez e incluso Yannick Stopyra, siguió la estela de la de 1958.

De nuevo, un vídeo recogía las declaraciones de estos futbolistas. A continuación aparecía la generación de 1998, los campeones del mundo con Zinédine Zidane, Marcel Desailly y Youri Djorkaeff. Las imágenes del Mundial del 98 servían para recordar a los visitantes el momento en que Francia se convirtió en campeona en su propio país y para traer buenos recuerdos de aquella selección mestiza que cosechó
éxitos.

Fabrice Grognet nos cuenta: “A diferencia de otras selecciones nacionales,
la francesa contó muy pronto en sus filas con jugadores naturalizados y con otros
provenientes de familias de inmigrantes o de grandes colonias, y algunos de ellos se
convirtieron en auténticas estrellas. Está claro que hoy en día no podemos afi rmar
que haya desaparecido del deporte la intolerancia y seguramente hay mucha
política en todo esto. A menudo se juzga a las personas y no su habilidad con el
balón. Cuando Francia hace un mal partido, algunas personas se indignan y la toman
con los jugadores de familias inmigrantes”.

Subrayando que la inmigración y la “pertenencia” a un país rara vez son algo tan sencillo como elegir entre blanco o negro, la última parada de la exposición era el “Café des sports”, un local social imaginario, reformado y concebido como lugar de intercambio y de debate. Unas cuantas mesas de bar hacían las veces de pantalla y mostraban imágenes cuyo tema era el sentimiento de pertenencia a un territorio, a una nación o a una identidad concreta. Tres proyecciones audiovisuales evocaban la rivalidad entre el Paris Saint- Germain y el Olympique de Marsella, dos clubes rivales de la liga francesa, la invasión del terreno de juego del Stade de France durante el partido amistoso entre Francia y Argelia en 2001 y la situación de los inmigrantes portugueses en la capital en los años ochenta.  “No tenemos una sola identidad, sino varias”, concluye Fabrice Grognet.

Todos aquellos que no hayan podido acercarse a la exposición pueden adquirir
el libro titulado “Allez la France! Football et immigration”, editado por el centro.