Roa, el hombre de las mil batallas
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La lucha, la fama y la fe son tres conceptos ligados íntimamente a la vida de Carlos Roa. Y es que el ex portero argentino, que vivió sus mejores momentos con el Mallorca y la selección argentina en la década del 90, ha combinado sus éxitos deportivos con inmensos desafíos personales.

A los 42 años, a fuerza de perseverancia y voluntad, el santafesino ha sabido imponerse a la malaria, un cáncer testicular y un retiro provisorio de la actividad por motivos religiosos hasta convertirse hoy día en el entrenador de arqueros de River Plate. De eso, y mucho más, habló en exclusiva con FIFA.com.

Carlos, se le había perdido el rastro desde su retiro del fútbol profesional. ¿Cómo se le presentó la oportunidad de sumarse al cuerpo técnico de River Plate?
Fue inesperado. Matías (Almeyda) me llamó por teléfono a la una y media de la mañana, el fin de semana que se concretó el descenso de River, y me ofreció sumarme a su cuerpo de trabajo. ¡Fue fantástico! Con él habíamos tenido muy buena relación en el Mundial de 1998 y, si bien no éramos íntimos amigos, hablábamos cuando nos veíamos. Desde que se dio esta oportunidad estoy feliz, descubriendo día a día lo que es el mundo River, una cosa impresionante.

¿Cómo es entrenar arqueros tan jóvenes?
Yo aprendo de ellos también. Hay que adaptarse a la frescura de la espontaneidad, de intercambiar ideas. Me preguntan cosas sobre mi pasado, pero no me pongo de ejemplo nunca. A esta generación lo que menos le gusta es que uno se pase resaltando lo que ha hecho a lo largo de su carrera. Estos chicos tienen más talento que yo, que fui un arquero muy limitado. A mí me tocó hacerme de grande, por eso fui transferido a Europa recién a los 28 años. Ellos, si se lo proponen, llegarán mucho más lejos.
 
¿Nota cambios en los jóvenes de hoy respecto a los de su generación?
Puede ser. En la vorágine actual, algunos piensan que hay que conseguir todo ya: llegar a primera, tener el coche, armar una historia. Y todo sin sacrificio. A nuestras generaciones les costó mucho llegar, algo que valoro e intento transmitir. Hay que sacrificar pequeñas cosas para conseguir grandes logros. Cuidarse el fin de semana, comer bien, descansar. Hay muchas tentaciones. Por suerte mi grupo está armado por chicos muy centrados.

Hablemos del puesto. ¿Importa más la personalidad o la técnica?
No sé quién inventó el dicho, pero es muy fácil: ‘las que van afuera, no las metas adentro. Y las que van adentro, sacalas’. Nada más que eso. Se puede tener un arquero espectacular pero, si la que va afuera la mete adentro, no sirve de nada. A mí me gustan los porteros sobrios, serios y con personalidad.

Germán Burgos, ex compañero y colega suyo, manifestó que hay que estar un poco loco para ser portero. ¿Coincide?
Hay que tener una personalidad especial, seguro (ríe). Sobre todo, ser un tipo capaz de reponerse a las adversidades. Es un puesto muy ingrato, en el que tenés a 40 mil personas listas para insultarte si te equivocás. Y las tenés a un metro, no como el jugador de campo que está en movimiento constante y con opciones de revancha rápida. El arquero tiene que esperar a que le lleguen para reponerse. Lo importante es estar bien de la mente.

¿Cuáles son los mejores arqueros de la actualidad?
Es difícil elegir, pero en España siempre he tenido como referentes a Iker Casillas y Víctor Valdés. Cuando atajé en Mallorca ya me parecían arqueros de categoría: no es fácil estar tantos años como titulares y ganarlo todo con esos clubes. Son un ejemplo a seguir. En Argentina, los que están en la selección son referentes también.

Menciona a la selección, con la que tuvo un partido memorable: los octavos de final contra Inglaterra en Francia 1998…
¡Duró dos días ese partido! Empezó a la noche y terminó al día siguiente prácticamente. Fue infartante, pasó de todo: gente llorando, supe luego que hubo otros que fallecieron. Enfrentar a Inglaterra va a ser siempre muy especial, el rival de toda la historia. Y aunque digan que algunos asuntos no cuentan, todo suma. Mi familia me llamó para contarme la expectativa que había antes del penal decisivo y la explosión vivida cuando lo atajé. En ese momento me hubiese gustado estar en casa para presenciar todo eso.

¿Intuía que atajaría alguno?
Después de la final de la Copa del Rey con el Barcelona (ndlr: en 1997/1998, detuvo tres remates) me habían puesto el mote de especialista, pero no lo era. Recuerdo que Daniel Passarella vino al final del partido, me palmeó la espalda y me dijo “tenemos que ganar en los penales, ¿eh?”. ¡Me puso una mochila de cinco mil kilos! Recuerdo ir hacia el arco pensando “pucha, mirá si perdemos por penales. El tipo me dijo que los tengo que atajar… ¿y si no los atajo? ¡Se me viene la noche!”. Gracias a Dios salió todo bien. Ese partido ayudó mucho a mi carrera.

Sin embargo, cuando tuvo la propuesta de sumarse al Manchester United, prefirió desistir y retirarse por motivos religiosos. Entre otras cosas, porque no podía trabajar los sábados. ¿Se arrepiente a la distancia?
Fue una decisión muy difícil en el mejor momento de mi carrera. Estaba convencido de lo que hacía por el bien personal y de mi familia. Si lo evaluamos en términos futbolísticos no fue bueno: mi retorno no fue nada fácil. Al día de hoy hay gente que me cruza por la calle y me dice que le fallé, que los hice llorar. Es fuerte. Una persona pública es muy observada. No diría que fue una mala decisión de todos modos. A partir de eso, en mi vida sucedieron cosas que me permitieron abrir los ojos.

Los amigos del campeón…
Eso me pasó, sí. Por eso digo que me sirvió: pude purgar cosas en el entorno, cuestiones que de otra manera no hubieran surgido. Desilusiona el ver que gente íntima o familiares que antes estaban con vos ya no están, no es lo que uno espera. Pero sirve para dejar de confiar en todo el mundo y empezar a pensar bien antes de dar cada paso.

Pero decidió retornar de todos modos. ¿Qué extrañaba?
¡Jugar! La adrenalina, la gente… el salir al estadio y escuchar el rugido del público, los cantos. ¡Es impagable! Cuando me retiré fui al campo en Córdoba, donde no había nada prácticamente. Era un lugareño más entre las montañas. Fue un cambio brusco y complicado, pero espectacular. No me arrepiento de nada, aunque me costó regresar a jugar. Fue mucho más duro el tema del cáncer.

¿Cómo fue esa experiencia?
Ya estaba en Albacete, me encontraba perfectamente bien y se hablaba de volver a la selección. Pero esa recaída fue fatal en lo anímico.

¿Qué es lo más duro de pasar por eso?
El saber que no depende de uno. Cuando te dicen cáncer, es muy complicado. El mío era de testículo, y me aclararon que era tratable e iba a estar bien. Contaba con un 95% de posibilidades, pero el otro 5% te queda dando vueltas en la cabeza. Es una enfermedad put…, complicada. Te consume en vida. No fue fácil para mi familia, ver cómo uno va perdiendo pelo y peso. Se te transforma el cuerpo completamente. Pero bueno, me ayudó mucho ser creyente y confiar en Dios.

¿Le encuentra explicación a semejante experiencia?
A veces son situaciones que nos pasan a los seres humanos para que reveamos muchas cosas. A mí me desaceleró muchísimo: era hiperactivo, perfeccionista. ¿Y para qué? No digo que no me haya dado frutos, pero la vida en la Tierra es un suspiro y hay que disfrutarla. Ahora estoy bajado de revoluciones, más tranquilo, e intento ayudar a los demás.

La salud lo ha puesto a prueba muchas veces. Pocos recuerdan su contagio de malaria en Racing Club…
¡Fue desastroso! Nos fuimos de gira a África a principio de los 90 y me atacó pese a que había tomado la medicación. La enfermedad no era muy conocida en Argentina y se manifestó al regreso. Me estaban por dar el alta y sufrí una recaída que me dejó un mes internado. Tuvieron que ir a Brasil a buscar la medicación porque acá no había. La pasé muy mal, me curé de milagro. Creo que en mi vida entré al quirófano unas diez veces. ¡Un récord! Salí de todo gracias a Dios, estoy cada vez más creyente (risas).

Entre tantas experiencias positivas y negativas, ¿qué deseo le queda a Carlos Roa por cumplir en esta vida?
Quiero vivir muchos años para estar con mis hijas. Verlas casadas, disfrutarlas al máximo. No quisiera morir nunca. Me gustaría ser viejito y estar con muchas canas, muchos años y ver crecer a mis nietos. Junto a mi esposa Silvia, claro. ¡Si no la nombro es ella la que me va a matar!