Zé Roberto: "Tengo el privilegio de decidir"

Con una exitosa etapa en Alemania, una breve experiencia en el Real Madrid y dos participaciones en la Copa Mundial de la FIFA™ en su currículo, Zé Roberto, uno de los principales refuerzos del Grêmio para esta temporada, tiene mucho que contar. 

FIFA.com ha tenido la oportunidad de reunirse con el curtido jugador, quien repasa algunos de los principales puntos de una carrera, en la que se topó varias veces con el genial francés Zinedine Zidane de manera poco afortunada.

A sus 38 años, el centrocampista se halla en plena forma, lucha por conquistar la liga brasileña y parece estar aún lejos de colgar las botas. “Tengo el privilegio de poder decidir cuándo parar”. Lo explica en esta entrevista.

¿Cómo están siendo estas primeras semanas de vuelta en Brasil, después de tanto tiempo fuera?
Estoy muy contento, me gusta mucho el proyecto que ha presentado el Grêmio. Me he implicado a fondo, y espero hacer un gran trabajo. El comienzo es un poco difícil, ya que falta algo de ritmo y de ajuste. La ciudad es muy parecida a Alemania, con gente muy amable, un tráfico muy ordenado… Esto me ha llamado la atención. Y el pueblo es muy cariñoso. Me está gustando mucho.

De momento ha jugado pocos partidos, pero se ha podido ver que está en buena forma física: ¿cómo ha llegado tan bien a este punto de su carrera?
Estoy muy agradecido por los genes que Dios me ha dado, por haber llegado a esta edad con un nivel alto. Pero siempre me he cuidado. La familia también es mi base: estoy siempre con mis hijos, no soy de salir de noche. Antes de los entrenamientos, y después, cuando puedo, trabajo para perfeccionarme, veo si me falta explosión, hago fortalecimiento lumbar y de las articulaciones. También ayuda, para tener una carrera de casi 18 años, no haber sufrido nunca ninguna lesión seria. Y tampoco sé lo que son las lesiones comunes: grado uno, grado dos… Nada que me haya apartado de los terrenos de juego. 

Hay muchos casos de jugadores que protagonizaron carreras longevas, aunque fueron retrocediendo dentro de la cancha, como Matthias Sammer y Lothar Matthaeus. En su caso, ha sido exactamente al revés: del lateral al mediocampo y ahora a la mediapunta. ¿Cómo ha ocurrido esto?
Siempre he sido un jugador muy ligero, tengo casi el mismo peso que cuando empecé, y cuando se une la ligereza con la técnica y la velocidad, eso da la posibilidad de actuar en cualquier puesto. Pero creo que, por destacar mediante la técnica, poder crear jugadas para los delanteros y realizar acciones individuales, he ido avanzando. Y, si no se sufren lesiones, solamente para de jugar quien quiere. Mi única dificultad es que no aguanto mucho lejos de mi familia. Siempre que tengo descanso quiero estar con ellos. Aquí, en Brasil, se exige mucho de los deportistas, y eso quita mucho tiempo para estar con la familia. Ya veremos al final del año. Es mucho mejor poder decidir que simplemente dejar de estar en condiciones de jugar. Tengo ese privilegio.

Volviendo la vista atrás, la primera vez que usted quiso jugar en el extranjero fue en España. Teóricamente, para un brasileño, se trataba de una realidad más fácil de asimilar que Alemania, pero no tardó en volver. ¿Por qué no funcionó?
Me fui muy joven, y además de un equipo considerado pequeño, el Portuguesa, para un grande como el Real Madrid. Sabía que, para triunfar allí, iba a necesitar tiempo. Pero, como tenía el sueño de jugar el Mundial [Francia 1998], y estaba siendo convocado desde la Sub-23, tuve una charla muy franca con Zagallo. Me dijo que contaba conmigo en el plantel, pero que debía jugar. Sabía que, para hacerme un hueco allí, me harían falta algunos años. Entonces me decidí por el Mundial y cambié el Madrid por el Flamengo. Creo que si me hubiese quedado habría triunfado, independientemente de la competencia, como pasó en Alemania, donde estuve 12 temporadas. La diferencia es que allí tuve tiempo para adaptarme a las costumbres, entender el idioma alemán, aprender la forma de jugar de allí.

Al pensar ahora en su largo periodo en Alemania, parece que su adaptación resultó muy fácil. Pero al principio no lo fue tanto, ¿no?
No, caramba, la mayor dificultad que tuve fue el periodo de adaptación en el Leverkusen. Me llevó casi un año. Llegué en verano, pero después de tres, cuatro meses entramos en lo peor del invierno, con nieve y temperaturas de -10 ­­ºC. Eso para un brasileño, sin hablar el idioma. Tenía ganas de subir al primer avión y marcharme. Pero, como ya había pasado por España sin triunfar, me había propuesto superar esas dificultades. Y llegué a un club que daba mucho apoyo a los extranjeros. Teníamos un intérprete, y estaban los brasileños: Emerson, Robson Ponte y Paulo Rink. No me lo pensé. Era algo que nunca se me había pasado por la cabeza. Cuando recibí la oferta del Leverkusen, convencí a mi esposa de que era una oportunidad tal vez única, iríamos para quedarnos un año y aprovechar el escaparate que suponía. Acabamos construyendo prácticamente toda nuestra vida allí. 

Hablemos ahora del Mundial. Usted estuvo en las ediciones de 1998 y 2006, pero acabó perdiéndose precisamente la de 2002. ¿Le molestó no participar en la conquista del título de Brasil?
Por supuesto. De repente, se convirtió en mi mayor frustración. En 2002 estaba viviendo mi auge en Europa. El Leverkusen hizo una gran temporada, jugó las finales de la Copa de Alemania y de la Liga de Campeones. También luchamos por el título de la Bundesliga. Por desgracia, no ganamos ninguno de los tres, pero aquel año pasó a la historia. Eran cosas que el club nunca había hecho. Estaba en el mejor momento, y acabé quedándome fuera de la selección por culpa de dos partidos. A pesar de que la selección estaba en un momento convulso y experimentaba cambios, fui convocado por todos los entrenadores. El último fue Felipão, que me llamó junto a Serginho [lateral] y Juan [central], para los dos últimos partidos de la fase previa. El primero fue en altitud, en La Paz, y acabamos jugando mal [perdieron 3-1]. El equipo ganó contra Venezuela, y nosotros nos quedamos fuera. Yo ya me veía prácticamente dentro de aquel grupo, pero el entrenador optó por llevar a otros jugadores.

Comparando los dos torneos que disputó, los de 1998 y 2006, ¿cuáles son las principales diferencias? 
En 1998 llegamos en el grupo de los favoritos, precisamente como una de las dos o tres selecciones candidatas al título. Creo que hicimos un gran Mundial y acabamos perdiendo ante un rival muy potente. Aprendí mucho allí, con jugadores experimentados como Dunga, Leonardo, Bebeto y Rivaldo. Hicieron un gran Mundial, y al final perdimos porque los franceses estaban muy fuertes en casa. En la final jugaron muy bien. Allí nosotros teníamos un grupo más concentrado. En 2006 fue distinto: parecía que no había demasiado compromiso, con dos o tres jugadores que vinieron por encima de su peso. Estaba aquella fiesta [en Weggis (Suiza)] frente al campo de entrenamiento, con samba y cosas de Brasil. No teníamos tiempo aparte para nosotros, solo con jugadores y el cuerpo técnico. Eso dificultó la concentración, y las expectativas eran muy grandes. Hoy en día se señala a España como candidata al título en cualquier torneo, y en aquella época lo era la Seleção, que acababa de ganar la Copa América y la Copa Confederaciones. Pero no teníamos un equipo centrado.

Por cierto, hasta tres veces equipos suyos acabaron cayendo ante otros encabezados por Zinedine Zidane: en los citados Mundiales y en la final de la Liga de Campeones 2002, Bayer Leverkusen-Real Madrid. ¿Se siente incómodo, de algún modo, al acordarse de él?
Así es, y Zidane ganó esos partidos... Pero no. Medirse con grandes jugadores implica eso. Cuando nos enfrentamos y no conseguimos el título, es bastante frustrante. Pero competir en la época de Zidane, contra un jugador de esa calidad, técnica... Fue frustrante, pero también gratificante.