Parreira: "Ganar un Mundial deja huella"
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Sea cual sea la situación o el tema -o temas, en plural-, conversar con Carlos Alberto Parreira sobre fútbol significa ir siempre al fondo, ya sea en los análisis de este gran conocedor del deporte rey o en las historias de quien ha vivido, entre tantas otras cosas, seis Copas Mundiales de la FIFA™ como entrenador. Aprovechando su estancia en el Reino Unido en calidad de miembro del Grupo de Estudios Técnicos de la FIFA para los Torneos Olímpicos de Fútbol, el brasileño habló con FIFA.com del título mundial de 1994 y, principalmente, de lo que siempre ha marcado diferencias para él: no renunciar a hacer las cosas a su manera.

¿Qué opina de la generación de jugadores brasileños que alcanzará su auge en 2014? ¿En qué se parece a las anteriores?

La valoración, en última instancia, se hace en el torneo. En Brasil siempre hay talentos, promesas... En 40 años de fútbol ya he oído decenas de veces que alguien “va a ser el nuevo Pelé” y después se queda a medio camino. Eso vale para toda una generación: se gana en la cancha, cuando llegue el momento. Esta generación promete y tiene talento, pero no lo comprobaremos de verdad hasta 2014. Se trata, tal vez, de una de las más talentosas que hemos tenido en los últimos tiempos, considerando la presencia de Neymar, que es un fuera de serie.

Usted es uno de los ejemplos más claros de hasta qué punto la victoria en una Copa Mundial de la FIFA puede influir en la carrera de alguien, de cómo ha definido su perfil, ¿no es así?

Sin duda. El Mundial es la cumbre, el punto máximo de la carrera de un entrenador o jugador. Uno puede haber hecho millones de cosas buenas, fallado en otras, haber cosechado éxitos y fracasos. Lo que deja huella es la conquista de un Mundial. Yo lo he notado en los últimos años: es impresionante cómo te trata la gente, cómo te respeta, cómo te mira de un modo distinto. Cuando me presentan: “Parreira, campeón del mundo”. Ganamos el Mundial hace 18 años, y justo el otro día me pararon dos veces por la calle, eran ingleses, me felicitaban y decían “you’re a legend” [es usted una leyenda”]. Es un rótulo que queda, con orgullo, para el resto de la vida.

Mucha gente trataba con cierto desdén a aquel equipo de 1994, incluso después de haber sido campeón. ¿Todavía percibe eso?

El tiempo pasa y nadie se acuerda de esto o de aquello. Lo que deja huella es el título, y punto. Un título que acabó con una sequía de 24 años sin ganar, sin ni siquiera llegar a la final. Si uno mira atrás, el equipo era muy bueno: Taffarel está entre los mejores arqueros de Brasil de todos los tiempos. Jorginho, igual. Aldair, lo mismo. Branco también -no quiero hacer comparaciones con Nilton Santos, que fue un fuera de serie-, pero está entre los mejores laterales izquierdos que hemos tenido. Dunga fue un buen centrocampista en esa función de organizar y defender. Y, además de todo eso, Romario y Bebeto. El equipo era bueno técnicamente. Por eso ganó. Tenía calidad y contaba con los demás elementos fundamentales: unidad, trabajo del cuerpo técnico, jugadores, planificación.

Aquellos 24 años sin conquistar el título generaron una presión gigantesca, ¿no?

Enorme. Nuestro mayor adversario fue esa presión. Para nosotros era incomprensible: abríamos los periódicos, mirábamos la prensa y pensábamos: “Dios mío de mi vida, llevamos 24 años sin ser campeones y esta gente, en vez de ayudar, está estorbando, quieren destruir a todo el mundo”. Por suerte, había un cuerpo técnico muy experimentado -Zagallo, yo, Moracy Sant’Anna, Admildo Chirol, Américo Faria-, así que no nos dejamos influir por las críticas. Teníamos nuestro camino, nuestra manera. Si existe algo que nos enorgullezca de aquella victoria es haberlo hecho todo a nuestra manera. En ese sentido, en 1997 o 1998 yo impartí una conferencia para la UEFA dirigida a todos los técnicos europeos. El entrenador campeón del mundo era el invitado especial. En la presentación traté los diez principales puntos: compromiso, el orgullo de vestir la camiseta amarilla, etc. Y uno principal: inculcar a los jugadores la idea de que el Mundial es una competición corta en la que no se puede fallar. Así que teníamos un lema: eficacia máxima y errores cero. El objetivo era solo uno: volver a ser campeones. Se mentalizó al plantel para eso. Por eso no dejamos que nos afectasen las críticas. En aquella conferencia, después de la presentación, hicieron un vídeo y lo distribuyeron por todo el mundo, con mi fotografía y abajo el título que le pusieron: “My Way”, como la canción de Frank Sinatra. (risas)

Si no hubiese habido esa presión tan grande, de todo aquel tiempo sin conseguir el título, ¿habría hecho usted algo diferente? ¿El equipo habría jugado de otra forma?

No, no. Criticaron tanto al equipo que, después de que ganase, se quedaron sin nada de qué hablar. Decían: “ganó, pero no hizo un juego bonito”. ¿Qué es jugar bonito? Se juega con eficacia, que es saber defender y atacar para obtener un buen resultado. Y eso lo tuvimos: terminamos invictos. Y el equipo no era europeo, muy al contrario. Eso es una idiotez que se inventó. Nunca lo fue. El equipo no se confeccionó con ningún principio europeo. Pusimos énfasis en la escuela brasileña: jugábamos con una línea de cuatro, que es característica del fútbol brasileño desde siempre, marcaje en zona y posesión del balón, toque de balón. Esas fueron las características. A la hora de defender, teníamos ocho jugadores atrás, como habíamos hecho en 1970 con Zagallo: cuando se perdía el balón, todos volvían. Éramos ocho, porque Romario y Bebeto eran jugadores especiales, a los que nunca se había entrenado para que ayudasen en defensa. Los europeos se quedaron sorprendidos con esa organización, con la preparación física. No llevamos ningún susto en el Mundial. ¿Usted sabe lo que es jugar un Mundial sin llevar sustos? ¿Sin ser presionado? No hubo un solo partido en el que Taffarel fuese nuestro mejor jugador, porque el equipo era sólido defensivamente.

Cuando usted habla del pequeño margen de error de un Mundial, eso hace pensar que una decisión brusca, como la suya de quitar a Raí del equipo titular, pueda ser de las más difíciles de tomar. ¿Es así?

Claro. Uno tiene que estar seguro y asumir las consecuencias. Raí era nuestro gran hombre, nuestro capitán. Sufrió con la transición: se había ido al fútbol europeo en 1993, al París Saint-Germain, estuvo sin jugar, no tuvo vacaciones durante dos años, hasta el Mundial. Eso le afectó demasiado. Cuando regresó, incluso sin jugar bien, yo lo puse de titular. Empezó así. Hasta que, después de la fase de grupos, decidimos colocar de titular a Mazinho, que era un jugador polivalente. Contra Estados Unidos, en octavos, jugó en tres posiciones: cuando Leonardo fue expulsado, se desplazó al lateral izquierdo, después actuó por la derecha y acabó el partido de nuevo en el medio, con Mauro Silva y Dunga, donde fue titular hasta el final del torneo. Técnicamente, era muy bueno, aunque era un centrocampista que no tenía vocación ofensiva. Si no entró un jugador con características más ofensivas era porque en aquel momento no lo teníamos. El más ofensivo era Raí, seguido de Zinho, que era el otro titular. Tanto que, si se leen los periódicos de aquella época, no hay ninguna queja, ningún clamor por no haber llamado a ese o a aquel. Neto era un buen centrocampista, pero no se asentó en la selección. A Rivaldo llegamos a probarlo: se estrenó en la selección con nosotros, contra México. Lo hizo bien, pero no llegó a cuajar, no nos dio seguridad para llamarlo entonces. Después, claro, creció mucho y fue importantísimo en el título de 2002.

¿Qué significa para el entrenador, exactamente, ese “asentarse en la selección”? ¿Es diferente observar a un jugador vistiendo específicamente los colores de la selección?

Es fundamental. Cambia mucho. Cambian el esquema, lo que se pide, las responsabilidades, la calidad técnica, el grado de exigencia, porque todo el mundo te está mirando. Algunos no le prestan atención y reaccionan bien, y otros sienten el peso de la camiseta. Branco, por ejemplo: en 1994, había pasado por un periodo de lesiones, acababa de volver a Brasil, estaba parado en el Corinthians. Pero no solo había sido ya campeón de Brasil conmigo en el Fluminense en 1984, sino que también había hecho ya dos Mundiales espectaculares en 1986 y 1990. Afrontó aquellos torneos como si estuviese jugando en el patio de casa, sin presión. Eso cuenta. Por eso no tuve dudas a la hora de llamarlo, y, cuando fue necesario, apareció: no solo marcó el gol decisivo contra Holanda, sino que aquel día también anuló a [Marc] Overmars, que era su jugador más peligroso.

¿Hay veces en que las convicciones al final tampoco funcionan? ¿Fue así en 2006?
Lo que pasa es que, a veces, las situaciones se imponen, de una cierta manera. Quiero decir, en la medida en que las cosas van saliendo bien, a uno le resulta difícil efectuar muchas modificaciones, porque, al fin y al cabo, los resultados están llegando. Creo que eso es un poco lo que pasó con el equipo del Mundial de 2006: empezamos a intentar hacer funcionar un esquema con cuatro jugadores que prácticamente nunca tenían la responsabilidad de defender: Kaká, Ronaldinho Gaúcho, Adriano y Ronaldo. Era un ataque de tanto talento y que, durante mucho tiempo, había funcionado tan bien -como en la Copa Confederaciones, con Robinho en lugar de Ronaldo- que resultaba muy difícil tener dudas. Pero, por las razones que ya han comentado todos muchas veces -que había jugadores que no estaban en su estado de forma idóneo, que faltó un poco el compromiso necesario en un torneo así-, al final no trasladamos al Mundial el desempeño que estábamos teniendo. A veces es así: cuando una idea empieza a funcionar, te arrastra, para bien o para mal.