Cuando Madjer coronó al Porto sobre la nieve

“Sencillamente, no paraba de nevar”, recordaba Rabah Madjer sobre aquel 13 de diciembre de 1987 en Tokio, donde el argelino se disponía a representar al FC Porto contra el Peñarol en la Copa Intercontinental. “Hacía un frío que pelaba, y no sabía cómo íbamos a poder mover el balón con una nieve tan espesa”.

Eso no era lo único que infundía pesimismo a los jugadores de los Dragões al saltar al campo del Estadio Nacional tokiota. El Peñarol había estado presente anteriormente en cuatro ediciones de la Copa Intercontinental, y se había impuesto al Benfica, el Real Madrid y el Aston Villa en las últimas tres; mientras que el equipo de Oporto nunca había participado en el gran duelo transoceánico hasta entonces. Además, Sudamérica había ganado 8 de las 9 últimas Copas Intercontinentales, con el triunfo del Juventus sobre Argentinos Juniors en 1985 (en la tanda de penales) como única excepción. Y mientras que el grande uruguayo acudía a Tokio con todo su arsenal, el tapado portugués había vendido a su principal estrella, Paulo Futre, al Atlético de Madrid después de conquistar su título europeo meses antes; y en la capital nipona no podría contar con los lesionados Celso y Juary.

Más de 68.000 espectadores (una asistencia asombrosa a tenor de los grados bajo cero de temperatura) presenciaron de entrada 40 minutos en los que pasaron muy pocas cosas, ya que la nieve hacía imposible trenzar dos pases seguidos o regatear. Entonces, el balón le cayó a Madjer cuando se disponía a pisar el área por la derecha. El norteafricano de 29 años fintó el disparo, provocando que un defensa del Peñarol se deslizase infructuosamente por el manto blanco en su intento por robarle el esférico, antes de recortar y enganchar un potente zurdazo. El balón superó al arquero Eduardo Pereira y parecía destinado a colarse junto a la cepa del poste, pero, a escasos centímetros de traspasar la línea, se quedó muerto sobre la nieve. Afortunadamente para los jugadores blanquiazules, Fernando Gomes le ganó la partida a un defensa del Peñarol y logró empujar el balón más allá de la línea de gol para romper el empate.

Tales eran las dificultades que tenían los jugadores cuando intentaban pasar la pelota en semejantes condiciones que, nada más sacar de centro para iniciar el segundo periodo, el FC Porto dio un puntapié al balón hacia el campo contrario lo más lejos que pudo. Todo un indicio de que lo que buscaban los hombres de Tomislav Ivic era aguantar como fuese para vencer por 1-0; y estaban a apenas diez minutos de conseguirlo cuando el centrocampista de Peñarol Eduardo da Silva colgó un libre indirecto al área contraria, el suplente Matosas peinó el esférico hacia delante y Milton Viera, en medio del barullo, estableció el empate.

Los diez minutos restantes del tiempo reglamentado transcurrieron con pocos lances reseñables y sin goles. Y lo mismo sucedió en la primera parte de la prórroga.

Una jugada épica
Sin embargo, diez minutos antes de que el destino del trofeo hubiese de decidirse en los penales, Madjer fabricó una genialidad que contrastaba con las pésimas condiciones y que habría sido digna de resolver cualquier partido. Augusto Inacio cortó un ataque del Peñarol y dio un patadón al balón hacia delante. El uruguayo Obdulio Trasante llegó hasta él primero, pero se confió en exceso e inmediatamente se lo arrebató Madjer. El esférico se detuvo justo enfrente del argelino, clavado en la nieve. Instintivamente, Madjer lo remató de primeras y, por increíble que parezca, imprimió al cuero la suficiente altura y distancia para que se elevase por encima del guardameta Pereira, botase justo antes de la línea de gol y la traspasase lentamente.

El mediapunta magrebí había completado un admirable giro radical en su suerte. Sólo dos años antes, había sido rechazado por el Tours, de la segunda división francesa, por no cumplir las condiciones tácticas requeridas. Ahora, después de que su exquisito gol de tacón impulsase al FC Porto hacia una imprevista victoria sobre el Bayern de Múnich en la final de la Copa de Europa, otro de sus golazos marca de la casa había ayudado al cuadro luso a reinar en el mundo.

“Fue algo épico”, recordó Madjer. “Ese gol de Tokio es el que recuerdo con mayor placer. Los de tacón fueron más bonitos [también metió dentro un magnífico taconazo contra Os Belenenses], pero ése nos proclamó campeones mundiales. Llegó en el momento perfecto, pues fue en la prórroga. Y también fue un gol muy bonito, desde una larga distancia, y dificultado más si cabe por la nieve”.

“Fui elegido mejor jugador del partido y gané un coche”, continuó. “Me lo llevé a Portugal y lo conservo desde entonces. Todavía está ahí, en mi garaje. Llevo 23 años con el mismo coche y está como nuevo. Nunca me ha dado problemas; ¡ni uno! Las marcas japonesas son sin duda las más fiables. Pero eso es sólo con los coches, no con el tiempo en Japón. ¿Lo viste aquel día en Tokio? Nevaba, nevaba, nevaba y no paraba de nevar”. Afortunadamente para el FC Porto, su número 8 fue capaz de hacer magia con toda esa nieve.