Todos quieren a Guiñazú
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Echar raíces y sentirse en casa en un sitio puede ser algo peligroso para quien se dedique profesionalmente al fútbol. Cada vez que se abre el mercado de fichajes, surge la posibilidad de cambiar de club y de liga. De tener que dejar, llegado el caso, todo aquello que uno considera su hogar. A no ser, claro, que se trate de alguien como Pablo Horacio Guiñazú y tenga dos, ambos fuera de su país de origen. 

A principios de enero, el volante argentino vivió el que definió como día más difícil de su vida: dijo adiós al Internacional de Porto Alegre después de más de cinco años conquistando títulos y, sobre todo, granjeándose el respeto y la adoración de los aficionados. Cuando se disponía a marcharse de Porto Alegre, Guiñazú fue aclamado en el aeropuerto por gente que le agradecía todo lo que había hecho por el club. Y, aunque la despedida resultó dolorosa, sabía que le esperaba una escena parecida al aterrizar en Asunción: aún más personas idolatrándolo, y más agradecimientos, esta vez por regresar a su segunda (¿o primera?) casa en el fútbol: el Libertad.

“Sinceramente, nunca podría haber imaginado lo que sucedió en Porto Alegre, el cariño que me brindaron. Fue un sueño. Es un recuerdo que llevaré conmigo durante el resto de mi vida. Me siento muy orgulloso. No hay manera de retribuir eso”, explica el centrocampista, de 34 años, en una entrevista exclusiva con FIFA.com. “Pero la verdad es que, por otro lado, vuelvo a casa. Llego ganando un poco menos, pero con un cariño y una identificación muy grandes. Era algo que tenía que retribuir de la misma forma. También influyó el Presidente del Libertad [Horacio Cartes], que me trata como a un hijo. No podía decir que no. Aquí tengo casa, siempre venía en las vacaciones, tengo amigos...”.

Dicho todo esto —salir de una casa brasileña y llegar a otra paraguaya—, quizás haya que recordar que Guiñazú es argentino, de Córdoba. Por alguna razón, no adquirió el prestigio de que goza actualmente hasta salir de su país, y relativamente tarde. Hasta su primer fichaje por el Libertad, con 26 años, mostraba destellos irregulares en el fútbol argentino: en las filas de Newell’s Old Boys, donde se convirtió en profesional en 1996, e Independiente, del que salió en 2003 para jugar una temporada en el Saturn ruso. Al volver a Sudamérica recaló en el fútbol paraguayo, donde no tardaría en convertirse en una de las piezas fundamentales de la etapa más gloriosa de la historia del Libertad, en 2006, cuando el equipo fue campeón nacional y semifinalista de la Copa Libertadores.

Esa campaña en el certamen continental suscitó el interés, precisamente, del equipo que había eliminado al cuadro paraguayo y alzado el título, el Inter de Porto Alegre. Era la hora de que Guiñazú cambiase de nuevo de país y aumentase todavía más su reputación, y no solo entre los seguidores de su club. En el Colorado, se consolidaría como uno de los mejores volantes de Brasil, hasta el punto de llamar la atención, por fin, en su Argentina natal. Jugar, y destacar, en el fútbol brasileño permitió al centrocampista ser convocado por su selección.

Al fin, profeta en su tierra
“Tener ese reconocimiento tardío fue motivo de alguna sorpresa y, principalmente, de mucha alegría”, dice Guiñazú, quien, tras recibir una convocatoria aislada en 2003, regresó a la Albiceleste en noviembre de 2011, para disputar los encuentros de clasificación de la Copa Mundial de la FIFA Brasil 2014™ ante Bolivia y Colombia. “Vestir los colores de la selección Argentina es lo mejor que me ha pasado, porque sé que no es fácil: hay que competir con mucha gente que hace un buen papel en todo el mundo y también dentro del país”.

Como sucedió en el Libertad y el Internacional, Guiñazú también ha crecido en el plano psicológico con el combinado argentino de Alejandro Sabella. Aunque su fútbol pueda incluso discutirse, lo que transmite a las gradas y a sus compañeros de vestuario es innegable. “Yo soy así. Tengo la cabeza fuerte: soy un tipo al que le gusta entrenarse e intentar ir siempre un poquito más allá. Intento ser una excelente persona fuera de la cancha. Y dentro de ella, ser uno más”, señala. 

“Pasé a admirarlo mucho como persona y como profesional”, cuenta otro argentino del Internacional, Andrés D’Alessandro, a FIFA.com. “Guiña es un ejemplo de dedicación, esfuerzo, empeño y calidad. Todos los jugadores deben inspirarse en él y valorar lo mucho que se entrega por el grupo”.

Ha tardado unos cuantos años, pero ahora es así. Desde Porto Alegre hasta Asunción, pasando también por Buenos Aires, el tesón del volante argentino hace que sea reconocido de forma casi unánime. “Casi” porque quien juega contra él, en general, discrepa. Con la excepción de esos, puede decirse que todos quieren a Guiñazú.