México, tierra de porteros
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Pasan los años, cambian los nombres y las caras. Selecciones de México han ido y venido, algunas con grandes resultados y otras, con menos suerte. Algo, sin embargo, se ha mantenido constante: la seguridad en el arco Tricolor.

Desde el legendario Antonio Carbajal hasta el nuevo talento de Guillermo Ochoa, México ha tenido verdaderas fortalezas protegiendo sus tres postes. Guardametas de leyenda, que han dejado su nombre inscrito en el tiempo y han comenzado una dinastía que parece no tener fin.

Un pasado ilustre
De hecho, la historia dorada de la portería mexicana empieza mucho antes de los que algunos acreditan. Ya en la Copa Mundial de la FIFA Uruguay 1930, Óscar Bonfiglio fue capaz de detener un penalti del gran argentino Guillermo Stábile, quien se coronó máximo artillero de aquella competición.

Pero, para varias generaciones de aficionados mexicanos, nadie como el gran Antonio Carbajal. Con sólo 20 años debutó en Brasil 1950 e hizo suyo el puesto durante las siguientes cinco Copas Mundiales de la FIFA, convirtiéndose en el primer jugador en el mundo en llegar a esa cantidad. Maestro de la colocación y la sobriedad, la Tota es todo un símbolo de los guardametas mexicanos.

Su relevo, Ignacio Calderón, jugó en Inglaterra 1966 y México 1970: su sello era el espectáculo. Era un portero con cualidades inauditas, con gran liderazgo y mucho carisma. Sorprendía con sus uniformes completamente blancos y sus largas patillas. Además de sus hazañas dentro del campo, fue un héroe de fotonovelas en el país azteca.

El siguiente gran exponente de ese arte en México apareció en 1986. Pablo Larios era uno de los guardametas más arriesgados de su tiempo. Jugaba varios metros afuera de su área y sus salidas a cortar centros eran legendarias.

Pero fue su sucesor quien sorprendió al mundo. Con sus coloridos atuendos, su manejo de pelota con los pies y su capacidad sobrenatural, Jorge Campos impuso un estilo que se mantiene hasta ahora. Además, jugó como delantero con los Pumas y la selección mexicana, y según sus propias palabras su único lamento fue no poder nunca anotar un gol con la camiseta tricolor.

Presente brillante, futuro envidiable
En Francia 1998, dos jóvenes porteros iniciaron su aprendizaje detrás del gran Campos. El primero, Óscar Pérez, heredó el puesto de su ilustre predecesor y brilló el Corea/Japón 2002. El Conejo, llamado así por su pequeña estatura y gran salto, dejó una grata impresión en aquella competencia.

El segundo, Oswaldo Sánchez, se ha convertido en uno de los mejores porteros del mundo en los últimos años. Tras recibir el testigo de Pérez en 2003, se volvió un indispensable en el marco mexicano. Muy seguro de manos, espectacular en el uno a uno y con un liderazgo indiscutible, impresionó al mundo en la Copa FIFA Confederaciones Alemania 2005, confirmando lo que de él se esperaba en el gran escenario de Alemania 2006.

Podría pensarse entonces que, con 34 años, una edad más que aceptable para su posición, el futuro le pertenecería, por lo menos hasta Sudáfrica 2010. Sin embargo, ha encontrado a un adversario formidable en Francisco Guillermo Ochoa.

Descubierto por Leo Beenhakker, saltó a la titularidad del poderoso América con sólo 19 años, y su carrera ha sido meteórica. Tercer guardameta en Alemania 2006, fue nombrado mejor portero de la reciente Copa América Venezuela 2007 a pesar de alternar la titularidad con Sánchez. Sus formidables reflejos y su seguridad de manos lo han puesto en la mira de varios clubes europeos y, a los 22 años, parece listo para dar el salto a las ligas más importantes del mundo.

Y, por si esto fuera poco, detrás de ellos hay otros excelentes prospectos. Jesús Corona, Cirilo Saucedo y Jorge Bernal han brillado en la liga mexicana, mientras que las sensacionales atajadas de Alfonso Blanco impresionaron al planeta fútbol en la Copa Mundial de la FIFA Canadá 2007. Esos nombres, más los que surjan en el futuro, revelan que la dinastía de porteros mexicanos, lejos de extinguirse, está más vigente que nunca.