La eterna alegría de pueblo
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Un día de verano de 1983, miles de personas se apostaron a lo largo de las calles de Río de Janeiro. Henchida por una emoción indescriptible, una marea humana trepaba a las copas de los árboles, tomaba al asalto los puentes y se batía a empujones por un lugar desde el que contemplar aquel automóvil grande y rojo que avanzaba lentamente por el centro de la ciudad.

No era carnaval ni el vehículo paseaba un número espectacular al estilo de los que desfilan en la cabalgata anual de Río. Contenía otra fuente legendaria de entretenimiento, de índole muy distinta. Aquel automóvil transportaba los restos mortales de Manoel Francisco dos Santos, Garrincha, en su último viaje desde el estadio de Maracaná hasta Pau Grande, la pequeña ciudad en la que había nacido el héroe.

Sus admiradores habían llegado desde muy lejos para presentar sus últimos respetos al hombre que había propulsado a Brasil hasta la conquista del título en la Copa Mundial de la FIFA de 1958 y 1962, y debido a la enorme afluencia de gente, se habían formado grandes atascos en todas las carreteras de acceso a Río de Janeiro. Tal era la magnitud del acontecimiento, que muchos abandonaron sus automóviles y anduvieron muchos kilómetros para estar presentes al paso del cortejo fúnebre.

El entierro de Garrincha fue tan extravagante como lo habían sido su vida y su carrera. Brasil se volcó para brindar una despedida incomparable a uno de sus artistas más amados.

En su lápida hay grabado el siguiente epitafio: "Aquí descansa en paz el hombre que fue la alegría del pueblo: Mané Garrincha". Todavía hoy, transcurridos 25 años de su muerte a la edad de 49 años, la popularidad de aquel gran extremo sigue intacta, incluso entre quienes nacieron después del trágico final del astro, que siguen extasiándose con las imágenes de los estragos que causaba en las defensas rivales o con las anécdotas de su estrambótico estilo de vida.

Popularidad
A su popularidad contribuyeron varios factores que nada tenían que ver con su virtuosismo sobre el césped; aunque, qué duda cabe, fue el estilo de juego fascinante e inimitable de Garrincha lo que cautivó los corazones de sus compatriotas. Sus supersónicos cambios de ritmo, su hipnotizador juego de cintura, sus atrevidos malabarismos con el balón y sus amenazantes regates hacían de él el ídolo de las gradas y la pesadilla de todos sus contrincantes, a quienes él siempre se refería pícaramente con el nombre colectivo de "Juan" (João).

Los marcadores de Garrincha solían pedir que los sustituyeran en pleno partido. En la final del Campeonato Carioca de 1957, cuando el Botafogo había ninguneado a placer a un Fluminense cuajado de estrellas, llevaba una ventaja de 6-2 y estaba a punto de conquistar el título, se dice que Tele Santana suplicó a Nilton Santos: "Ya sois campeones. Haz el favor de decirle a Garrincha que deje de poner en evidencia a nuestros hombres".

Por extraño que parezca, Garrincha tuvo que superar una lacra física (nació con las piernas muy torcidas, hasta el punto de que los médicos anunciaron a su madre que el niño nunca llegaría a andar) para convertirse en un artífice de goles incomparable, que también poseía el don de la puntería y una irrefrenable potencia de tiro. En 579 partidos con el Botafogo, marcó 249 tantos, una cifra increíble para un extremo derecho, y se proclamó además máximo goleador ex aequo de la Copa Mundial de la FIFA Chile 1962, donde llevó a la Seleção hasta la gloria en ausencia de Pelé (lesionado en su segundo partido del campeonato).

Cuando coincidía en el combinado nacional, la pareja de ases no solía pasar gran parte de su tiempo libre en mutua compañía. Garrincha era un bromista empedernido, que se perdía tras las faldas y el alcohol. Pelé, en cambio, era un profesional modélico. Lo único que tenían en común era ese excepcional talento para el fútbol. Brasil jamás perdió un partido en el que ambos hubieran compartido el terreno de juego.

"Pelé era un deportista nato y Garrincha era un artista", comenta el periodista Armando Nogueira. "Coloquen al uno junto al otro y habrán dado con la pareja perfecta, con una combinación imparable".

Al otro lado de las fronteras de Brasil, Pelé es venerado como el futbolista más excelso de la historia. En el interior del país más vasto de Sudamérica, sin embargo, se sigue debatiendo apasionadamente si ese título corresponde a él o más bien a Garrincha.

O Rei en persona es uno de los mayores admiradores de su antiguo compañero. "Garrincha era un futbolista increíble, uno de los mejores que he visto en mi vida", asegura. "Era capaz de hacer cosas con el balón que ningún otro jugador podía hacer. Sin Garrincha, yo nunca me habría convertido en tricampeón del mundo".

Pelé y Garrincha se llevaban a las mil maravillas. La última vez que estuvieron juntos fue a finales de 1982, bromeando y recordando los viejos tiempos. Al final, se abrazaron con cariño y se prometieron mutuamente que se reunirían de nuevo al año siguiente. No lo quiso el destino.

"La alegría del pueblo" sigue viviendo en el alma de su gente. Los brasileños tienen a gala los propios éxitos y esa capacidad tan suya de extasiar al prójimo. Ningún otro jugador ha hecho enloquecer a sus semejantes (y quizá ningún otro lo haga jamás) como lo hizo Garrincha.

Se cumplen veinticinco años de su muerte y, todavía hoy, la sola mención de su nombre consigue dibujar una sonrisa en los rostros de los brasileños, henchir de orgullo sus corazones y modular sus voces con el timbre del entusiasmo.

Garrincha, sencillamente, sigue siendo la infinita alegría del pueblo.