Tras los turbulentos eventos de la Segunda Guerra Mundial y los difíciles años que atravesó posteriormente el deporte internacional, el fútbol se recuperó con relativa rapidez. En 1946 ya se celebró en Luxemburgo el Congreso de la FIFA, con la elección del país organizador de la Copa Mundial de la FIFA 1950 como uno de los puntos del orden del día.

A Brasil se le encomendó organizar la competición de 1950 por el trofeo de la Copa Mundial, llamado a partir de entonces Copa Jules Rimet en honor a los largos años de servicio del Presidente francés de la FIFA. Sudamérica, en general, no se había visto muy afectada por la Segunda Guerra Mundial, y de hecho, desde el punto de vista futbolístico, había experimentado un gran auge. Sobre todo Argentina, conjunto hegemónico en la década de 1940 al ganar la Copa América en cuatro ocasiones. Sin embargo, ya había comenzado su declive con la marcha de sus estrellas a Colombia y a Méjico en busca de mayores recompensas, y a su federación se le había denegado la organización de la Copa Mundial de la FIFA, asignada esta vez a su gran rival, Brasil.

La Federación Brasileña había comenzado en 1947 una campaña contra el formato de eliminatorias, y de este modo, dos años más tarde empezó una ronda preliminar, de la que volvieron a retirarse cada vez más federaciones, incluida la argentina. Por motivos políticos, los países del este de Europa ni siquiera se inscribieron, lo que privó a la competición de algunos de los equipos potencialmente más fuertes (la Unión Soviética, Checoslovaquia y Hungría). La campeona, Italia, acabó participando a pesar del accidente aéreo que tuvo lugar en Superga en 1949, en el que murió todo el equipo del Torino, varios de cuyos integrantes lo eran también del combinado nacional. Como era natural, la debilitada selección italiana viajó a Brasil en barco.