La selección italiana de Marcello Lippi se impuso a Francia en el Olympiastadion de Berlín y, por cuarta vez, se proclamó campeona de la competición de fútbol más importante del mundo. Como en las historias de amor más apasionadas, justo en el momento más difícil surgió la sorpresa más maravillosa, ésa que hace latir con más fuerza los corazones.

En el mismo escenario donde el mítico Jesse Owens consiguió cuatro medallas de oro en los Juegos Olímpicos de 1936, la Italia del seleccionador Marcello Lippi ha conquistado setenta años después su cuarto título mundial de la historia, y ha alzado por segunda vez el actual Trofeo de la Copa Mundial de la FIFA, al igual que Brasil, Alemania y Argentina.

De Roma 1934 a París 1938, y de Madrid 1982 a Berlín 2006: cuatro capitales europeas, cuatro países conquistados por un estilo que ha vuelto a demostrar que interpreta de una forma práctica el fútbol, el deporte más simple y, al mismo tiempo, más divertido del mundo, capaz de apasionar a los pueblos de todos los confines del planeta.

El fútbol italiano podrá ser discutido por muchos motivos, y puede que los italianos, como el resto del mundo, tengan muchos defectos unidos a sus muchas virtudes, pero no hay que olvidar que ésta es, nada más y nada menos, la Copa Mundial de la FIFA. En ella, Italia ha dejado claro que, con el balón en los pies y el terreno de juego como testigo, es el segundo país más poderoso de la historia, un escalón por debajo de los maestros brasileños y uno por encima de su gran rival, Alemania, el anfitrión de esta última edición al que la selección italiana eliminó en una espléndida semifinal.

Ésta ha sido la victoria del fútbol tradicional, del auténtico fútbol, del fútbol que se concentra únicamente en finalizar el partido con un gol más que el rival. Lo mejor y más fácil, claro está, es conseguir que el adversario no marque ninguno. Marcello Lippi partió de un planteamiento básico: ser primeros de grupo; de lo contrario, no se llegaba a ninguna parte.

Quienes hayan jugado al fútbol o hayan vivido el ambiente en un equipo en algún cargo directivo lo saben bien: formar un grupo es una empresa harto difícil. Requiere capacidad, pero también mucha suerte. Hay muchos ingredientes para elegir, pero ninguna receta predeterminada. Es preciso combinar los elementos con sabiduría y mucha experiencia, y esperar que todo funcione.

Decir que, en esta ocasión, todo ha funcionado resulta ahora muy fácil, pero la mejor prueba de que, efectivamente, así ha sido la aporta el hecho de que esta victoria se ha conseguido sin la contribución de Alessandro Nesta, posiblemente el jugador más importante de Italia: el Zidane de Francia, el Ballack de Alemania o el Ronaldinho de Brasil, para entendernos. Lo que caracteriza a los grandes equipos es que, cualquier jugador que llegue a ellos en óptimas condiciones consigue transmitir y expresar a través del grupo todas sus cualidades, todas sus aptitudes, toda su calidad.

Es el momento de recordar también a Paolo Maldini, el legendario capitán que se ha perdido precisamente la ocasión más bella. Esta Copa también es suya, así como de Gianluca Pessotto y de todos los italianos que juegan y se apasionan por el deporte rey, desde la Serie A hasta la tercera categoría e incluso hasta los clásicos partidos de fútbol sala entre amigos.