¿Puede un partido de primera fase ser uno de los momentos más señalados de la historia futbolística de un país? Y, más concretamente, ¿de la historia del país que más títulos de la Copa Mundial de la FIFA ha conquistado hasta hoy?

Sí que puede. Porque, en última instancia, toda leyenda tiene que comenzar en algún punto. En el caso de la selección brasileña —y su mística de ser admirada como encarnación del fútbol más vistoso—, en un lugar y fecha muy concretos: Estrasburgo (Francia), 5 de junio de 1938.

Aunque ya había participado en las dos primeras Copas Mundiales de la FIFA, la Seleção no dio su primer paso para transformarse en todo lo que representa actualmente hasta su estreno en la tercera edición del certamen. Mediante aquel 6-5 sobre Polonia, los brasileños se mostraron, por primera vez de incontables ocasiones, como un grupo más talentoso y propenso a ofrecer espectáculo que la mayoría de sus rivales.

El contexto
No es que aquélla fuese la primera generación de talentos del fútbol brasileño, como puede atestiguar el mítico Arthur Friedenreich, héroe del título sudamericano de 1919, el primero de la historia de la nación. Pero en los torneos mundialistas de 1930 y 1934 la elaboración de la convocatoria se vio afectada por una disputa política entre los estados de São Paulo y Río de Janeiro, los dos principales polos del deporte en el país. La consecuencia fue una gran desorganización y equipos muy inferiores al potencial con el que contaba Brasil.

Ademar Pimenta fue el primer entrenador que pudo reunir una verdadera selección nacional, es decir, llamar simplemente a los futbolistas que consideraba mejores, concentrarlos durante un periodo de entrenamiento y confeccionar un equipo. Incluso dos, en su caso. Ante el desafío de tener que medirse con diferentes escuelas de fútbol en la Copa Mundial de la FIFA, Pimenta optó por formar dos cuadros, el “azul”, de jugadores más fuertes y pesados, y el “blanco”, más ligero y habilidoso. La idea era que, en función del adversario, se utilizasen dos onces completamente distintos.

Brasil no tenía exactamente un equipo titular, aunque sí un gran ídolo: Leônidas da Silva, que sería el primero de tantos brasileños que han descollado en la gran cita del deporte rey. Entre los muchos que brillaban en sus clubes y atraían multitudes a los estadios, ninguno era comparable al “Diamante Negro”.

A eso debemos añadir que, en aquel año de 1938, la radio estaba experimentando su auge de popularidad e influencia en la sociedad brasileña. Y el debut ante los polacos —un equipo fuerte, que había sido cuarto en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, tras batir a Hungría y Gran Bretaña— fue precisamente el primer choque transmitido para el país. El escenario era pues ideal para que el fútbol brillase y se convirtiese en un elemento fundamental de la identidad nacional brasileña. Y para que el planeta, de allí en adelante, tuviese un nuevo nombre a la hora de enumerar a los favoritos de cualquier Copa Mundial de la FIFA.

El partido
Aun sin toda la relevancia histórica que adquirió, aquel encuentro en el estadio de La Meinau, por sí solo, ya merecería un lugar destacado en la galería de los grandes duelos mundialistas. La primera gran actuación de la Seleção en el torneo se caracterizó por un torrente de goles y emociones. Y el aluvión no fue sólo metafórico, ya que el agua encharcó el césped de Estrasburgo e hizo del marrón de la lama el color omnipresente en los dos uniformes.

A los 18 minutos, el asalto “azul” de Ademar Pimenta fructificó a través de Leônidas, pero, apenas cinco después, el arquero Batatais se vio obligado a derribar a Ernest Wilimowski en el área. El gol de penal de Fryedryk Szerfke, primero de Polonia en una Copa Mundial de la FIFA, dejó todo igual. Todavía en el primer tiempo, Romeu y Perácio dieron una ventaja de 3-1 a los brasileños.

Hasta entonces, no se había cambiado ni un ápice de la historia del fútbol. Fueron 45 minutos semejantes a muchos otros, un partido como cualquiera, con tan sólo una buena actuación de Brasil. La parte épica de la contienda no comenzaría a desarrollarse hasta la segunda parte, después de la tromba de lluvia.

Comenzó con Wilimowski queriendo dejar claro que aquella, también para él, era una tarde especial. El polaco firmó dos tantos sensacionales, igualando a 3-3 en el minuto 14 tras la reanudación. Perácio, del Botafogo, anotó en el 26 su segunda diana del partido, que parecía ser la de la victoria brasileña. Pero aún pasarían muchas cosas.

Wilimowski materializó su tercera realización a un minuto del fin del tiempo reglamentado, provocando así la prórroga. Y entonces sí que empezaron a escribirse los libros de historia. En el duelo entre los artilleros que brillaban en aquellas dos grandes formaciones, Leônidas da Silva resolvió tomar las riendas. A los tres minutos del tiempo adicional, el futbolista del Flamengo situó de nuevo por delante a Brasil. Dice la leyenda que aquel gol fue marcado con un pie descalzo: el atacante habría perdido una de sus botas, y el árbitro sueco Ivan Eklind ni siquiera se dio cuenta, de tan manchadas por el barro que estaban las medias de Leônidas.

En cualquier caso, Leônidas marcaría otro más en el 14, dando así a los suyos una renta de 6-4. Por si no fuese suficiente, Wilimowski perforó por cuarta vez las redes brasileñas a dos minutos de la conclusión, y Erwin Nyc, al filo del pitido final, envió una pelota al travesaño, que hubiera podido obligar a jugar una repetición para decidir quién pasaría a cuartos. Por calidad, aquel partido merecía sobradamente volver a celebrarse. Pero el 6-5 definitivo sirvió de excelente presentación de lo que era capaz el equipo que, con el tiempo, pasaría a ser conocido sencillamente como la Seleção.

Se dijo
“Los polacos fueron unos grandes rivales, sin duda. ¡Pero la lluvia también fue un adversario terrible!”, Ademar Pimenta, seleccionador de Brasil.

“Polonia no va a restringir su acción a planes preconcebidos. Sabemos muy bien cómo adaptarnos al estilo de juego del oponente, y cómo descubrir de inmediato sus puntos débiles”, Marian Spoida, preparador físico de Polonia, confiado antes de la confrontación con los brasileños.

“Cuando pasamos por Salvador el público casi me mata. Mi vía crucis fue tal que incluso perdí un zapato. Aquí también habrá un cordón de separación, naturalmente, pero no sé qué pasará conmigo”, Leônidas da Silva, retraído ante el cariño exacerbado de los seguidores al desembarcar en Río de Janeiro. La locura en torno al ídolo era tal que se decidió que recorriese la avenida Rio Branco en un vehículo descubierto de la Infantería de Marina.

“El juego del ‘football’ ha acaparado la atención. La derrota del ‘team’ brasileño ante el italiano ha causado una gran decepción y tristeza en el espíritu público, como si se tratase de una desgracia nacional”, Getúlio Vargas, Presidente de la República brasileño en 1938, en una anotación de su diario personal que da cuenta de la importancia que de repente había adquirido el fútbol en el país.

¿Qué sucedió luego?
Después de aquella tarde en Estrasburgo, el fútbol de Brasil nunca volvió a ser el mismo. Resulta imposible especular acerca de lo que sería la selección brasileña si hubiese perdido contra Polonia y regresado a casa temprano una vez más, pero lo cierto es que el emocionante triunfo supuso el pistoletazo de salida de un proceso histórico que continuaría durante ese mismo torneo, en Francia.

Los brasileños se cruzaron en cuartos de final con Checoslovaquia, subcampeona en 1934. En un encuentro que fue una auténtica batalla, el equipo “azul” de Pimenta regresó al campo y registró un empate a 1-1 al cabo de 120 minutos. Fue preciso un segundo choque para decidir quién accedería a las semifinales y, esta vez con el conjunto “blanco” —aunque debidamente reforzado por Leônidas—, los brasileños ganaron 2-1.

El cansancio, sin embargo, quizás costó a Leônidas da Silva su presencia en la eliminatoria frente a Italia. El “Diamante Negro” tuvo que asistir como espectador a la victoria de los discípulos de Vittorio Pozzo por 2-1. Italia revalidaría su título mundial, y Brasil derrotaría a Suecia en el partido por el tercer puesto (4-2). La campaña resultó fundamental para que el pueblo brasileño se apasionase definitivamente por el fútbol, y el desempeño de Leônidas, máximo goleador del certamen con siete tantos, hizo de él una de las mayores personalidades de todo el país.