Inglaterra abordó su primera fase final, en Brasil 1950, rebosante de confianza. Muchos estaban convencidos de que el fenomenal juego por la banda de Stanley Mathews les haría ganar la que fue la primera Copa Mundial de la FIFA después de la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos, por el contrario, emprendió el largo viaje en barco rumbo al sur casi para hacer bulto, con un inexperto equipo compuesto por semiprofesionales de los que nadie esperaba gran cosa. Lo que sucedió el 29 de junio de 1950 se sigue considerando hoy en día una de las mayores sorpresas de la historia del deporte: un anónimo estudiante nacido en Haití que se ganaba la vida como lavaplatos, un dinámico conductor de coche fúnebre, y grandes dosis de buena suerte lograron que David se impusiera a Goliat. FIFA.com repasa el milagro estadounidense de Belo Horizonte.

El contexto
En calidad de inventores del fútbol moderno, los ingleses llegaron a Brasil con una plétora de figuras conocidas internacionalmente, como el propio Mathews, Wilf Mannion y Tom Finney, y con la firme intención de arrasar en la competición. Las cosas empezaron según lo previsto para los hombres de Walter Winterbottom, con una holgada victoria ante Chile en su primer encuentro. El segundo, contra Estados Unidos, parecía una tarea fácil. Los norteamericanos, que en las ediciones de 1930 y 1934 habían participado con equipos formados por jugadores nacidos en el extranjero, presentaron esta vez un combinado compuesto por hijos de emigrantes y futbolistas semiprofesionales, muchos de los cuales disputaban partidos a cambio de unas monedas tras su jornada laboral, o durante los fines de semana. En aquella época, el fútbol en Estados Unidos se consideraba una novedad restringida a las universidades y a los guetos de los emigrantes. En su primera cita en Brasil, las Barras y Estrellas perdieron por 3-1 contra España, y con este panorama no resulta extraño que los pronósticos dieran a Inglaterra como clarísima favorita (500-1).

El partido
Como era de esperar, Estados Unidos estuvo contra las cuerdas desde el pitido inicial. Cuando sólo había pasado un minuto y medio de juego, Roy Bentley remató un excelente centro que obligó al brillante arquero Frank Borghi, nacido en Missouri y chófer de funeraria de profesión, a estirarse a fondo. La presión no disminuyó ni un ápice para el valiente Borghi a lo largo de todo el encuentro. Los ingleses tuvieron hasta seis ocasiones de gol claras en los primeros doce minutos del partido, dos de las cuales fueron a estrellarse contra el poste. Y eso que no contaban con su jugador estrella, Stanley Mathews, al que el entrenador Winterbottom dio un descanso porque consideró que el choque iba a ser un paseo por el parque. “Esperaba poder contenerlos y que sólo marcaran cinco o seis tantos”, rememoraba Frank Borghi sobre su estado de ánimo antes del partido.

El minuto 37 resultó decisivo para los norteamericanos, que hasta ese momento sólo habían realizado un disparo a puerta, atajado sin problemas por el guardameta inglés Bert Williams. Lo cierto es que las Barras y Estrellas estaban teniendo serias dificultades para mantener la posesión del balón y lo único que los hacía seguir en el partido eran las intervenciones in extremis de su defensa, la excelente condición física de Borghi y el desacierto de los europeos a la hora de concretar sus ocasiones. Pero a ocho minutos del descanso, Walter Bahr, maestro de escuela en Filadelfia, envió un centro desde el mediocampo que parecía fuera del alcance de los cuatro delanteros estadounidenses. Mientras Bert Williams se adelantaba para recoger el balón, Gaetjens se lanzó en plancha y milagrosamente consiguió cabecear el esférico sin que el desconcertado arquero británico pudiera hacer nada por detenerlo. Gaetjens, que nació en Haití, era un delantero algo errático, pero todo un atleta. El seleccionador estadounidense William Jeffrey lo descubrió en vísperas de la cita mundial de Brasil, cuando lavaba platos en un restaurante de Brooklyn para pagarse los estudios de contabilidad.

Tras el descanso, los 10.000 aficionados presentes en el estadio esperaban que los aclamados ingleses despertaran de su letargo y dieran una lección a los insolentes novatos. Sin embargo, los norteamericanos, enardecidos por el gol de Gaetjens, se mostraron más seguros de sí mismos. Borghi, por ejemplo, hacía un paradón tras otro como un poseso. A medida que aumentaba su grado de confianza, los estadounidenses fueron adquiriendo empaque y el público empezó a ponerse del lado de los jóvenes semiprofesionales y a aclamar su valerosa hazaña. Por otro lado, la frustración hacía mella en las filas británicas. La última ocasión de los europeos llegó a ocho minutos del final, cuando Mortenson se fue con el balón derecho hacia la meta rival; pero allí apareció Charlie Guantes Colombo, el expeditivo defensa natural de San Luis, para aguarle la fiesta con un placaje más propio del rugby que del fútbol.

Cuando el árbitro pitó el final del encuentro, los aficionados brasileños saltaron al césped y alzaron a hombros a los estadounidenses, que nunca olvidaron aquel húmedo día de junio en el que lograron domar a los Tres Leones.

Se dijo
“Si te empleas a fondo, puedes contener al rival durante un rato, pero normalmente no puedes mantener a raya a un equipo muy superior al tuyo durante tanto tiempo como lo hicimos nosotros, especialmente después de que marcáramos un gol relativamente pronto. Nos hubiésemos conformado con perder por 2-0. Ni en sueños se nos pasó por la cabeza que podíamos ganar. Lo único que pensamos fue: ‘Hay que hacerlo lo mejor posible y esperar un buen resultado'". Harry Keough, defensa de Estados Unidos.

“No nos salieron bien las cosas. Fue uno de esos partidos que estábamos destinados a perder. El balón se fue al poste varias veces en la primera parte, y dos más en la segunda. Marcaron un gol de pura chiripa y nos vinimos abajo. A partir de ahí, creo que asumimos que no iba a ser nuestro día y dejamos de jugar. Si nos hubiésemos enfrentado a ellos 100 veces, habríamos ganado con holgura 99”. Tom Finney, delantero de Inglaterra y del Preston North End.

¿Qué sucedió luego?
Los atónitos ingleses ya no se recuperaron de su sorprendente derrota, e incluso con Mathews de nuevo en el equipo volvieron a caer en su tercer partido, esta vez por 1-0 contra España. Así las cosas, los europeos emprendieron el viaje de regreso a casa dejando una amarga sensación de fracaso, tanto en la prensa como en la afición. No obstante, 16 años después, en Inglaterra 1966, conquistaron su primer y hasta la fecha único título mundial, con Alf Ramsey, un veterano de la derrota de Belo Horizonte, como seleccionador. Los norteamericanos, por su parte, no fueron capaces de repetir la actuación que les hizo imponerse a Inglaterra y cayeron a manos de Chile por 5-2. Una vez en casa, tampoco los recibieron como héroes. Después de Brasil 1950, Estados Unidos tardó 40 años en volver a la Copa Mundial de la FIFA, en Italia 1990.