Cuando Juscelino Kubitschek asumió el cargo de presidente de Brasil en 1956, marcó el inicio de una nueva era, un tiempo de desarrollo y optimismo, pautado por un ambicioso Plan de Metas. Ese proyecto consistía en una serie de obras de infraestructuras que incluía la construcción de una nueva capital federal, Brasilia, y se cifraba en el prometedor eslogan de hacer avanzar el país "cincuenta años en cinco".

Si se cumplieron o no esas promesas de futuro es algo discutible hoy en día, pero al menos en un área, el fútbol, el final de la década de 1950 sirvió para poner en marcha una fase de crecimiento que lleva vigente más de 50 años, y que tiene su imperecedero preludio no en cinco años, sino en cinco minutos de juego.

Antes de los primeros compases del partido contra la Unión Soviética, en la tercera jornada de la liguilla de grupos de la Copa Mundial de la FIFA Suecia 1958, la selección brasileña era considerada, como mucho, un equipo interesante, con potencial. No más que eso. Hasta esos momentos, nadie hablaba de Brasil como de una potencia mundial o como maestro de un fútbol llamativo. Y es que hasta entonces el país nunca había alineado en una competición oficial a los que luego se convertirían en dos de sus mayores astros de la historia: Pelé y Garrincha.

En la victoria por 3-0 sobre Austria y en el subsiguiente empate sin goles contra Inglaterra, los dos habían sido suplentes: el uno de Mazola y el otro de Joel. Colocarlos juntos en el campo, en un partido que valía el liderato del grupo, fue como un anuncio formal y oficial de lo que a partir de entonces sería el fútbol brasileño. Un anuncio a bombo y platillo.

“El partido fue fantástico, principalmente en los minutos iniciales”, relató a FIFA.com Zagallo, extremo izquierdo de aquel equipo. “Puedo decir que, durante aquellos minutos, yo fui un mero espectador dentro del campo: la bola no salía del lado derecho con Garrincha, Pelé y Didi. Lindo. Y los soviéticos no entendían lo que era aquello”.

El “aquello” a que se refiere Zagallo en esa frase fue un bombardeo abrumador sobre la portería del mito Lev Yashin. Primero fue Garrincha, avanzando por el extremo, regateando a su marcador y estampando el balón contra el poste izquierdo. En el lance siguiente, fue Pelé quien se deshizo de su antagonista y chutó al palo de nuevo. A continuación sobrevino otro ataque: Didi envió una bola a Vavá, que tocó ante la salida de Yashin y marcó el 1-0. Todo eso en los tres primeros minutos de juego. Poco después, Vavá estuvo a punto de marcar el segundo aprovechando una jugada de Garrincha. De repente, el mundo del fútbol comenzaba a entender el significado de por lo menos tres neologismos: “Pelé”, “Garrincha” y “selección brasileña”. Bastaron aquellos cinco minutitos.

El contexto
El equipo subcampeón del mundo en 1950 era cosa del pasado y eran pocos los jugadores sobrevivientes de la trastornada campaña brasileña en 1954. La Seleção había sido reconfigurada y, a esas alturas, era imposible saber que era para mejor, para mucho mejor. El favorito de aquel grupo era sin duda la Unión Soviética, liderada por estrellas como Yashin y Nikita Simonyan y flamante campeona olímpica en Melbourne 1956. Los soviéticos también habían empatado con Inglaterra y habían vencido a Austria en sus dos primeros compromisos del Mundial.

En los tiempos de la Guerra Fría, con el estado comunista soviético apostando fuerte por el éxito deportivo, en Occidente la selección de la URSS era más una leyenda que un equipo. “Son enormes”, “entrenan como nadie”, “son superhombres”, se comentaba. El propio Zagallo adujo la siguiente anécdota: “Recuerdo que la concentración de los soviéticos estaba situada a unos 200 metros de la nuestra, y nuestro edificio tenía un segundo piso. Antes del partido, yo, desde ahí arriba, les veía en camiseta roja corriendo por la mañana, corriendo por la tarde. Y me decía: ‘Dios mío de mi vida, ¿qué es lo que hacen esos tipos todo el día desde la mañana a la tarde además de entrenar? No es posible’”.

Luego, con un extremo derecho de piernas torcidas y un flacucho con el dorsal número 10 a la espalda, que además era el jugador más joven de la Copa a sus 17 años, Brasil encontró el modo de hacer que toda aquella correa y fuerza física resultaran inútiles. Al menos dentro del campo.

“Al día siguiente del partido, los jugadores soviéticos, que se alojaban cerca de nosotros, vinieron a felicitarnos”, contó una vez Djalma Santos a FIFA.com. “Estábamos comiendo y ellos llegaron todos vestidos de corbata. Garrincha preguntó: ‘¿Pero quiénes son esos tiarrones?’. Y le contestaron: ‘Mané, son los soviéticos. Jugamos contra ellos ayer’. Y él replicó: ‘¡Pucha!, pues sí que son grandes, ¿eh?’”.

El partido
Hubo otros 85 minutos de fútbol después de aquellos cinco inolvidables. Y durante buena parte de ese lapso, Brasil siguió siendo igual de superior, sin cesar de crear ocasiones contra el marco de Yashin. En el primer tiempo, Pelé, que estaba nervioso —como confesaría más tarde en su autobiografía— desaprovechó dos oportunidades claras. Que pudieron haber costado caro.

“En el segundo tiempo, los rusos se nos echaron encima con fuerza, pero nuestra defensa se mantuvo firme”, narró Pelé en sus memorias antes de describir el segundo gol. “Tras una jugada del maestro Didi, Vavá, alias Pecho de Acero, anotó el segundo medio cayéndose. Fue un alivio. Lo festejamos con tal intensidad que, en el apelotonamiento de la celebración, Vavá se hizo daño y tuvo que pasar unos minutos fuera del campo. Pero el trabajo estaba hecho. Estábamos en cuartos de final”.

Los protagonistas
Es fácil señalarlos. Son los dos sujetos que nunca más verían sus nombres relegados al banquillo de reservas con naturalidad. Entre bastidores, se ha hablado mucho de la entrada de Pelé y Garrincha en el equipo. Se llegó incluso a difundir la leyenda de que los jugadores más veteranos del elenco, como Zito, Nilton Santos y Didi, hicieron una campaña interna para exigir la inclusión de estos dos personajes en el once. Pero esa versión no coincide con la mayoría de las declaraciones.

“Tenían dudas sobre si Garrincha debía jugar el Mundial o no. Nos pasamos por Italia antes de la Copa, y jugamos contra la Fiorentina. En ese partido, Garrincha se adueñó de un balón, y se dribló al defensa, al líbero y al portero, uno tras otro. Llegó hasta la misma puerta de gol y se paró. Al tipo no se le ocurrió otra cosa que marcar el gol de tacón. A raíz de aquella jugada, uno de los responsables de elaborar la lista para el Mundial, Carlos Nascimento, lo miró y le dijo que no estaba preparado para disputar una Copa del Mundo, porque no hacía más que chiquilladas”, contaría Djalma Santos después sin poder contener la risa, y sin olvidar mencionar las molestias de Joel, hasta entonces titular. Zagallo lo corroboró: “Joel jugaba en el Flamengo conmigo, y compartíamos el mismo cuarto. Un día vino donde mí y me dijo: ‘Zagallo, estoy sintiendo un dolor en la rodilla’. Yo le dije: ‘Mira, si lo cuentas, vas a acabar fuera del equipo’. Y él añadió: ‘Ah, no hay problema. Sólo siento un poco de dolor. Voy a contarlo’”.

En cuanto a Pelé, la cuestión no era su supuesta irresponsabilidad, sino el hecho de que se estaba recuperando de una lesión en la rodilla. O Rey lo explica en su autobiografía: “En el último entrenamiento antes del partido, Garrincha y yo fuimos titulares. Yo sabía que todos me estaban mirando, y por eso andaba cauteloso pero desesperado por impresionar. Comencé en la portería, bajé al costado izquierdo del mediocampo y, cuando me lancé al ataque, sentí que la rodilla estaba aguantando bien”.

“Entretanto, faltaba otro obstáculo. Como parte de la preparación, nuestro psicólogo, el doctor João Carvalhaes, nos hizo unas pruebas en las que teníamos que hacer unos dibujos y responder a unas preguntas. No sé si es que él estaba muy adelantado a su tiempo o es que era raro. O las dos cosas. Pero su conclusión sobre mí fue: ‘Pelé es obviamente infantil. Le falta espíritu de lucha’. También se decantó en contra de la incorporación de Garrincha. Pero felizmente Feola se guiaba por su instinto. El técnico se plantó y le dijo: ‘Puede que usted tenga razón, doctor, pero lo que sucede es que usted no sabe nada de fútbol. Si la rodilla de Pelé está bien, el chaval jugará’”.

Por segunda vez en sus vidas —después de su estreno al alimón en un amistoso contra Bulgaria disputado un mes antes— Pelé y Garrincha jugaron juntos en la Canarinha. Así comenzó una historia de ocho años en los que, a lo largo de 40 partidos con los dos en el campo, Brasil jamás perdió: registró cuatro empates y 36 victorias.

Se dijo
“Pelé era el muchacho de oro de Feola. Porque ni yo conocía a Pelé. Lo llegué a conocer en la convocatoria porque él nunca había jugado en el Maracaná. Antiguamente sólo estaba el torneo Río-São Paulo, no había campeonato brasileño. Por lo visto, Pelé jugó una vez en Río y pasó desapercibido. Pero Feola, técnico del São Paulo, vio al chaval. Y, de hecho, cuando yo llegué, vi quién era en los entrenamientos y los partidos, y enseguida entendí el porqué de tanto alarde”.
Zagallo, extremo izquierdo del Botafogo y de la Seleção en 1958

“Garrincha asusta de verdad. Nunca vi un jugador igual”.
Gavril Katchalin, seleccionador de la Unión Soviética después del partido