Carlos Alberto Parreira gruñó, apretó los dientes y lanzó una mirada fulminante a su inquisidor. "No, no llamaré a Romario", espetó.

Ésa fue la respuesta a una pregunta que no habían cesado de hacerle desde que desterró al Baixinho (el bajito) de la selección en 1992 por razones disciplinarias. Hasta entonces, siempre había contestado a esa interrogación con calma. Pero ahora que el clamor por el regreso de Romario había pasado de tormenta localmente moderada a huracán generalizado, la paciencia de Parreira se agotaba.

El clamor era consecuencia del desastroso arranque de Brasil en su campaña de acceso a Estados Unidos 1994. La mayor potencia del deporte rey había abierto el telón con un empate sin goles frente a la entonces cenicienta regional, Ecuador, antes de perder su primer clasificatorio de los 32 disputados para la Copa Mundial de la FIFA™ ante otro alevín, Bolivia.

Hace exactamente 20 años, los muchachos de la camiseta amarilla necesitaban obtener un buen resultado en su último compromiso preliminar para reservar el viaje a Estados Unidos. De lo contrario permitiría a su inminente rival apropiarse del único boleto del Grupo 2 y desbaratar el singular récord brasileño de haber comparecido en todos los campeonatos del mundo.

Por si fuera poco, el rival que se presentaría en el Maracaná era Uruguay, el equipo que había desolado Brasil en el mismo estadio en la final de 1950. Es más, la Celeste llevaba a la sazón cuatro partidos invicta contra la Canarinha, y había salido victoriosa de su última expedición a la nación más populosa de Sudamérica en 1992, cuando el equipo entrenado por Luis Cubilla infligió un 1-2 al de Parreira, que incluía a figuras como Roberto Carlos, Raí y Edmundo.

Sin embargo, pese a la precaria situación de Brasil y a la imponente forma de Romario en el Barcelona, Parreira se plantó firme en su decisión y descartó al niño bonito nacional. Hubo una protesta pública generalizada, pero amainó para cuando la selección se concentró en Granja Comary con el fin de iniciar sus preparativos. Allí, el delantero del Sao Paulo Muller sufrió una lesión que le obligó a retirarse del equipo, y volvió a montarse el lío de la incorporación de Romario con más fuerza que nunca. Esta vez Parreira transigió. Y cuando unos días más tarde el técnico de 50 años desveló su alineación inicial para el encuentro, el travieso carioca había recuperado su querido dorsal número 11.

Rematador hasta de palabra
La procacidad de Romario había sido la causa de su exilio internacional, pero eso no le impidió ser igual de osado en su reaparición. "Ya sé lo que va a pasar: voy a acabar con Uruguay", declaró.

Parreira, al menos en sus manifestaciones, parecía estar de acuerdo cuando le preguntaban si estaba nervioso: "No, estoy tranquilo. Romario va a marcar y Brasil se va a clasificar".

Romario enseguida demostró que estaba deseoso de cumplir el guión que le habían escrito. El exjugador del Vasco da Gama y del PSV le hizo un magnífico sombrero —uno más en su extensa colección— a un desconcertado defensa charrúa, estuvo a punto de provocar un penal tras uno de sus característicos regates, y después de una deliciosa jugada con giro, quiebro y pared incluidos, vio cómo su punterazo de volea se estampaba contra el travesaño antes del descanso.

El ariete continuó atormentando a la defensa uruguaya en la reanudación, pero por más brillantez que le puso a su juego, el partido llegó a los últimos 20 minutos sin que se hubiera movido el marcador. Los aficionados estaban muy nerviosos, torturados por el recuerdo de la estocada fatal de Alcides Ghiggia 43 años antes. Hasta que llegó el minuto 72.

Fue entonces cuando el lateral derecho Jorginho pasó en profundidad a Bebeto por su banda, y el delantero del Deportivo respondió con un centro perfecto al segundo palo. Allí estaba esperando Romario, perfectamente colocado, para saltar y rematar en picado el balón al fondo de las mallas charrúas. El delirio colectivo se desató en las gradas.

Nueve minutos más tarde, Romario certificó el salvoconducto de Brasil a Estados Unidos 1994. Mauro Silva robó magistralmente el balón en su campo, rebasó la línea central y le metió un pase al hueco al Bajito que lo dejó sólo ante el portero. El punta de 27 años se hizo un autopase para eludir la salida de Robert Siboldi y empalmó el balón a la red desde un ángulo muy cerrado (2-0).

Así empezó el sueño americano para Brasil, y ya todos sabemos cómo terminó. No se habría cumplido, sin embargo, si Muller no hubiera quedado fuera de combate para ese clasificatorio decisivo, según Romario.

"Si no me hubieran llamado para jugar contra Uruguay, incluso si Brasil hubiera ganado, estoy seguro de que yo no habría ido al Mundial", señaló. "Acaso no hubiera vuelto a jugar con la selección. Pero me necesitaban. No había otra opción. Yo era su última esperanza".

El lateral izquierdo Branco recordó: "Romario estuvo magnífico aquel día. No podría haber jugado mejor. Son cosas del destino".

Un destino dictado desde el cielo, según Parreira: "Dios envió a Romario al Maracaná".