Cuando Jorge Luis Burruchaga punteó la pelota un poquito larga tras un pase mágico de Diego Maradona y una carrera supersónica de 40 metros, Harald Schumacher no estaba en cuadro en la tele y cada ojo vio lo que la tensión le dejó. Los argentinos maldijeron: “¡Llega a cortar el arquero!” Los alemanes maldijeron: “¿Dónde está el arquero?”

Faltaban seis minutos para terminar la final de la Copa Mundial de la FIFA México 1986™ y tres antes Alemania Federal le había igualado a Argentina un 2-0, demostrando una vez más que hay que rematarla cuando está herida porque si no siempre tiene una vida más que el resto.

“Muchas veces me preguntan si adelanté de más el balón, si Schumacher salió tarde, si escuché a (Jorge) Valdano que me acompañaba por la izquierda, si creía que (Hans-Peter) Briegel me iba a alcanzar... pero mi concentración estaba puesta en el arco solamente. No vi a Valdano, ni escuché a Briegel, pero sí fue la carrera más larga, feliz y difícil de mi vida”

Si habrá sido difícil la carrera que Burru describió años después para FIFA.com que, después de puntearla un poquito larga tras un pase mágico de Diego Maradona, decidió picarla por encima de la salida desesperada de Schumacher. El remate salió raso pero se coló por entre las piernas abiertas del 1. Fue el 3-2, la bala ahuecada que dejó sin signos vitales a Alemania y que hizo, por segunda vez en la historia, campeón mundial a Argentina, la Argentina de Maradona.

Una final inesperada
La Albiceleste había llegado a México primera que nadie. La obsesión de su técnico, Carlos Salvador Bilardo, por adaptarse lo mejor posible a los 2.200 metros de altura de México D.F. hizo que 30 días antes de comenzar el Mundial ya estuvieran concentrados en el complejo del Club América. Tras una accidentada etapa de clasificación y unos amistosos previos decepcionantes, pocos hinchas tenían fe en Maradona y sus compañeros.

“El equipo llegó con pocas posibilidades, poca confianza,  hasta con un clima de división interna. Pero a medida que fue pasando el Mundial se fue conformando un grupo fuerte y de mucha personalidad. Diría que fue el ejercicio de transformación más grande que haya visto en mi vida. En el primer partido teníamos dudas sobre si podríamos vencer a Corea y en el último no teníamos ninguna duda de que le íbamos a ganar a Alemania”, contó Valdano a FIFA.com.

Alemania Federal tenía bajo la batuta de un novel Franz Beckenbauer un plantel de lujo:  Karl-Heinz Rummenigge, Rudi Voeller, Félix Magath, Pierre Littbarski, Andreas Brehme y un joven Lothar Matthaeus, entre muchos otros. Pero no llegó al certamen al tope de sus posibilidades. Rummenigge, Voeller y Klaus Allofs tenían problemas físicos. “Todo nuestro ataque estaba averiado”, recordó Matthaeus en FIFA.com.

El calor no ayudaba. Todavía hoy en Alemania se recuerda a aquellos partidos de primera ronda como Las insolaciones de Querétaro. Pero el equipo fue solidificándose –y refrescándose- en base a espíritu y terminó sometiendo en semifinales a una de las sensaciones del torneo, Francia.  "Había un ambiente increíble y, en cierto modo, aquella Copa Mundial también fue un sueño de verano”, afirma Schumacher.

Un equipo contra la jaula anti-Maradona
Con cinco goles y un rendimiento para convertirse en leyenda, Maradona era la gran estrella del certamen y de la final. El estadio Azteca, testigo de la Mano de Dios, de la apilada más inolvidable de la historia de los Mundiales –ambas ante Inglaterra en cuartos de final- y de los dos golazos frente a Bélgica en semifinales, quería ver si el genio frotaba una vez más su botín zurdo ante los alemanes para que lo suyos alcanzasen la gloria.

Beckenbauer prefería no ver lo mismo y modificó el dibujo que venía usando: Matthaeus cerca de Diego, Norbert Eder y Brehme prestos para tirarle la carrocería al 10 en cuanto se necesitara. Una jaula anti-Maradona. El capitán argentino la tocó poco en los primeros 60 minutos, pero gracias a un cabezazo de José Luis Brown y una galopada de Valdano, Argentina gambeteó el plan del Kaiser. No era un héroe y diez voluntades, era un equipo de verdad.

“Recuerdo mirar a las tribunas diciéndome 'somos campeones del mundo'. Pero claro, me había olvidado de un pequeño detalle: al frente estaba Alemania, y Alemania no muere nunca”, revive Valdano.

La Mannschaft adelantó sus líneas, Matthaeus pasó a cumplir funciones más ofensivas, más parecidas a las del resto del torneo, y empezó a verle la cara de frente al arquero Nery Pumpido. Primero descontó Rummenigge en el minuto 74. Cuando igualó Voeller en el 81 con un cabezazo dentro del área chica, los ojos de los de celeste y blanco se cruzaron.

“Hubo silencio, miradas cómplices. No hacía falta gritarse para saber que había que ir a buscar el tercer gol”, relata Burruchaga. “En nuestra euforia (por el empate), quisimos neutralizar un pase en profundidad adelantando la defensa para buscar el fuera de juego, pero uno de los defensas se quedó rezagado...”, aporta Matthaeus.

Y allí fue Burru, el volante talentoso y trabajador nacido en Independiente de Avellaneda, a buscar el pase imposible a espaldas de los grandotes de verde salido del genio de un Maradona por fin libre. Punteó la pelota un poquito larga, quiso picarla contra Schumacher pero le salió rasa.

“Cuando fui a festejar me arrodillé, extenuado, y al primero que vi llegar fue a (Sergio) Batista. Llegaba cansadísimo y se arrodilló enfrente mío con esa barba que tenía... siempre digo que fue como ver a Jesús, que nos decía que teníamos que ser campeones del mundo”.