La sabiduría universal del fútbol suele afirmar que en las finales no hay favoritos o, en una versión más existencialista, que simplemente “una final es una final”. Por supuesto, es cierto, y eso no hace sino más curiosa la forma en que se decidió el título de la Copa Mundial de la FIFA Chile 1962™.

Cuando la selección brasileña llegó al Estadio Nacional de Santiago para medirse con la Checoslovaquia de Josef Masopust en el partido que podía darle su segundo trofeo mundial, todo indicaba que para ella lo más difícil ya había pasado. Como excepción notable a la regla, era como si aquella final no fuese exactamente un choque por el título.

Los campeones del mundo de 1958 habían pasado ya por tantas pruebas hasta ese duelo que era difícil que algo fallase entonces. Todo porque, en la primera fase, ante la misma Checoslovaquia, una lesión muscular dejó a Pelé fuera de la competición. De la noche a la mañana, Brasil se había quedado sin el mejor futbolista del planeta y con varios interrogantes: ¿se vendría abajo el equipo? ¿Cumpliría su sustituto, Amarildo? ¿Asumiría la responsabilidad la otra gran estrella, Garrincha?

El día de la final contra los centroeuropeos, todas esas preguntas ya habían sido respondidas. ¿Qué duda podría haber entonces? “Era un plantel tan maduro y experimentado que ni la baja de Pelé lo debilitó”, recordaría Zagallo en declaraciones a FIFA.com. “Todo el mundo quiso tranquilizar a Amarildo, también porque él, Didi, Nilton Santos, Garrincha, yo... todos éramos del Botafogo. Él se sintió como en casa. Y Garrincha jugó como nunca. Era imposible que se nos escapase aquel título”.

El contexto
Sin embargo, todo eso no significa que los brasileños no intentasen recuperar a Pelé tras su lesión en el segundo partido del torneo. Se intentó, y mucho, como describe el propio Rey en su autobiografía. “En la víspera del partido contra España [último de la fase de grupos, cuatro días después de la lesión], le imploré al doctor Hilton Gosling que me infiltrase. Y él no lo dudó: ‘Nunca. Eso puede arruinar su carrera. Tiene que someterse al tratamiento”.

Y eso fue lo que hizo Pelé. Entregándose al máximo. “Quería jugar como fuese. Se sometía a sesiones de recuperación mañana, tarde y noche”, contó Djalma Santos, lateral derecho de aquel equipo, a FIFA.com. “Y antiguamente eran aquellos tratamientos rudimentarios: nuestro masajista, Mário Américo, tomaba una toalla, la ponía en un cubo de agua hirviendo con sal, ¡y ahí va! En la pierna del ‘criollo’. Ya tenía toda la pierna en carne viva, de tanto que quería jugar”.

Mientras tanto, Brasil avanzaba y respondía a todos esos interrogantes sin el concurso de Pelé. En el decisivo encuentro ante la potente España, Amarildo no solo lo sustituyó, sino que marcó los dos goles de la victoria (2-1). En el 3-1 contra Inglaterra de cuartos de final y en el 4-2 sobre Chile de semifinales, Garrincha firmó sendos dobletes, y fue aún más decisivo que de costumbre. Brasil alcanzó su segunda final consecutiva e intentó, por última vez, contar con su mayor estrella.

En un entrenamiento días antes de la final se puso a prueba a Pelé. “Me sentía bien, prácticamente no tenía dolores, y dije que quería participar en la sesión”, cuenta en sus memorias. “Entonces fui a chutar un córner —Paulo Amaral [jefe de la delegación brasileña] estaba justo a mi lado— y, en aquel momento, noté esa misma punzada en la ingle. Nunca había sentido tanto dolor… Y allí supe que no iba a jugar. Es difícil describir lo postrado que me sentí”.

El partido
Lo más increíble de la confianza de los brasileños, hasta sin Pelé, fue que se mantuvo incluso después de que los checoslovacos se adelantasen, a los 15 minutos: Masopust recibió un balón de Adolf Scherer y batió la salida de Gilmar mediante un toque de gran categoría, con el exterior de la bota. “Pero aquello no debilitó en nada a la selección”, señaló Djalma Santos a FIFA.com. “Teníamos mucha confianza en poder remontar ese resultado, y lo hicimos”.

Y la remontada no tardó: a los dos minutos, Amarildo se hizo con el esférico en la posición de extremo izquierdo y, en una acción similar a la del gol que había anotado ante los españoles, corrió hacia la línea de fondo, desde donde podría centrar al área. Eso fue lo que pensó Vilam Schrojf, quien dio un paso adelante. Pero el jugador del Botafogo disparó directamente, entre el guardameta y el larguero, igualando el partido.

A partir de ahí, la final entró en un ritmo de dominio constante del esférico de Brasil, aunque siempre con peligrosos contragolpes de los europeos: Gilmar dos Santos Neves tuvo pues la ocasión de lucirse. Pero, de tanto presionar, a los 24 minutos del segundo tiempo, la Seleção consiguió su segundo gol: no fue obra de Garrincha ni del artillero Vavá, sino de Zito, que únicamente logró tres dianas con su país durante toda su carrera. Una de ellas supuso la remontada en una final mundialista. Así lo explicó su autor detalladamente a FIFA.com.

“Qué cosa tan divertida: ellos iban a sacar un córner y yo estaba situado en la frontal del área, defendiendo, como hacía siempre. El balón le llegó a Mauro, yo se lo pedí —‘pásamela, pásamela’—, y él me lo dio. Zagallo, que siempre bajaba a ayudar en defensa, estaba en el lado izquierdo. Se lo pasé y empecé a correr por el medio del campo. Y él también se lanzó hacia arriba. Yo le grité: ‘Mira a Amarildo’, porque Amarildo estaba solo en el extremo izquierdo, libre de marca. Y él —¡pumba!— le pasó la pelota a Amarildo. Yo seguí corriendo. Cuando llegué al área, Amarildo le hizo una finta a un central y centró. Bueno, hizo más que centrar: me puso el balón en la cabeza. Me esforcé por saltar, pensando que venía alto, pero no: me llegó bien a la cabeza, y fue fácil marcar. Pero la jugada empezó conmigo corriendo desde atrás”.

Poco después vino el gol de la tranquilidad, a raíz de un globo al área. Schrojf salió con aparente facilidad para atrapar el cuero, pero dejó que se le escapase por el medio de las manos. Debajo tenía, atento como siempre dentro del área, a Vavá, que materializó su cuarto gol del torneo. Gracias a él compartió la distinción de máximo realizador con Garrincha y otros cuatro jugadores. A todos los efectos, la final estaba decidida, cuando apenas había comenzado a disputarse en el plano psicológico.

Se dijo
“Todos creen que la selección brasileña es la favorita absoluta, pero estamos listos para dar la sorpresa. Confío en mis jugadores, que están en condiciones físicas, técnicas y de ánimo mejores que en el primer partido contra Brasil. Podemos ganar”.
Rudolf Vytlacil, seleccionador de Checoslovaquia, días antes de la final.

“Nada podía consolarme, y pedí a la directiva que me dejase volver a casa. Pero me hicieron ver que sería más importante para la moral del equipo que me quedase en Chile. El doctor Paulo [Machado de Carvalho] me dijo: ‘Si seguimos hablando de la posibilidad de que usted juegue la final, es un motivo más de preocupación para ellos’. Me di cuenta de que tenían razón”.
Pelé, en su autobiografía, al hablar de la decepción que sintió al darse cuenta de que ya no podría jugar la final.