En su última crónica de la revista Manchete Esportiva antes del estreno de la selección brasileña en la Copa Mundial de la FIFA 1958, el periodista, escritor y dramaturgo Nelson Rodrigues presentó una teoría. Más que una teoría, un concepto. El de que, a raíz de la dolorosa e inesperada derrota a manos de Uruguay en el Maracanazo de 1950, Brasil se había convertido en un país sumido en el “complejo de segundón”, una tendencia a situarse en inferioridad en relación al resto del mundo.

“Cualquier jugador brasileño, cuando deja atrás sus inhibiciones y entra en estado de gracia, es único en materia de fantasía, de improvisación, de invención. En suma: tenemos dones en exceso”, explicaba el cronista. “El problema del combinado nacional ya no es de fútbol, ni de técnica, ni de táctica. En absoluto. Es un problema de fe en sí mismo. El brasileño necesita convencerse de que no es un segundón y de que tiene fútbol para dar y tomar, allí en Suecia. (…) Para el equipo, ser o no ser segundón, esa es la cuestión”.

Como solía ocurrir, Nelson Rodrigues acertó de pleno. Un mes después, cuando Brasil derrotó a los anfitriones suecos por 5-2 en la final, era como si todos supiesen que lo que acababa de decidirse no era sólo el título de aquel certamen, sino el destino de un país. El complejo de mediocridad, oficialmente, había terminado. Y la Seleção, por no decir la nación, no volvería a ser la misma.

FIFA.com recuerda ahora aquella tarde de verano sueco en la que un país empezó a ser la tierra del fútbol, y un muchacho de 17 años, su Rey.

El contexto
El año de 1958 no implicaba solamente fútbol para Brasil. El primer trofeo mundial no fue el único motivo por el que aquellos 365 días dieron título a un libro como 1958: el año que no debía terminar, de Joaquim Ferreira dos Santos. El gesto de Bellini levantando la Copa Jules Rimet constituía una prueba más de que aquel era, a todos los efectos, el país del futuro.

El Presidente Juscelino Kubitscheck se deshacía en elogios hacia un crecimiento que parecía magia, con los proyectos de Oscar Niemeyer y Lúcio Costa para la nueva capital, Brasilia, que se inauguraría dos años después, o los primeros coches producidos íntegramente en territorio nacional. Al mismo tiempo, João Gilberto grababa el revolucionario toque de guitarra para acompañar Chega de Saudade, LP de Elizete Cardoso que fundaba formalmente la bossa nova, género musical brasileño que triunfaría en el extranjero.

Pero nada de aquello tendría sentido si a la vez no se hubiera enterrado debidamente un trauma. No sólo mediante el primer título mundial de fútbol, sino por la forma en que éste se produjo: con una victoria en la cancha del adversario —como en casa había sido la derrota de 1950—, una goleada inapelable y la coronación de dos héroes tan aclamados en el plano internacional como brasileños de pura cepa. Un extremo derecho pequeño y achaparrado, de piernas explícitamente torcidas, y un adolescente negro, algo tímido aún, excepto cuando tenía el balón en los pies.

Garrincha y Pelé empezaron la Copa Mundial de la FIFA 1958 en el banco de reservas. Desde él asistieron a los dos primeros partidos, hasta el choque ante la Unión Soviética. A partir de aquella victoria por 2-0, ambos pasaron a ser una parte fundamental del equipo que se impuso a Gales por 1-0 en cuartos de final (con un golazo de Pelé) y a Francia por 5-2 (tres tantos de Pelé) en semifinales.

En aquel momento, los brasileños ya eran la sensación de Suecia. Es evidente que los más de 50.000 espectadores presentes en el estadio de Rasunda animaban al conjunto local, pero no resultó difícil entender que asistiesen de manera plácida, casi alegre, a la celebración de los sudamericanos.

El partido
El momento determinante para certificar que aquel era el día en que Brasil terminaba con todos sus complejos llegó pronto, a los cuatro minutos. En realidad, a los cuatro minutos y algunos segundos. Porque, a los cuatro, lo que sucedió fue el gol que abrió el marcador para Suecia, obra del astro del Milan Nils Liedholm. Y, entonces, una situación que lo tenía todo para propiciar una crisis de nervios, provocada por el miedo a perder otra final mundialista, se desvaneció en una cabalgada lenta y serena de 50 metros.

Apenas había traspasado la meta de Gilmar el disparo cruzado de Liedholm, Didi, maestro de la línea medular brasileña, y veterano a sus 30 años, se dirigió raudo a las redes para buscar el balón. Lo colocó debajo del brazo, hizo un gesto para que sus compañeros se calmasen y lo llevó tranquilamente hasta el mediocampo para que el equipo lo pusiera de nuevo en circulación. Era el tipo de actitud que, hasta entonces, cabía esperar de un líder de la selección uruguaya, italiana o alemana, pero jamás de un brasileño. Ahí fue donde empezó a exorcizarse el complejo de segundón.

Tanto, que bastaron cinco minutos para que el rumbo del encuentro cambiase. Una jugada típica de Garrincha por la derecha, balón hasta la línea de fondo y un cruce raso para que el delantero centro Vavá, el “pecho de acero”, marcase desde la entrada del área pequeña. En el 32, otro lance, cuya secuencia, fotograma a fotograma, los impresionados periódicos suecos ubicaron junto a la acción del primer tanto, por su semejanza. Otra vez Garrincha por la derecha, otro centro y Vavá apareciendo de nuevo como una bala para fusilar al meta contrario. Brasil tenía asegurado llegar al descanso con ventaja en el casillero.

Debidamente tranquilizado y seguro de sí mismo, el equipo empezó a transformar lo que era una victoria en su recital más famoso. Empezando por el gol más célebre. No todos los días un adolescente recibe la pelota dentro del área en una final mundialista, ejecuta un tremendo sombrero al defensor contrario y, sin dejar que el esférico caiga al suelo, marca uno de los goles más hermosos de la historia del torneo. Eso fue lo que hizo Pelé, a los diez minutos del segundo periodo. A los 23, Zagallo superó a la defensa en el lado izquierdo del área y atajó cualquier posibilidad de remontada local: 4-1. Los escandinavos recortarían distancias en el 35, pero sólo hasta que Pelé firmó su segunda diana del día, en el último minuto del tiempo reglamentado, para luego prorrumpir en un llanto descontrolado, único signo perceptible de que apenas tenía 17 años. A partir de entonces, hablar de “selección brasileña” jamás volvería a significar lo mismo.

Se dijo
“Después del quinto gol yo ya no quería marcar a Pelé. Quería aplaudirle”. Sigge Parling, central de la selección sueca.

“Cuando le di la pelota a Didi, amagué con subir, pero volví hacia atrás. Por eso el defensa quedó medio dudando, y dejó que pasase el balón. Ahí lo maté con el pecho, él pensó que yo iba a chutar. Entró con el pie y le hice el sombrero. Era una cosa a la que los europeos no estaban acostumbrados. Estaban habituados a lanzarse contra el rival, porque todo el mundo disparaba directamente. Yo ni dejé que la pelota cayese, tiré e hice gol. Para mí fue uno de los más bonitos de mi carrera”. Pelé, describiendo la jugada del tercer gol.

“Cuando Suecia marcó el 1-0, Didi tomó el balón y vino conversando con nosotros, diciéndonos que teníamos la fuerza necesaria para ganar el partido. Aquello dio más confianza, para él y para todos nosotros. Sabíamos que podíamos ganar, pero pienso que el brasileño no creía que fuese posible aquel tipo de partido. Existía aquella idea de ‘los brasileños llegan a la final y tiemblan’, por lo sucedido en 1950. Lo que hizo Didi fue fundamental”. Djalma Santos, sobre la actitud de Didi tras el primer tanto sueco.

¿Qué sucedió luego?

Desde aquel 29 de junio, es habitual considerar a Brasil a priori como uno de los favoritos de cualquier Copa Mundial de la FIFA. Cuatro años después, en Chile, la misma base del conjunto campeón en Suecia —con apenas dos cambios en el once titular, los dos centrales— consiguió algo que sólo había logrado la Italia de 1934/38 y que nunca más se ha repetido: revalidar el título mundial.

El tercer trofeo, conquistado en 1970, consagró definitivamente al fútbol brasileño, que pasó a tener en propiedad la Copa Jules Rimet, y también la genialidad de Pelé, único hombre del planeta que ha ganado tres trofeos mundiales como jugador. La Seleção, que actualmente posee el récord de títulos —cinco—, escribió en Suecia el primer párrafo de su historia, y tal vez el más brillante.