Cuando la selección alemana en torno al capitán Fritz Walter, Helmut Rahn y Max Morlock saltó al campo del estadio Wankdorf de Berna a las 16:45 del 4 de julio de 1954, seguro que sus miembros no imaginaban que iban a entrar tan gloriosamente en los anales del fútbol.

"Apenas nos lo creíamos mientras escuchábamos el himno nacional de pie sobre el césped. Sin planearlo, todos entrelazamos los brazos con los jugadores de al lado, tan profundo era el sentimiento de auténtica amistad", recuerda el defensa alemán Jupp Posipal en relación con los minutos posteriores al triunfo por 3-2 contra la entonces todopoderosa Hungría en la final de la Copa Mundial de 1954.

En los 90 minutos de juego anteriores, habían nacido once héroes, y la historia de la Copa Mundial acababa de escribir uno de sus capítulos más emocionantes: "El milagro de Berna".

En el imaginario colectivo
"El milagro de Berna" es una frase que permanecerá ligada al fútbol alemán para siempre. Sobre ningún otro partido de fútbol y sobre ninguna otra selección se han escrito tantas leyendas e historias como sobre esta final mundialista de 1954 celebrada en Berna entre la República Federal Alemana y Hungría.

El seleccionador de aquel combinado teutón, Sepp Herberger, ha dado al mundo inolvidables citas que se han hecho universalmente célebres. Algunos ejemplos son: "el balón es redondo"; "el partido dura noventa minutos"; o "después del partido ya es antes del siguiente partido". Probablemente nunca se desvelará el secreto de si el estratega campeón del mundo acuñó estas máximas o, si como cuentan algunos rumores, una señora de la limpieza se las susurró en el alojamiento donde se hospedaban los alemanes en Suiza.

Pregunten ustedes alguna vez a algún aficionado alemán por el decisivo gol de Helmut Rahn para el conjunto germano en la final de la Copa Mundial y verán como los ojos de su interlocutor se iluminan de repente. "Rahn debería disparar desde atrás, ¡Rahn dispara! ¡Gooool! ¡Gooool!", vociferará el intepelado. "¡Alemania es campeón del mundo!" Son las inmarcesibles palabras del locutor radiofónico alemán Herbert Zimmermann, capaces de poner la carne de gallina a cualquier germanoparlante que guste del fútbol.

El contexto
David contra Goliat: así podría cifrarse el duelo definitivo del 4 de julio de 1954. El acceso a la final de los alemanes ya había representado todo un hito incluso antes del pitido inicial. Después de haber disputado en 1950 su primer partido internacional tras la Segunda Guerra Mundial, la escuadra teutona participaba por tercera vez en su historia en un campeonato del mundo. Cuatro victorias, sobre Turquía (4-1 y 7-2), Yugoslavia (2-0) y Austria (6-1), así como la más que previsible derrota contra Hungría (3-8), le valieron el pase a la última cita del certamen.

Para Hungría, las cosas pintaban de un color muy distinto. Habían viajado a Suiza con la cabeza muy alta, y con razón: no habían perdido desde el 14 de mayo de 1950. En su itinerario hasta la final, los magiares no perdonaron, y en la fase de grupos golearon no sólo a Turquía (7-0), sino también a su posterior adversario en la final, la República Federal de Alemania (8-3). Ferenc Puskás y compañía superaron también sin problemas sus obstáculos de cuartos contra Brasil (4-2) y de semifinales contra Uruguay (4-2, tras la prórroga).

El triunfo en la Copa Mundial del legendario "once de oro" en la pugna por el trofeo Jules Rimet tan sólo parecía una formalidad. Tanto es así que la embajada húngara en Suiza había organizado ya para el día siguiente de la final una gran recepción en honor de los jugadores y había invitado a personalidades y periodistas. En Hungría, ya se habían impreso sellos especiales, y en el estadio Nep de Budapest ya se habían colocado los pedestales para 17 estatuas de tamaño superior al natural. Nadie podía figurarse que el equipo nacional no se coronaría campeón. Pero todo sucedió de manera muy distinta…

El partido
En medio de una fuerte lluvia, los primeros minutos no hicieron sino confirmar fehacientemente el optimismo de los húngaros y anunciaron un prematuro debacle de los hombres de Herberger. En el minuto 6, el formidable Puskás adelantó a los suyos en el marcador con un disparo desde larga distancia. Sólo dos minutos después, Zoltan Czibor aprovechó un error de la defensa alemana para doblar la ventaja a 2-0. El guardameta germano Toni Turek no pudo atrapar bien una cesión de Werner Kohlmeyer y el extremo magiar se adueñó del balón, regateó a Kohlmeyer y clavó el esférico en la red.

Años después, Fritz Walter desveló en su biografía el grado de cohesión del que hizo gala el entramado alemán en aquellos momentos: "Todos nos miramos consternados, pero no hubo ni una palabra de reproche, ni para Kohli ni tampoco para Toni. Mientras el balón era conducido al centro del campo para sacar de centro, Max Morlock intentó dar un volantazo a la situación. 'No pasa nada', gritó, y Ottmar [Walter], que no había perdido la esperanza, le respaldó: 'Fritz [Walter], sigamos, aún podemos lograrlo'".

En realidad, la respuesta de los alemanes no se hizo esperar mucho. Poco después Rahn irrumpió por la banda derecha y disparó. Su tiro fue desviado por Bozsik, y Max Morlock se lanzó al suelo con los pies por delante para batir al guardameta Grosics con la punta de la bota. Era el 2-1, un gol que acortaba distancias a falta de 80 minutos por disputarse.

Con ese zarpazo, los alemanes recuperaron la fe en sus propias fuerzas, que pronto se vería recompensada. Un saque de esquina a cargo del capitán Walter sobrevoló por encima de toda la defensa húngara y fue a parar a los pies de Rahn, bien plantado en su puesto, que remató con la derecha el 2-2 (minuto 18). Acto seguido, la concurrencia asistió a un toma y daca constante.

La lluvia había ido ablandando cada vez más el campo, lo cual constituía una ventaja para los combativos y correosos alemanes. De ahí surgió la frase que aún hoy en día se sigue utilizando en Alemania, "hace un tiempo Fritz Walter", cuando llueve a cántaros y el campo está mojado y pesado.

Una segunda parte heróica
Pero volvamos al partido: "Señores, es grandioso lo que han logrado hacer hasta ahora. En la segunda mitad, no hay que ceder ni un milímetro de terreno", arengó el seleccionador a su equipo en el descanso como guía para el camino que faltaba por recorrer. Los húngaros regresaron de los vestuarios con furia y, nada más empezar la segunda parte, desplegaron un juego pujante y peligrosísimo. Josef Posipal y Kohlmeyer tuvieron que rescatar dos veces a su portero Turek, ya batido, y despejar el esférico sobre la misma línea de meta. Los dos delanteros magiares, Puskás y Czibor, así como el centrocampista Nandor Hidegkuti creaban peligro minuto a minuto en el área rival, pero los teutones luchaban a brazo partido casi hasta el agotamiento y se abalanzaban con bravura para neutralizar cualquier disparo.

En el minuto 84 llegó el clímax, que el locutor de radio Zimmermann relató con las siguientes palabras: "Ahora Alemania avanza por la banda izquierda por mediación de Schäfer. El pase de Schäfer a Morlock es despejado por los húngaros. Y Bozsik, una vez más Bozsik, el carrilero derecho de Hungría, se hace con el balón… Pero esta vez lo pierde, ante Schäfer. Schäfer centra, despejan de cabeza, Rahn debería disparar desde atrás, ¡Rahn dispara! ¡Gooool! ¡Gooool! ¡3-2 para Alemania!".

Segundos después, el cuero volvió a sacudir las mallas, pero esta vez en la otra portería. Sin embargo, el árbitro inglés William Ling anuló el gol de Puskás por fuera de juego.

Cerca de 60 millones de alemanes escuchaban por la radio en ese momento las palabras de Zimmermann, que sólo unos minutos después bramaba completamente fuera de sí por el micrófono: "¡Final! ¡Final! ¡Final! ¡Se acabó el partido! Alemania es campeón del mundo, tras vencer a Hungría por 3-2 en la final de Berna". Un instante eterno.

La figura
Con sus dos goles en la final, Helmut Boss Rahn se convirtió en el héroe absoluto de la Copa Mundial. Su tanto de la victoria en el 3-2 acaso sea el gol más célebre que ha marcado un alemán en toda la historia. Más famoso sin duda que el de Gerd Müller en la final mundialista de 1974 (2-1), o que el de Andreas Brehme de penal en 1990 (1-0).

Se dijo
"Debo tomar una cierta distancia respecto a este partido. Es una sensación maravillosa cuando un equipo responde de esa manera a la confianza depositada en su rendimiento. Fue magnífico que pudiéramos vivir aquello", Sepp Herberger, seleccionador de Alemania.

¿Qué sucedió luego?
Para los alemanes, este primer triunfo fue el comienzo de una larga trayectoria de éxitos que ahora abarca tres Copas Mundiales (1954, 1974 y 1990) y tres Eurocopas (1972, 1980, 1996). La Mannschaft ha estado presente en todos los grandes torneos celebrados desde entonces.

Hungría, en cambio, no ha podido volver a una final mundialista. No obstante, los magiares se habían proclamado campeones olímpicos en 1952, y volvieron a colgarse la medalla de oro en el torneo de fútbol de los Juegos de 1964 y 1968.