Cuatro años después de su triunfo de 1934, y pese al ascenso imparable de Brasil, con Leónidas el "diamante negro" en sus filas, Italia revalidó con solvencia su corona en una Copa Mundial de la FIFA dominada de nuevo por los equipos europeos.

La regla de la alternancia aún no estaba en vigor, y el 15 de agosto de 1936, la organización de la tercera edición de la Copa Mundial de la FIFA recayó en Francia, aunque Argentina también se había postulado como candidata. La FIFA quería de este modo rendir un homenaje al trabajo de Jules Rimet, Presidente del organismo rector del fútbol durante 33 años y fundador de la Copa Mundial.

No obstante, por primera vez, el país organizador no logró imponerse en casa. En su lugar, Italia y Hungría se vieron las caras en el choque decisivo, disputado en el Estadio Olímpico Yves-du-Manoir de Colombes ante 45.000 espectadores. FIFA.com rememora la vibrante final de Francia 1938.

El contexto
De las 36 naciones inscritas, sólo 26 participaron finalmente. España se encontraba sumida en plena guerra civil; Inglaterra hizo caso omiso a la cita; y Argentina y Uruguay se abstuvieron por razones diversas. En cambio, como novedad, la vigente campeona, Italia, y la anfitriona se clasificaron automáticamente.  

En la fase final tomaron parte 16 selecciones, 12 de ellas europeas, si bien Austria se retiró de la lista dado que el Anschluss (la anexión del país por parte de Alemania), la borró del mapa y sus mejores jugadores se incorporaron al combinado alemán. Brasil fue la única representante de Sudamérica, mientras que Cuba lo fue de la futura CONCACAF. Asia debutó en la competición con Indias Orientales Holandesas, la antecesora de Indonesia. 

La Nazionale de Vittorio Pozzo era la clara favorita. Con la corona de 1934 y el título olímpico de Berlín 1936 en el bolsillo, llegó a Francia sin conocer la derrota en sus 18 partidos anteriores. Un conjunto sólido y técnico, articulado en torno al trío mágico formado por Giovanni Ferrari, Giuseppe Meazza y Silvio Piola. Tras un reñido comienzo contra Noruega, eliminada en la prórroga (2-1), confirmó su condición imponiéndose a la anfitriona en cuartos (3-1). Y ya en semifinales, hizo lo propio con Brasil (2-1).   

La trayectoria de Hungría fue igual de impresionante. Su primera cita, contra Indias Orientales Holandesas, le sirvió de calentamiento (6-0). En la segunda, los hombres de Alfred Schaffer dieron la campanada al dejar por el camino a Suiza (2-0), que había derrotado a Alemania en la ronda anterior; y, en semifinales, eliminaron a Suecia (5-1). Los húngaros se plantaron en la final con un impresionante registro de 13 goles a favor y sólo uno en contra.

El partido
La final se anunciaba como un auténtico combate de estilos opuestos. Por un lado, el fútbol técnico, elegante y preciso de Hungría, cuya defensa pecaba de cierta lentitud; y, por el otro, el de Italia: dinámico, rápido y eficaz, y con importantes individualidades en sus filas. En los primeros compases, el público se decantó del lado magiar, en un intento por manifestar su oposición al régimen de Benito Mussolini y al saludo romano de los italianos. Vittorio Pozzo utilizó el ambiente hostil para motivar a sus hombres, que arrancaron a toda máquina.

Gino Colaussi abrió el marcador en el minuto 6 y dejó patente el claro dominio de su equipo en los primeros compases del choque. Pero eso no amilanó a los húngaros, que 120 segundos después igualaron la contienda por medio Pál Titkos. ¡La final echaba chispas! A medida que pasaba el tiempo, los campeones del mundo, con el gran Meazza como líder indiscutible, se fueron haciendo con el control del partido y repelieron sin grandes dificultades las escasas ofensivas de Hungría, que no lograba pasar de la línea divisoria. Piola (15') y Colaussi (35') permitieron a los suyos llegar al descanso con una holgada renta entre de los aplausos del público, rendido ya al juego de los Azzurri.

En la segunda parte, los italianos levantaron un poco el pie, situación que aprovechó György Sárosi, el ariete del Ferencváros (351 goles en 382 encuentros), para reducir distancias (70'). Pero la Nazionale dejó las cosas claras a ocho minutos del final a través de su artillero de cabecera, Silvio Piola, y alzó la copa arropada por el clamor de los asistentes, totalmente cautivados.

La figura
Silvio Piola es el delantero más prolífico de la historia del fútbol italiano, con 364 dianas, seguido por Giuseppe Meazza (338). Destacan las 274 que materializó en la Serie A, a las que hay que sumar otras 30 en 34 partidos internacionales. Aunque el brasileño Leónidas se proclamó máximo goleador del certamen, con 7 tantos, el jugador del Lazio fue el más regular y el más eficaz de los suyos, con un total de cinco, todos decisivos.  

El primero, en la prórroga contra Noruega (2-1), significó la clasificación. En cuartos, el público se volcó con Francia, que consiguió empatar a 1-1, pero él anotó por partida doble y otorgó a Italia la victoria por 3-1. Y en la final, de nuevo firmó un doblete, con una preciosa volea en el último del día, que contribuyó a la victoria de la vigente campeona por 4-2.

Piola vistió la camiseta de la Nazionale hasta los 38 años. Su longevidad en la Serie A fue igualmente excepcional, con un total de 537 encuentros en 24 temporadas. Solamente Dino Zoff y Paolo Maldini han superado su registro. Piola falleció el 4 de octubre de 1996.

Se dijo
"¡Lo ganan todo estos benditos italianos!",  Albert Lebrun, Presidente de Francia, al entregar la Copa Mundial, en referencia a la victoria de Gino Bartali ese mismo año en el Tour de Francia.

"Al aceptar la derrota, he salvado la vida a once hombres", Antal Szabó, guardameta húngaro, en alusión al telegrama que Mussolini envió a su selección antes de la final, en que se leían las siguientes palabras: "Vencer o morir".

¿Qué sucedió luego?
La II Guerra Mundial, que estalló en 1939, interrumpió el desarrollo normal de la Copa Mundial durante los siguientes doce años.

La edición de 1942 debía celebrarse en Brasil o Alemania. Finalmente, el elegido fue el país sudamericano, pero hubo que esperar hasta 1950. Como es natural, durante ese tiempo todo cambió. Italia, vigente campeona, no pasó de la primera ronda, mientras que Hungría ni siquiera participó. El año 1938 marcó el fin de una era en la historia y también en el fútbol.