Cuatro años después de la primera edición de la Copa Mundial de la FIFA, que dominaron los conjuntos sudamericanos, Europa se desquitó en Italia, al copar los cuartos de final con ocho equipos.

Esta segunda edición de la prueba reina se inscribe en un contexto particular. Dos años antes de que los tristemente célebres Juegos Olímpicos de Berlín sirviesen de propaganda a Adolf Hitler, Benito Mussolini quiso hacer del torneo un evento en honor de la Italia fascista. El Duce soñaba con una final Italia-Alemania, pero no contaba con Checoslovaquia, que alcanzó la final frente al país organizador.

FIFA.com te invita a asistir desde las gradas del Estadio del Partido Nacional Fascista, el actual Estadio Flaminio de Roma, a la conquista de un título aguardado por todo un pueblo, pero que tardó en perfilarse.

El contexto
En respuesta al rechazo de Italia a participar en la Copa Mundial de la FIFA 1930, Uruguay, defensor del título, decidió quedarse en casa. Brasil se contentó con enviar una formación de segunda fila, aun con la presencia de Leônidas. Argentina, por su parte, estuvo representada por jugadores aficionados, mientras que Inglaterra siguió negándose a acudir a la gran cita. Así, entre las 16 selecciones que viajaron a esta fase final caracterizada por partidos de eliminación directa, había 12 europeas y dos sudamericanas, más Estados Unidos y Egipto.

Para conseguir sus fines, Italia naturalizó a varios sudamericanos —aprovechando sus orígenes transalpinos—, entre ellos el sólido defensor argentino Luis Monti y su compatriota, el organizador Raimundo Orsi, que serían las piedras angulares de la Squadra Azzurra.

La Nazionale se estrenó endosándole un contundente 7-1 a Estados Unidos, aunque tuvo que rehacerse por dos veces para superar a España (1-1 y 1-0) al cabo de sendos choques sumamente reñidos. La semifinal contra el Wunderteam austriaco de Matthias Sindelar concluyó también con un tanteo ajustado (1-0), que no reflejó la calidad de una contienda de alto nivel.

Checoslovaquia, completa en todas sus líneas y cuya estrella era el atacante Oldrich Nejedly, máximo realizador del torneo con cinco dianas, se deshizo primero de Rumania (2-1) y luego de Suiza (3-2), antes de cerrar a Alemania el paso a la final (3-1).

El partido
El duelo decisivo se disputó con un calor canicular, que superaba los 40 grados. Los italianos, sobreexcitados, no tardaron en invadir el campo de la formación eslava, que se replegó, aunque sin llegar a ceder. Fue prácticamente un milagro que mantuviese su puerta a cero hasta el descanso: Frantisek Planicka, en estado de gracia, reaccionó de manera impecable a los tiros de Giuseppe Meazza y Giovanni Ferrari, y Angelo Schiavio, con todo el arco a su disposición, envió una pelota a las nubes.

Al principio del segundo tiempo, la Squadra Azzurra continuó presionando, antes de reducir progresivamente el ritmo. A la hora de juego, Attilio Ferraris detuvo al límite del reglamento una internada de Antonin Puc, pero la advertencia no se quedaría ahí. En el minuto 71, Stefan Cambal lanzó un contraataque y asistió al propio Puc, quien desarmó a Eraldo Monzeglio antes de batir a Giampiero Combi mediante un disparo cruzado. El estupor inundó el estadio.

Italia estaba casi noqueada. En los minutos siguientes, Jirí Sobotka, solo a diez metros de la portería, rozó el poste, e instantes más tarde Frantisek Svoboda estrelló un balón contra la madera. Los 55.000 espectadores temblaban…

Pero Orsi acabaría apaciguándolos al desbordar por su banda y dirigir un centro que Ladislav Zenísek no acertó a despejar. Orsi recuperó el esférico y superó fácilmente a Planicka. Se desató la locura, y en los últimos minutos los hombres de Karel Petru sufrieron, acorralados en su área.

La emoción en la prórroga no duraría mucho. En el minuto 95, Schiavio controló magistralmente un balón colgado al área de Enrique Guaita y anotó el gol que daba a su país el ansiado título.

La figura
Angelo Schiavio, autor del tanto de la victoria, había sido convocado en el último momento por Vittorio Pozzo para jugar en punta, con el fin de permitir a Giuseppe Meazza actuar en una posición más retrasada, donde se hallaba más cómodo. Schiavio presenta la particularidad de haber jugado en un solo equipo, el de su ciudad, Bolonia, con el que compitió al más alto nivel durante 16 temporadas entre 1922 y 1938, inscribiendo nada menos que 247 goles en 337 partidos.

Medallista de bronce en las Olimpiadas de Amsterdam en 1928, Schiavio no era titular habitual con la selección italiana. A pesar de ello, firmó 15 goles en 21 encuentros entre 1925 y 1934. El que consiguió en la final fue el último con la Nazionale, a la que posteriormente entrenaría durante dos etapas, 1953-1956 y 1957-1958.

Schiavio fue, junto a Mario Pizziolo, uno de los últimos supervivientes del combinado italiano que se proclamó por primera vez campeón del mundo. Ambos fallecieron respectivamente el 17 y el 30 de abril de 1990, pocas semanas antes del inicio de la segunda Copa Mundial de la FIFA que se celebraba en Italia.

Se dijo
“Nuestro triunfo es una recompensa legítima a la seriedad, a la firmeza moral, al espíritu de abnegación, a la firme voluntad de un grupo de hombres”. Vittorio Pozzo, seleccionador de Italia.

“Cuando marqué el gol de la victoria estaba agotado. Me quedé tumbado sobre el césped durante unos instantes para recuperarme. Fue mi último partido con la Nazionale. Después las cosas cambiaron en el fútbol. Por aquel entonces se ignoraba lo que era la táctica. Lo que contaba eran las piernas y el corazón”. Angelo Schiavio, delantero de Italia.

“Aunque perdimos, regresamos a nuestro país como héroes. Volvimos en tren, y en cada estación nos aplaudían miles de seguidores”. František Plánička, guardameta de Checoslovaquia.

¿Qué sucedió luego?
Después de la victoria de 1934, cimentada sobre el orgullo y la motivación, la Nazionale reforzó su bagaje técnico con la llegada de futbolistas de talento como Giovanni Ferrari y Silvio Piola, que exhibirían su calidad cuatro años más tarde en Francia.

Tras su título mundial, Italia retó a Inglaterra en Highbury. Los periódicos ingleses pronosticaron entonces un triunfo aplastante, pero tuvieron que contentarse con un escaso 3-2 frente a un cuadro que jugó con diez hombres gran parte del encuentro, ya que en aquella época las sustituciones no eran habituales. La Squadra Azzurra refrendó su título adjudicándose el Torneo Olímpico de Fútbol Berlín 1936, y llegó así invicta a la Copa Mundial de la FIFA 1938.